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Corazones ciegos

Los del 'no a la guerra' piden ahora más ayuda para los refugiados cuando la insuficiente respuesta en Siria o Libia es causa de esta crisis migratoria.

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Agente turco retirando el cadáver de un niño en una playa de Turquía | Imagen TV DHA

Imagino el drama de un gobernante europeo que debe enfrentarse a ver la muerte a diario de niños inmigrantes en las playas europeas; viendo a cientos de miles de personas desesperadas huyendo de guerras y miseria que se agolpan en las puertas de Europa y que se enfrenta a perder las elecciones porque no consiguió bajar la tasa de paro en dos puntos o no le subió el sueldo a los funcionarios en uno por ciento.

La tentación de muchas personas bienintencionadas es ayudar, ser solidarios, pero en el fondo siendo loable su actitud, se trata de personas con corazones ciegos. Nos dejamos llevar por las terribles imágenes y actuamos con el corazón. Europa intenta absorber una avalancha que no supo predecir ni mucho menos evitar pero no puede olvidar su gran responsabilidad en los hechos que la han provocado.

Durante cuatro años han muerto a diario en los campos de refugiados de Turquía decenas de niños y ancianos pero nadie les prestaba atención. ¿Acaso la vida de esos niños de cinco años que mueren en los bombarderos en Siria o en Turquía vale menos de la de aquéllos que terminan muriendo en Europa?

¿Nos preocupan las persecuciones de homosexuales en Uganda; o los que mueren en la guerra en Congo, o por la acción de los señores de la guerra en Sudán? Más bien poco, pero si alguno de estos perseguidos osa llegar a nuestro territorio, entonces nuestros corazones palpitan más deprisa demandando acciones urgentes.

Las guerras de Siria, Afganistán, Libia y tantas otras no son ajenas a decisiones políticas de los gobiernos occidentales. La primavera árabe se ha convertido en el invierno árabe que ha traído más destrucción y menos democracia. ¿Por qué queremos los europeos siempre imponer nuestro concepto de la vida y la historia a todo el mundo desconociendo la realidad de cada país y de cada cultura? ¿Por qué los que gritaban no a la guerra de Irak o Afganistán, son los que más acciones demandan en ayuda de los refugiados cuando precisamente la insuficiente respuesta occidental en Siria o Libia es la causa del deterioro de la situación de estos países?

¿Por qué de pronto los sirios han decidido dejar Turquía que acoge a dos millones de refugiados después de cuatro años y echarse al monte europeo en masa? Porque se han desesperado. Su país ya no existe; ya no hay casa a la que retornar. Cuando el Estado Islámico destruye Palmira, lo que no hizo ninguna civilización en miles de años, lo que está es acabando con la memoria; asesina a la nación y convierte en apátridas a millones de personas; lo mismo que debieron sentir los judíos cuando fueron expulsados de la tierra prometida y se destruyó el templo; con la destrucción del símbolo desaparecía la raíz y los judíos debieron convertirse en una religión sin referente e hicieron falta dos mil años para el retorno.

Camus dijo que el siglo XX era el de los refugiados, pero no sospechaba qué dimensión alcanzaría en el siguiente siglo. No hemos aprendido la lección. No nos preocupemos tanto por atender a los refugiados que llegan, ni tengamos dudas de que podrán integrarse en Europa, puesto que así se escribe la historia de la humanidad; pero también fueron avalanchas migratorias las que terminaron con los grandes imperios. No nos dejemos guiar por los corazones ciegos y actuemos con orden y disciplina y sobre todo con rapidez en la solución humanitaria del problema, sin burocracias ni ventajismo político.

Occidente no puede cerrar las fronteras y tampoco tiene capacidad para absorber a todos los refugiados que vendrán con una causa justa de cualquier rincón del mundo. Debemos quitarnos la ceguera y ser conscientes que nuestra seguridad y bienestar se determina en los países desde lo que huyen sus habitantes y que sólo una acción militar con mucho coraje y recursos será capaz de devolver la paz y la prosperidad al mundo que hoy sufre el desgarro del exilio que nadie anhela. No hacer nada y dejar que la guerras se extiendan y se eternicen no es solución. Pretender alojar en Europa a millones de refugiados en campos de concentración es inhumano y no resuelve nada. Comencemos por acabar con el terrorismo islamista, con los señores de la guerra; hagamos un gran esfuerzo de contribución a la paz y el desarrollo. Mientras haya dos mundos, y en uno los padres vean a diario a sus hijos que fallecen de hambre o de un disparo fortuito, siempre preferirán verlos morir en las playas de Europa, al menos recogidos con cariño por un policía a las puertas de la esperanza, que morir en el olvido. Al menos así conseguirán despertar conciencias y que algo pueda comenzar a cambiar.

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