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Federico Jiménez Losantos

1. El advenimiento de David Beckham

Federico Jiménez Losantos
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La gira del Real Madrid por China, Japón y Tailandia en agosto del 2003 se diseñó para que el club presidido por Florentino Pérez presentara con la camiseta blanca a su nuevo fichaje, David Beckham, en una parte del mundo harto propicia, puesto que ya le rendía fervoroso culto idolátrico con la camiseta roja del Manchester United. El cambio de camiseta en la caja registradora se desarrolló según lo previsto. Sin embargo, la repercusión mediática de un hecho que en lo deportivo quedaba muy por debajo de la insignificancia fue tan abrumadora, tan espectacular, tan universal que hasta los más escépticos tuvieron que rendirse a la evidencia de un fenómeno, el de la globalización del fútbol, que no es del todo nuevo y que se parece a otros muchos fenómenos empresariales, deportivos y culturales de nuestro tiempo, pero que —justo es reconocerlo— el club español ha sabido sintetizar y multiplicar vertiginosamente en las últimas tres temporadas, que coinciden con los tres primeros años del siglo XXI.

En rigor, si difícil era distinguir el espectáculo de adoración icónica provocado personalmente por Beckham de la tumultuosa y ferviente acogida al equipo de fútbol más famoso y prestigioso del mundo, el único que alinea cada domingo a la mitad de una ideal selección mundial (Ronaldo, Zidane, Raúl, Figo, Roberto Carlos, Casillas, el propio Beckham), resultaba igualmente imposible separar la promoción de la "marca Real Madrid" y la publicidad paralela de todas las marcas comerciales que anuncian las figuras del equipo blanco; pero sin entrar en lo que corresponde a lo particular de cada jugador, y a lo general de su selección nacional y del propio club, lo indudable es el efecto multiplicador: mil millones de personas vieron en directo al Real Madrid sólo en China, número que se duplicaría holgadamente en el resto de Asia y del mundo.

Esos números marcan en sí mismos un hito en la historia del fútbol, único deporte y único espectáculo que puede aspirar fundadamente a la condición de universal, por encima de todas las fronteras políticas, culturales o religiosas. Y si el signo de nuestra época es, convencionalmente hablando, la globalización, quizás ninguna empresa del mundo la representa hoy de forma tan apabullante como el Real Madrid. Conviene recordar que estamos ante una entidad privada, nacida de la libre iniciativa y mantenida voluntariamente, en contrato renovado cada partido, semana o temporada, por cientos de miles, millones de personas de cuatro generaciones, y que ha sobrevivido a guerras civiles y mundiales, a monarquías y repúblicas, a dictaduras y democracias, a cataclismos económicos y sociales, a radicales mutaciones culturales. Y que hoy simboliza el éxito, el prestigio, la popularidad, la belleza física y el dinero. Siendo así, es lógico que los enemigos de la libertad de mercado o simplemente de la libertad, la "infame turba" rubendariana, la populosa horda "antiglobalización", dediquen cada vez más tiempo a este fenómeno del Real Madrid, porque en él ven uno de los más felices símbolos del triunfo individual, de la libre competencia, del mercado universal, pero mucho más difícil de combatir que los Mc Donalds o la Coca Cola. No obstante, lo intentan. Los mismos argumentos políticos, ideológicos y morales de los "globalifóbicos" contra la propiedad, la empresa privada y la economía de mercado se repiten contra el Real Madrid "galáctico". Y otra coincidencia: con los demagogos de fuera, se alinean los demagogos de dentro. En punta de ataque, Georges Soros ¡o Pelé!

Pelé contra las estrellas de fútbol

Pocos días después de finalizar la gira asiática del Madrid, Edson Arantes do Nascimento, más conocido en el mundo del fútbol como Pelé, realizó en México, donde se hallaba promocionando el Viagra, unas declaraciones tan desapacibles como sorprendentes. Dijo de Beckham que era "más una "pop star" que un jugador de fútbol". Dijo del Real Madrid que "tenía mucho dinero y podía fichar a quien quisiera", pero advirtió que "juntar un grupo de estrellas no supone crear un equipo" y que "por mucho dinero y muchas estrellas que se reúnan, puede no ganarse ningún título y hundirse el proyecto". Al margen de sus declaraciones sobre el Real Madrid, los medios reprodujeron una frase más de Pelé: que él, "afortunadamente", no necesitaba en absoluto del Viagra. Coherencia ante todo.

Aparte del innecesario alarde de virilidad natural, tan difícil de comprobar como absurdo de proclamar cuando se vende un remedio químico para la disfunción eréctil, Pelé parece olvidar o creer que hemos olvidado que todo lo que haga Beckham no será distinto de lo que ya ha hecho el futbolista del Santos y del Cosmos como estrella mediática. De Pelé hemos sabido todo o casi todo desde aquel mundial de Suecia en que con 17 añitos saltó a la fama. Primero fue lo de siempre, la favela, la chabola, la pelota de trapo, la desnutrición superada y, en fin, la samba del fango y del triunfo, tan emotiva y tan comercial. Luego nos hemos ido enterando de más cosas: matrimonios criaturas, y fotos, muchas fotos con políticos, muchos políticos, y niños, muchos niños. Con el paso de los años, no hemos dejado de enterarnos de las más diversas aventuras genesíacas de Pelé, no sabemos si con ayuda del gingseng, de la viagra selvática o del cuerno de rinoceronte. Entre otras, cabe recordar su historia con la bellísima presentadora de televisión y cantante Xuxa, reina de la chiquillería carioca. En eso, ya le lleva mucha ventaja a Beckham, que no ha salido de Victoria, al cabo la quinta parte de las Spice Girls.

"Quiero ser como Beckham"

Hay una película relativamente reciente, situada en la comunidad hindú de la Inglaterra actual, que trata del fútbol como fenómeno capaz de saltar por encima de todas las barreras, sean éstas de cultura, de clase, de sexo o de religión; y que, tal vez por eso, estaba predestinada a engrosar las arcas o bruñir la gloria del Real Madrid: "Quiero ser como Beckham". En realidad, el capitán de la selección inglesa y jugador del Man-U cuando se rodó el film no aparece siquiera un minuto, es apenas una silueta ostensiblemente doblada en la lejanía de un aeropuerto, al borde del The End. Pero la mera presencia de su nombre en el título supuso un formidable empujón publicitario para el astuto director anglohindú. A nadie se le ocurrió hace treinta años rodar una película que se titulase "Quiero ser como Pelé".

Lástima, porque el cine llegaba entonces adonde no llegaba el fútbol. Pero ahora van de la mano y el filón de imagen, publicidad y mercadeo que ya suponía Beckham y ya albergaba el Madrid, multiplicados al unirse, acabará pasando inevitablemente de la pantalla pequeña a la grande. El último proyecto para el nuevo medio centro del Madrid es "Goal", una trilogía cuyo protagonista sería un niño hispano de Los Angeles que acaba triunfando en la Liga Inglesa, con Beckham al fondo; pero ni el proyecto está cerrado ni el rodaje ha comenzado ni resulta razonable que un niño, hispano por más señas, triunfe con los "reds" en Anfield Road y no con los "galácticos" en el Bernabéu. Victoria Adams dice que su cónyuge estaría muy bien en el papel de James Bond, alegato plausible pero que, de momento, no pasa del estado de opinión. "Becks" todavía está lejos del estrellato cinematográfico alcanzado por Pelé en diversos productos de Hollywood, entre ellos la notable "Evasión o victoria", de John Houston, junto a otros futbolistas de su época, cierto aficionado llamado Michael Caine y un presunto portero apellidado Stallone.

¿Cuántas fotos supuestamente benéficas, cuántas películas realmente publicitarias, cuántas imágenes al servicio de cuántas marcas habremos visto de Pelé en los últimos treinta años? Dentro de un cuarto de siglo, es inverosímil que Beckham mantenga su actual fulgor mediático, como sigue intentando Pelé. ¿A qué viene, pues, eso de criticar a la "pop star"? ¿A severa reflexión moral? ¿A honda inquietud deportiva? ¿O a simple envidia de actriz madura, de estrella que se resiste a envejecer, de "Has been" melancólica, perdida en el área chica de Sunset Boulevard?


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