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Refugiados: drama, oportunidad y amenaza

La cuestión de los refugiados es sin duda un aspecto digno de estudio que nos hace cuestionar si nuestro mundo libre merece el nombre de civilizado.

Enrique  Navarro
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Refugiados | EFE

Todo en la vida posee diferentes puntos de vista que tienen mucho que ver con los sentimientos de las personas o su situación económica; y la cuestión de los refugiados constituye sin duda un aspecto digno de estudio que nos hace cuestionar si nuestro mundo libre merece el nombre de civilizado, a la vista de algunas reacciones y comportamientos a los que hemos asistido en estos últimos años.

Asuntos Exteriores comienza este viernes en Libertad Digital TV con el que consideramos el acontecimiento más importante sucedido en Europa en los últimos años, tanto por la dimensión del fenómeno como por sus implicaciones políticas, con el auge de los nacionalismos, económicas, culturales y de seguridad. El drama de millones de personas llegando a nuestras fronteras, de miles de cadáveres en el Mediterráneo, de unos conflictos bélicos terribles a apenas unas pocas horas de avión de Madrid, constituye sin duda la madre de todas las grandes batallas que Europa deberá dar en los próximos años. De cómo se resuelva, dependerá el futuro de Europa y seguramente del mundo tal como lo conocemos.

Hemos convertido un drama gigantesco de cuyos orígenes no somos ajenos, en una amenaza para los europeos; es decir, hemos dado la vuelta al problema para convertir esta tragedia en un atentado contra nuestro modo de vida. Hay miedos, fobias y razones para considerar esta oleada millonaria de refugiados del Medio Oriente y África como una amenaza a nuestro estado de bienestar y seguridad, pero haríamos mal si para comenzar este análisis nos desviáramos del verdadero problema: el drama de los refugiados.

Todos los países en algún momento de su historia han visto como partes importantes de su población debían huir producto del miedo y las persecuciones. Los Estados Unidos fueron fundados por unos peregrinos que huían de las persecuciones religiosas. De Alemania en los años treinta salieron cientos de miles de refugiados hacia Estados Unidos y otros lugares de Europa huyendo del nazismo. Muchas personas murieron intentando cruzar el Telón de Acero o salir de Cuba; y así podemos hablar de Taiwán, Vietnam, África, Afganistán etc. etc. ¿Qué hubiera sido del mundo libre si en aquellos momentos hubiéramos optado por cerrar las fronteras? En momentos muchos más difíciles el mundo libre supo estar a la altura de las circunstancias, ¿por qué no puede estarlo ahora?

Un negocio de la muerte

El drama de miles de personas luchando por huir del terror y que mueren cada año en el mundo excede a cualquier otra tragedia humana; gente que sólo aspira a alcanzar un mundo de libertad y prosperidad y que fallecen en nuestras playas como si se tratara de los juegos del hambre. Una vez llegan, muchos no caen en los acogedores brazos de los gobiernos sino de las mafias, las de aquí y las de allí, y son obligados a la prostitución, a la delincuencia y una explotación impropia de la vieja Europa. Mientras no percibamos de forma clara que detrás de estos movimientos hay un lucrativo negocio de la muerte, no comenzaremos a resolver el problema.

Millones de personas huidas de Siria, Irak y de una larga lista de países; seres humanos que han dejado todo atrás: negocios, casas, recuerdos, memoria, toda una vida... sólo para sobrevivir. Son víctimas de los juegos políticos en Turquía, la Unión Europea y de Estados Unidos, y parece que permanecemos absortos, mirando todo este gran drama como si no fuera con nosotros y nos centramos en la amenaza a nuestro microcosmos como la consecuencia directa de toda esta crisis sin precedentes.

¿Cómo no aspirar viajar a Madrid, París o Berlín cuando a diario se ven tales barbaridades en tu calle, en tu vecindario, en tu país? Niños y bebés que mueren de inanición, jóvenes llevados a las cámaras de tortura de los dictadores, mujeres víctimas de abusos, expolios... Por todo esto, si no somos capaces de tener un poco de humanidad y de buscar cómo paliar tanto sufrimiento difícilmente nos podremos llamar seres humanos. Y asumiendo que el problema tiene otras muchas implicaciones y aristas, no podemos ni ignorarlo ni minusvalorarlo.

Los refugiados también pueden ser una oportunidad para un continente que languidece no sólo en población sino en ilusión, que se encuentra perdido entre la preservación de unos privilegios y una seguridad que se evaporaron, y la necesidad de continuar progresando en nuestros valores que sentimos amenazados por la diferencia.

Pero la cuestión crítica para que los refugiados sean una oportunidad es la integración. Los inmigrantes y refugiados vienen pero no se integran. Pretenden mantener sus principios en un mundo que rechaza muchos de ellos. No se puede tomar lo mejor o peor de los dos mundos; no hay una inmigración a la carta y debemos hacer un esfuerzo de integración que suponga rechazar y abandonar todas aquellas prácticas inconsistentes con nuestro esquema de valores, pero a su vez hacer partícipes a los que llegan de los nuestros. Los acontecimientos terribles de abusos a mujeres y niños que se han producido en campos de refugiados y en las ciudades europeas no son admisibles y sus autores deben ser expulsados para ejemplarizar, pero seamos realistas y analicemos las estadísticas reales para dimensionar el problema. Además, tampoco podemos aspirar que aquéllos que han vivido durante generaciones con arreglo a un determinado código moral cambien de la noche a la mañana solo por llegar a Europa.

El problema es la miseria

Pero no nos engañemos, no es una cuestión religiosa o política; es económica. Para muestra, baste ver cómo los inmigrantes de los países del Golfo o de Haití se integran en Londres o en París, viviendo en los mejores barrios o comprando en las mejores tiendas, con el dinero que les expolian a sus ciudadanos. La miseria es la principal causa de la segregación y de los males que acarrea y la educación es sin duda la mejor herramienta para vencerla. Y el orden es el marco en el que debe producirse esta integración para evitar que situaciones indeseables sean aprovechadas para impulsar determinados y oscuros intereses políticos particulares. Cuando una opción política se construye sobre la base de encontrar un enemigo radical y muy concreto que sólo merece nuestro castigo y desprecio para salvar un determinado modo de vida, estamos a las puertas del autoritarismo que ya gobernó en muchos países de Europa en el pasado.

Pero si la humanidad debería ser un atributo básico a toda civilización, lo que sí es consustancial a la naturaleza humana es el miedo. Y como decía George Washington Carver "el miedo a algo está en la raíz del odio hacia otros y ese odio acabará por destruir al que odia". Durante generaciones, los europeos vivimos en pequeños pueblos o ciudades en los que reinaba la uniformidad. Si algo malo ocurría lo achacábamos a las brujas o a los judíos, porque no podíamos hallar una raíz del mal en nosotros mismos y en nuestros iguales.

Desde el final de la posguerra, Europa sólo conoció la prosperidad y no le importó recibir de forma irregular a decenas de millones de extranjeros, tanto de África como de América Latina y Asia. El crecimiento económico no generaba tensiones y el poder estaba concentrado en las clases europeas de manera que, siendo un problema, estaba bajo control. Salvo por el hecho de que no prestamos atención a lo que se estaba cocinando en los suburbios de la inmigración y que tiene mucho que ver con los acontecimientos trágicos ocurridos en Europa en los últimos años.

Lo que ha hecho que esta oleada haya generado una reacción tan compleja y en casos airada, es que ha venido de la mano de una crisis económica sin precedentes que se ha cebado más en los tolerantes países del sur de Europa que en el rico centro y norte de Europa. Una situación que ha coincido con una oleada de terror sin precedentes que algunos interesados han pretendido ligar al movimiento de refugiados. El miedo se ha extendido por toda Europa y hemos concluido, una vez más, que el enemigo es el diferente que nos odia y quiere destruirnos.

Se podría pensar que esta radicalidad no está justificada y que debería estar bajo control y que los europeos deberíamos entender que, si bien algunos se han aprovechado de forma criminal de esta oleada de refugiados, la raíz del problema está en otras causas. El problema es que los acontecimientos en Francia, con los atentados del Daesh, han golpeado con tal fuerza el corazón de los europeos que no se conforman con respuestas tenues, buenistas o integradoras. Y por ello al calor de esta oleada, una vez más los explotadores del odio y el miedo han venido a salvarnos con lenguajes agresivos y de intolerancia, y de paso aprovechar la ocasión para obtener un rédito político que en condiciones normales nunca habrían obtenido.

Pero no puede negarse que el miedo es una realidad y que los partidos políticos tradicionales deben dar una respuesta a este miedo para evitar que sean los salvapatrias los que vengan a resolver el problema con medios supuestamente expeditivos, que en realidad no existen.

El primer gran error ha sido no prevenir el fenómeno. Han fallado todos los sistemas de seguridad e inteligencia, lo que ha conllevado que Europa no estuviera preparada para esta situación. El segundo error fue no resolver el problema cerca de sus países de origen para promover el retorno a sus casas cuando la situación se vuelva más estable. El tercer error y el más importante, no resolver los conflictos con decisión. Si triunfa en Siria Asad con el apoyo de Rusia y los conflictos permanecen en Libia, Irak y el Golfo de Guinea, será imposible que los que huyeron de la muerte quieran volver para ser rematados.

Las fronteras deben ser seguras lo que significa que habrá que realizar todos los controles necesarios para evitar que los terroristas y las mafias se aprovechen de las oleadas de buenas personas que son la gran inmensa mayoría, para penetrar en Europa y golpearnos. El terror tiene un objetivo estratégico: provocar el gran conflicto entre Occidente y el Islam; cada vez que estemos más convencidos de que el problema es el mundo islámico, más cerca estarán los terroristas del éxito y todos del caos.

Es una lucha que requiere de inmensos recursos; de una planificación y de una coordinación de las políticas europeas. Sin duda es una gran prueba de fuego para esta nueva Europa post Brexit que debe definir cómo pretende ser un árbitro en la escena internacional previniendo y colaborando militarmente si es el caso, en la terminación de los conflictos y cómo mantener los valores que nos hacen fuertes sin dejarnos arrastrar por el miedo.

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