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La élite del chavismo busca su futuro en EEUU

Hoy en día los altos mandos militares no quieren verse involucrados en aventuras.

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Nicolás Maduro, durante un acto de campaña | EFE

El próximo seis de diciembre se celebran las elecciones del cambio en Venezuela. A estas alturas nadie duda que la oposición ganará las elecciones y que al menos un 30% del tradicional voto chavista votará por el fin del régimen de Maduro. De aquí a que se anuncie el recuento se producirán hechos lamentables y también trágicos, pues el matonismo no es ajeno al país; la amplia ventaja real se verá disminuida por las acciones trapaceras de las brigadas maduristas, pero nada de ello empañará la victoria de la oposición. La duda que nos asalta a todos es si Maduro aceptará el resultado o se echará a la calle a defender su revolución a cualquier precio, aunque el precio sea Venezuela.

Sin embargo, la verborrea de las últimas semanas no es por la certidumbre de la derrota sino por la necesidad de arengar a sus fieles servidores para defender el madurismo el día después de las elecciones. Sin embargo, me temo que esta vez la jugada no le saldrá y se verá abocado primero a dejar Miraflores, segundo a ser procesado y tercero a terminar fuera del país, si alguien está dispuesto a acogerle.

En primer lugar, Maduro no es Chávez. Eso lo saben muy bien las grandes capas de población que votaron tradicionalmente por el comandante. Incluso una amplia parte de la clase media aceptó su liderazgo. El gran logro del chavismo, que es al mismo tiempo la gran tragedia de Venezuela, es que expulsó del país todo el talento. Intelectuales, empresarios, ingenieros y economistas abandonaron el país. Todos todos conocemos venezolanos muy capacitados en las mejores universidades y empresas. En mi opinión, el problema de Venezuela es que se trata de un país joven, donde una gran parte de la población inmigrante lo es de tercera generación apenas, por lo que no existe un gran apego a la patria venezolana, como si han sentido las clases populares que durante décadas fueron excluidos del sistema político pero que con Chávez recobraron cierta dignidad nacional, eso sí, a costa de hacer colas para comprar pañales y medicamentos en el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Una gran parte del chavismo ha abandonado a Maduro, y especialmente el sector que se benefició de los negocios alrededor del poder político. El capital es débil y eso lo sabe Maduro que ve como sus amigos enriquecidos tienen sus cuentas en Estados Unidos y a sus hijos estudiando con visa en la Florida.

En segundo lugar, la única revolución que se ha hecho en Venezuela ha sido la del hambre que sufren los votantes más fieles a Maduro. Con dólares todo es barato en Venezuela, pero con los bolívares que cobran las clases populares apenas pueden subsistir. Un dólar hace cinco años se cambiaba en el mercado negro a 20 bolívares y ahora a doscientos. La moneda venezolana apenas sirve para jugar al monopoly. La gente vota primero con el estómago y luego con la cabeza, y ambos están muy lejos de reelegir a Maduro.

El G2 ya se está yendo de Venezuela y pronto se irán los médicos. Cuba no va a apoyar más a Maduro porque ahora mira al Norte y ni la Casa Blanca ni el Congreso van a avanzar en la apertura tan necesaria para los cubanos si Maduro piensa en una involución armada apoyada y soportada ideológicamente por Cuba. El comunismo ya es historia en Cuba, y solo falta que Adelson abra su primer casino para certificarlo. El aviso ha sido bien recibido por Raúl Castro que ya se cobrará sus réditos por el cambio de rumbo, por decirlo suavemente.

Pero lo que a mi juicio resulta más evidente es que las fuerzas armadas no están con Maduro sino con la Constitución. Ni Maduro es uno de ellos ni piensa como ellos. Las Fuerzas Armadas saben que si se echan a la calle para reprimir la victoria, habrá un baño de sangre, perderán todos sus privilegios y, con ellos, sus compras en miami y el futuro de los estudios de sus hijos en buenos colegios norteamericanos. Por descontado, que serían perseguidos y detenidos a la menor ocasión.

Las fuerzas armadas siempre han estado con el poder democrático y nunca ha sido de otra manera en las ultimas décadas y esta vez será igual. Tienen mucho que perder si no lo hacen y mucho que ganar si actúan conforme a las leyes y a los principios de obediencia democrática y no a los mandatos de un dictador. Pero el ejército debe velar para que no se cometan tropelías en las siguientes semanas, desarmando a todos los grupos ilegales y protegiendo a los baluartes de la democracia, muchos de ellos encarcelados y cuya vida debe ser preservada y garantizada. Hoy en día los altos mandos militares no quieren verse involucrados en aventuras. Este es un mensaje que se transmite en Estados Unidos donde no han cesado los viajes de personas influyentes del régimen en los últimos meses. Las fuerzas armadas van a ser los garantes del proceso democrático de cambio y de la seguridad de todos los venezolanos, porque cualquier otra opción ni es deseable ni factible.

Y sobre todo, que al día siguiente, muchos de sus camaradas que hoy vociferan su fidelidad a la revolución, le darán la espalda a Maduro porque quieren seguir siendo protagonistas del futuro de Venezuela y no quieren ver sus nombres en las listas de la infamia o de perseguidos por los tribunales internacionales.

En definitiva, son vientos de cambio los que vienen en América Latina. Argentina ha dado un magnífico ejemplo de cambio tranquilo y democrático. Cuba sigue su camino y Venezuela está a las puertas de un nuevo futuro que su pueblo se merece. Pero la oposición debe aprender de los errores que llevaron al chavismo al poder que fueron muchos. No se puede gobernar para unos pocos y apropiarse de las riquezas de los venezolanos. No se trata sólo de acabar con una revolución sino de abordar una auténtica transición en Venezuela a un sistema democrático, social y de derecho propio del siglo XXI.

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