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Enrique Navarro

Trump incendia Siria

El primer riesgo evidente es un conflicto abierto entre Turquía y Siria, en el que Rusia jugaría un papel clave

Enrique Navarro
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El primer riesgo evidente es un conflicto abierto entre Turquía y Siria, en el que Rusia jugaría un papel clave
Carros de combate militares de Turquía en la frontera Siria | EFE

Era cuestión de tiempo que el éxito militar de los kurdos en la guerra contra el Estado Islámico y contra las tropas de Asad, iba a generar problemas mayores; y que una vez más, los kurdos serían traicionados por Occidente, al anteponerse las estrategias de los grandes estados involucrados a las demandas del pueblo sin estado más importante de la región.

Durante estos años, Erdogán ha jugado contra Europa por los refugiados, ha sido capaz de convertirse en el peor enemigo y en el mejor aliado de Putin, ha entrado y salido del conflicto sirio a su antojo, y ha visto en la debilidad de Siria, un reequilibrio de poderes regionales. Mientras, Occidente, y en particular Estados Unidos, han mantenido un inestable equilibrio impidiendo que los turcos resolvieran sus viejas rencillas contra un pueblo que domina ya toda su frontera sur con Siria, y empujando a las fuerzas del Kurdistán a liderar la guerra de forma exitosa contra el Estado Islámico, la razón por la que los países occidentales se embarcaron en este conflicto.

El agotamiento de los bandos en Siria, en una guerra donde se pelea por calles o charcas, se había convertido en un escenario aceptable para Estados Unidos, y casi para todos nosotros con el califato convertido como mucho en un barrio en el corazón de Siria. La permanencia de Asad ya había sido admitida por todos como un mal menor, siempre que el país permaneciera dividido; la única estrategia occidental que ha funcionado en Oriente Medio, aunque consista en volver a rediseñar el mapa cada cierto tiempo. De esta manera, el conflicto quedaría latente, y dejaría a todas las potencias involucradas parcialmente satisfechas, lo que en términos diplomáticos siempre es un éxito.

Pero, como siempre ocurre en esta región, hay asignaturas pendientes que proceden de los tiempos que Adán y Eva fueron expulsados del Edén, y que no tardarían mucho en recuperarse.

Turquía de ninguna manera puede permitir que las fuerzas kurdas ligadas a la organización terrorista kurda del PKK, tal como pregona a diario el gobierno de Erdogán controlen su frontera sur. Sería el peor escenario de seguridad posible para el renacido nacionalismo otomano; ya que, a fin de cuentas, los kurdos pretenden crear un estado propio en una parte muy considerable de territorio turco.

Hasta ahora existía un obstáculo insalvable para ambas partes de conseguir sus objetivos; las fuerzas norteamericanas posicionadas en la frontera con el doble fin de apoyar a los kurdos en su lucha contra Asad y el Estado islámico, y de impedir las agresiones kurdas en territorio turco y viceversa.

Se trataba de una misión muy complicada; controlar los flujos migratorios entre Siria y Turquía era fundamental para evitar la salida hacia Europa de terroristas; a su vez suponía la única manera de mantener alejados a los turcos del conflicto, que siempre han tenido ambiciones territoriales sobre Siria. Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas, con una frontera en ebullición podrían llevar a las fuerzas norteamericanas a intervenir contra kurdos o turcos; un escenario imposible en un año electoral aderezado por las investigaciones contra el presidente Trump.

El inquilino de la Casa Blanca, debía tomar dos decisiones de forma urgente para mantener el difícil equilibrio en la región y a su vez poder centrarse en sus problemas internos que no son pocos, sin amenazas externas. Las tropas estadounidenses estaban cada vez más, inmersas dentro de un potencial conflicto entre los kurdos y Turquía. Trump no quería ir a su impeachment con tropas en situación de riesgo; y en segundo lugar, nadie en la región tenía interés en que los kurdos ganaran fuerza, ya que los siguientes serían Irak e Irán, donde la minoría kurda también es muy relevante. Así, que una vez más, después de habernos hecho el trabajo sucio contra el Daesh, había que volver a recomponer el puzle y eso pasaba por traicionar a los kurdos.

Lo que ocurre es que los kurdos han aprendido mucho de todas estas calamidades históricas, y esta incursión militar turca que pretende crear una zona de seguridad en Siria para evitar las infiltraciones de grupos kurdos, nos va a devolver a un escenario peor.

En primer lugar, deben señalarse dos daños colaterales de un gran impacto. El riesgo de que este ataque suponga el desplazamiento de decenas de miles de kurdos al interior de Siria, huyendo de la zona de seguridad; y que la desbandada de territorios actualmente controlados por las fuerzas kurdas, dejen prisiones abandonadas donde centenares de reclusos del estado islámico podrían quedar liberados, con las consecuencias que todos podemos imaginar.

Pero las consecuencias geoestratégicas pueden ser más graves. La primera reacción era más que probable, que los kurdos pactaran con Asad. Su guerra no era precisamente contra el dictador sirio; si no que se les permitió fortalecerse como premio a su excelsa colaboración en terminar con el régimen de terror del califato, y así poseer un poder territorial en Siria, debilitando de esta manera la capacidad de Asad de volver a ser una amenaza para terceros países, en especial Arabia e Israel.

Si los kurdos y Asad formaran una alianza contra Turquía, ello implicaría una situación de mayor riesgo de que Asad se fortaleciera, que apoyase a los kurdos, y todo esto animado por la mano negra iraní, interesada en debilitar a Turquía y en pasar su problema kurdo, que también lo tiene, a sirios e iraquíes. Así que el primer riesgo evidente es un conflicto abierto entre Turquía y Siria, en el que Rusia jugaría un papel clave con el despliegue de fuerzas para garantizar la independencia de Siria y el mantenimiento de Asad en el poder.

Estos acontecimientos no pueden desligarse del clima de guerra civil que los chiitas están provocando, con el apoyo de Irán, en Irak, donde las protestas se han llevado centenares de muertos y el regreso a las tinieblas de la represión sunita contra chiitas; lo que está provocando un caldo de cultivo para una intervención militar iraní en Irak.

Como señala el dicho, cuando el gato no está los ratones bailan; y el gato Trump ha decidido desentenderse del mundo, salvo con sus bravuconadas tuiteras, para ver cómo llega indemne a noviembre de 2020. A la postre, Trump ha incendiado la región, y va a acabar por sacrificar a su mejor aliado en la zona, y por fortalecer a dos regímenes con claras ambiciones imperialistas y no precisamente caracterizados por su pureza democrática. La guerra de Oriente Medio se libra en Siria, y si aquí triunfa Asad con el apoyo de rusos y kurdos, nos encontraremos con una situación de inestabilidad mucho mayor, porque nadie va a permitir a Turquía que llegue hasta Damasco. Con todos estos movimientos, Oriente Medio se decanta por fortalecer a los dos grandes bloques antagónicos e históricos: chiitas y sunitas. El campo de batalla hoy está en Iraq, Yemen y Siria; pero cuando esto se acabe, el riesgo de un conflicto a gran escala será mucho más alto y nos será mas difícil mirar hacia otro lado; o sea que vuelta a empezar, pero como ocurre siempre, peor que antes.

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