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Temporalidad

Viven en la temporalidad. La temporalidad de su modelo, la temporalidad de sus ingresos. Simplemente, esperan que tarde lo más posible en acabárseles la situación de absurdo privilegio de la que por alguna razón disfrutan

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La llamada “curva de difusión de la innovación” es un gráfico muy simpático, una curva de las llamadas sigmoideas, que salta siempre a la palestra cuando se intenta representar el proceso de entrada de una tecnología: al principio, aparece una fase de difusión asociada a los llamados early adopters, los fanáticos, los que “no se pierden una” o aquellos para los que la nueva tecnología supone un aporte de valor más significativo. Después viene una fase con una pendiente mayor o menor en función del éxito de la tecnología, para rematar invariablemente en una fase de saturación del mercado, en la que la curva se vuelve asintótica, se va aproximando de manera ya casi imperceptible a la línea que representa el total de la población, la adopción prácticamente universal. La figura describe la forma aproximada de una S que, sin embargo, hace ya tiempo que no vemos como tal. La curva no es lo que era. En períodos como el que vivimos, de innovación tumultuosa, la curva tiende a verse invariablemente truncada en fases más o menos tempranas de su evolución por un elemento exógeno que altera su forma: simplemente, otra tecnología. En cuanto otra tecnología aparece en el ambiente, la curva de difusión de la anterior se altera, se trunca, y el comportamiento de empresas y consumidores se vuelve errático, impredecible, sujeto a motivaciones aparentemente difíciles de justificar.
 
La evolución de dos de los sectores más habitualmente tratados en esta columna son buena prueba de ello: las telecomunicaciones y la música. ¿Se han dado cuenta hasta que punto vivimos, viven, anclados en la temporalidad? Piense en las telecomunicaciones: acostumbradas a vivir en un modelo de tarificación en función del tiempo y el espacio, intentan seguir con todas sus fuerzas aferrados al mismo, queriendo cobrarnos más por una conversación con un lugar más lejano, o por hablar un rato más largo. Algunos de estos elementos han ido desapareciendo: con la telefonía móvil, el factor distancia, en cierta medida, se desvaneció. Me da igual que estés en el otro extremo de mi casa o que estés en La Coruña. Me cuesta lo mismo. Si estoy fuera de España, no, y cuando llega la factura me llevo unos sustos horrorosos. Sin embargo, si conversamos durante horas, me cobrarán mucho más que si solo es un momentito, y eso nos parece perfectamente natural. Sin embargo, también nos parece perfectamente normal pagar una cantidad fija por navegar el tiempo que queramos en nuestro ADSL, conectándonos con el lugar del mundo que estimemos oportuno. Casi todo el mundo sabe ya que se puede utilizar una conexión ADSL para hablar con otras personas a coste cero, con una calidad decididamente mejor que la que nos ofrece un teléfono móvil, e independientemente de con qué lugar hablemos y cuanto tiempo dure nuestra comunicación. Y sin embargo, a pesar de que esto es público y notorio, las compañías telefónicas siguen tarificando en función de tiempo y espacio, nadie les dice que dejen de hacerlo así, y los clientes siguen pagando sin rechistar. ¿La actitud? Simplemente, temporalidad. Mientras dure, duró. Exprimamos las últimas gotas, que vete tú a saber lo que viene después.
 
Por supuesto, el tema no es tan sencillo. Si un ordenador y una conexión de banda ancha fuesen el equipamiento universal de los hogares, la cosa sería muy diferente. Pero hablamos “sólo” de tres millones y pico de hogares y, curiosamente, cada uno de los que se lanza al ADSL o al cable no pasa a suponer una facturación menor para las compañías de telecomunicaciones, sino una todavía mayor. Impresionante. No hay como saber navegar en aguas turbulentas. En el fondo, todos sabemos que en no mucho tiempo, toda comunicación será completamente plana, que cuando alguien nos recuerde que antes pagábamos más por hablar más tiempo o con un sitio más lejano nos sonará a los cuentos del abuelo Cebolleta, y que además, el coste será tan bajo que el servicio será prácticamente como un derecho inalienable del ser humano. Habrá gente, de hecho, que vivirá permanentemente conectada con otras personas, como ya hacen hoy algunos jóvenes norteamericanos con sus amigos, haciendo uso de las tarifas planas de móvil y la función de llamada en espera. Será algo de lo más normal.
 
En el sector de la música, ocurre tres cuartos de lo mismo. Dentro de poco, alguien nos dirá que hace un tiempo estaba prohibido bajarse la música de una red P2P en Internet, y lo miraremos con cara de “tío, tú estás loco”. Nos recordarán cuando la música venía en CDs, y que éstos costaban doce euros o más, y nos parecerá que nos hablan de la época del gramófono. Nos dirán que algunos cantantes no querían que su música fuese descargada (aunque curiosamente aquellos cuya música era más descargada eran invariablemente los más ricos), y nos preguntaremos “¿qué tripa se les había roto a unos tipos tan raros?”…
 
Viven en la temporalidad. La temporalidad de su modelo, la temporalidad de sus ingresos. Simplemente, esperan que tarde lo más posible en acabárseles la situación de absurdo privilegio de la que por alguna razón disfrutan: bien porque en su momento desplegaron unas ya más que amortizadas infraestructuras, o bien porque han conseguido convencer al mundo de que sólo existe una manera de hacer las cosas, la que a ellos les interesa. Pero la tecnología es inexorable: si no aportas valor, debes reinventarte o desaparecer. Las tecnologías ya existen, ya están disponibles, ya se ve acercarse la curva de difusión, ahí, elevándose en el horizonte. Es, simplemente, una cuestión de tiempo.

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