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Federico Jiménez Losantos

2. Las fuerzas antisistema, de ayer a hoy

Federico Jiménez Losantos
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Nunca, desde la Transición, ha existido en España un bloque antisistema tan poderoso como ahora. De las fuerzas que lo componen –separatistas, comunistas y socialistas– ninguna estaba en esta posición o tenía el poder y la determinación que exhibe hoy. El PCE había aceptado la bandera nacional, la Monarquía y la Constitución. El Partido Socialista, aunque jugaba en el Parlamento a la República, estaba fundamentalmente preocupado por asentarse como única sigla socialista nacional, por lo que se oponía al Partido Socialista Popular de Tierno y a la Federación de Partidos Socialistas de Enrique Barón y otros líderes regionales como Rojas Marcos y Emilio Gastón, líderes de partidos socialistas regionales que como el de Andalucía y el de Aragón se crearon en los años últimos del franquismo y competían regionalmente con el PSOE. La prioridad de González y su grupo era asentarse como fuerza única, y, por tanto, nacional.

En cuanto a la izquierda radical, separatista o no, los terroristas de ETA siguen donde estaban, aunque su entorno político-social y cultural es hoy más sólido, si no más amplio. El terrorismo catalán y gallego ha desaparecido formalmente o está controlado. Igualmente el FRAP y, con las erupciones habituales, el GRAPO. Los partidos separatistas radicales, tanto los catalanes de ERC como los gallegos de UPG o los canarios de Cubillo y su MPAIAC, vivían un proceso de decantación entre alianzas sorprendentes (así la de ERC con los maoístas del PTE en las primeras elecciones), continuas escisiones típicas de la extrema izquierda o fracasos en el terrorismo, como el atentado contra Cubillo y el fin del respaldo argelino al separatismo canario. Aunque Tierno o Rojas Marcos lograron episódicamente el apoyo de las dictaduras africanas alineadas con la URSS (Libia y Argelia), las razones o intereses de Estado y la actuación del PSOE, así como la dirección legalista tomada por el PCE, anunciaban el crepúsculo de la extrema izquierda, cuyos grupos más fuertes eran el PTE, la ORT, el MC y la LCR. Todos carecían de respaldo electoral y estaban llamados a la integración en el PCE o el PSOE, a la atomización o a la simple y llana disolución.

Pero son los nacionalistas moderados los que han cambiado más: el PNV, con Arzallus en Madrid, se presentaba como un partido que renunciaba al separatismo, quería la democracia para España y acabar con el terrorismo etarra, y así era percibido tanto por la izquierda, que recordaba su antifranquismo, y por la derecha, que respetaba su atlantismo y su filiación democristiana, internacionalmente reconocida. Jordi Pujol, diputado en Madrid, se presentaba también como no separatista, partidario de reforzar la legalidad a cambio de la cesión de competencias del Estado y concesiones en la redacción de la Constitución, así el Título VIII que reconoce la existencia de "nacionalidades y regiones", si bien dentro de "la nación española, única e indivisible". En el estatuto de Autonomía se reconocía también la cooficialidad en Cataluña del español y el catalán. No existía un nacionalismo canario como el actual, ni la derecha había adoptado la política lingüística del nacionalismo en las zonas bilingües. El PSOE se movía entre la alianza táctica con el nacionalismo (así en las listas conjuntas de Cataluña para el senado) y la rivalidad estratégica, a la larga implacable.

En resumen; el PSOE iba hacia lo nacional, el PCE hacia lo legal y el nacionalismo se mostraba dispuesto a aceptar una legalidad nacional española, mientras la extrema izquierda se dispersaba y sólo el terrorismo de ETA, aunque dividido, resultaba preocupante, pero sólo como elemento que hiciera el juego a la extrema derecha golpista. Esa derecha antisistema, leal al franquismo, no tenía más fuerza electoral que la del diputado Blas Piñar y no podía crecer por la existencia de AP y el afianzamiento de los gobiernos de UCD, respaldados por el Rey, al cabo heredero legítimo de Franco. La Iglesia de forma expresa, y el Ejército de forma tácita, respaldaban la naciente legalidad democrática. El sistema era frágil pero, si sobrevivía unos pocos años, tenía futuro. Hoy, tras haber sobrevivido a un cuarto de siglo, haber mejorado la vida material de los españoles hasta extremos entonces impensables y haber reinsertado plenamente a España en el concierto internacional, su futuro aparece, paradójicamente, más comprometido. La clave es que se ha creado un bloque antisistema de todas aquellas fuerzas (separatistas, comunistas y socialistas)obligadas entonces a acomodarse a un sistema político democrático y español que hoy ven posible transformar, alterar o redefinir, unas: y, otras, simplemente destruir.

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