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Enrique Navarro

Maniobras en Venezuela: Occidente comienza a aceptar la derrota

Por primera vez fuerzas de China, Rusia, Irán, Argelia y Venezuela se unirán para demostrar al mundo que han vencido en su guerra contra las democracias.

Por primera vez fuerzas de China, Rusia, Irán, Argelia y Venezuela se unirán para demostrar al mundo que han vencido en su guerra contra las democracias.
Vladimir Putin a punto de presidir un desfile el pasado mes de julio. | Cordon Press

En el caluroso mes de julio, mientras los europeos andamos enfrascados con una sequía histórica, el apagón preventivo y a punto de enfrentarnos a una recesión gigantesca, los países del Eje contra Occidente han continuado incrementado su presión política y militarista con el fin de derrotar a Europa, a la espera de que Estados Unidos se deslice por el precipicio de la confrontación civil o en el regreso de un populismo condescendiente con el comunismo.

Durante el pasado mes de julio Lavrov, "el Molotov de Putin", no ha cesado en una intensa actividad diplomática. En su visita a África, se ganó para su causa a un buen número de países cuya población representa el doble de la Unión Europea. China se permitió, bajo el dudoso paraguas de una excursión de Nancy Pelosi a Taiwán, lanzar la mayor amenaza sobre un país democrático desde 1939, con una concentración de fuerzas que no habíamos visto desde el desembarco de Normandía, Rusia ataca una central nuclear y el Sahel es una olla a presión contra Europa.

Mientras Asia Central, la Ruta de la Seda, Extremo Oriente y África están siendo abducidos por los regímenes dictatoriales y tiránicos de las potencias del Eje, en nuestro querido continente hermano la situación se deteriora a una velocidad supersónica. Colombia era el principal reducto occidental en la región y ha caído víctima de la conspiración sostenida en el tiempo por Moscú y Caracas, que nunca cejaron, conscientes de que en Colombia se jugaba la libertad de la América iberoamericana. En octubre seguramente Brasil llevará a su presidencia a un presidente condenado por corrupción y avalado por Putin y Maduro. A finales de año una tela de araña del populismo autoritario se habrá terminado de tejer desde el Rio Grande hasta la Patagonia, casi mil millones de personas que se añadirán al botín del Kremlin.

La prueba palpable de este abierto desafío lo encontramos en las maniobras militares que la tela de araña autoritaria liderada en este caso por Nicolás Maduro ha organizado en las próximas semanas en la costa venezolana cerca de Colombia. Por primera vez fuerzas de China, Rusia, Irán, Argelia y Venezuela se unirán para demostrar al mundo que ya han vencido en su particular guerra contra las democracias. Hoy podemos decir que Occidente, asediado por todos lados e incapaz de responder a estos desafíos, comienza a aceptar la derrota. Las voces que claman por convencer a Zelenski de que se rinda crecen en Europa a medida que se aproxima el invierno y los gobiernos tiemblan ante la involución que puede producirse en caso de que regresemos a las cavernas energéticas.

Durante décadas Colombia sufrió el ataque de la guerrilla comunista soportada militarmente por Caracas y Moscú, que produjo decenas de miles de muertos, miles de niños fueron secuestrados después de ver como asesinaban a sus familias para ser reclutados por las tropas de la narcoguerrilla de las FARC. Pronto se nos olvida la historia de Colombia, pero conviene recordarla porque es el ejemplo más palpable de cómo un pueblo, resistente hasta la médula, ha caído en las redes del Mal.

En 2003, Bogotá era una ciudad sitiada, los atentados terroristas eran constantes, nadie podía salir de las ciudades, el narcotráfico campaba a sus anchas y el país estaba a punto de convertirse en un estado fallido. Europa, mostrando una vez más las causas de esta tragedia, miraba hacia otro lado, en el mejor de los casos. La Llegada de Álvaro Uribe fue providencial: hoy Colombia existe gracias al tesón de un hombre excepcional con una determinación que arrastró a todo el pueblo a la victoria. Quiso la fortuna que en España hubiera un gobierno que apostó decididamente por él, poniéndose en contra a toda la Unión Europea que cobraba peaje por permitirnos tener una política propia, por apoyar la democracia y la libertad. Un Gobierno que promovió una amplia cooperación militar que Zapatero se cargó de golpe al llegar al poder, ahora entendemos la causa o el premio, según se mire. En la guerra entre la libertad y el autoritarismo, ser neutrales es ponerse del lado del mal, sí o sí, y lo hemos hecho demasiadas veces al errar en la percepción de la realidad. No se trataba de una confrontación contra la derecha política, contra la corrupción y contra la opulencia, sino de implantar un régimen autoritario que tiene una amplia y contrastada historia de miseria, desigualdad y falta de libertad.

Cómo había llegado Colombia a esta situación lo explicaba muy bien el presidente Uribe en una reunión que mantuvimos en Nariño. El país era como un gato al que cada día le vas quitando unos pelos, es indoloro, nadie se percata hasta que, de pronto, un día te das cuenta de que estás desnudo. Uribe llegó a Colombia justo antes del trágico desenlace. Cuando todavía Colombia estaba enfrascada en la guerra contra el terror, el gobierno español decidió suministrar buques de guerra a Venezuela. Esta misma historia la podríamos repetir en Brasil, Chile, Perú, Argentina, México. Todos y cada uno de estos nuevos satélites de Moscú se han creado por la desidia y el buenismo oportunista de Occidente. El gobierno de España desde 2004 tiene mucho que ver con todos estos trágicos acontecimientos. Hasta dimos de lado el presidente reconocido y democrático de Venezuela para sostener al liberticida Maduro.

Esta demostración de fuerza militar en las costas de Venezuela no es una anécdota, como pretenderá asegurar nuestra diplomacia, sino que forma parte de la estrategia del Mal para acabar con la democracia liberal que tanto ha aportado al crecimiento económico de estas regiones. La amenaza es evidente: mientras que en China, Venezuela o Rusia la miseria se amplía cada año, no nos dejemos obnubilar por los rascacielos de Shanghái, o las riquezas del metro de Moscú: la pobreza extrema se amontona alrededor de estas urbes y no hay más que salirse de las rutas turísticas para descubrirlo, el mundo libre venía prosperando como nunca en la historia, jamás se habían reducido tanto la pobreza y la desigualdad en América Latina o en África como en los últimos veinticinco años. Frenar esta carrera hacia el desarrollo económico, político y social se ha convertido para el autoritarismo en una necesidad de supervivencia, y por eso son tan transcendentes estas maniobras, porque demuestran que ya nadie puede hacerles sombra.

Occidente está desnortado con un presidente Biden que debería dimitir para asegurar un liderazgo fuerte en estos momentos en Washington. No podemos seguir dependiendo de un hombre que está incapacitado para abordar la realidad de este momento. Nadie en Europa puede adoptar este papel, el Reino Unido sin cabeza, Francia en el limbo, Alemania viendo cómo sacar tajada de todo esto y el Mediterráneo europeo a punto de entrar en default con una Italia abocada al caos.

Por si fuera poco, Estados Unidos tiene que aprobar un paquete especial de ayuda para evitar que el Frente Polisario, apoyado por Argelia e Irán y soportado y entrenado por los terroristas de Hizbullá, acabe con el régimen de Rabat.

Y en medio de este maremágnum, nosotros a oscuras. Poco nos pasa.

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