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Federico Jiménez Losantos

Adiós a la Duda, ha llegado el Caos

Federico Jiménez Losantos
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La dimisión de Fernando de la Rúa, en rigor el final de un largo proceso de deserción de sus responsabilidades que empezó con el abandono de su ministro López Murphy y el "fichaje" de Cavallo, pone fin a un período en el que las ya débiles instituciones argentinas han albergado y compartido la debilidad política, ideológica y moral de un presidente al que sus compatriotas –especialmente tras su negación a lo Judas de López Murphy– llamaban Don Frenando de la Duda. Bien, pues ya ha huido definitivamente Don Fernando y se acabó la Duda. Ahora, convocado por tantas insuficiencias teóricas como fechorías prácticas, ha llegado el Caos. Nadie podrá decir que ha venido solo; entre todos lo han traído. Y tardarán mucho tiempo en echarlo incluso si todos se lo propusieran, lo que, como prueba la inhibición presidencial y la actitud de la oposición, no parece que sea el caso.

Si hubiera que buscar la clave, el factor que ha precipitado la crisis en la que se ha sumido Argentina probablemente sería el ataque a una institución sin la que es imposible que ninguna economía funcione: la propiedad privada. No es casualidad que el vandalismo contra la propiedad de los asaltantes de los supermercados haya derribado a un Gobierno que acababa de asaltar algo tan privado y tan sagrado como el dinero de los fondos de pensiones para pagar los gastos de la deuda. En realidad, para sufragar y mantener el disparatado gasto público de unos políticos que, con tal de abastecer a su clientela política y abastecerse a sí mismos, no han dudado en incumplir sus propia legislación en materia financiera. Y, desde luego, en todo lo que se refiere a la protección de la propiedad de las personas y de las empresas, que ha brillado por su ausencia en este sórdido crepúsculo del gobierno radical.

Muchas son las hipótesis que circulan en esta situación de caos, de auténtico vacío de poder que representa crudamente a los ojos de los ciudadanos el vacío político en que ya vivían. Casi todas se centran en la angustiosa situación de los pequeños y medianos propietarios cuyo dinero ha volado. Se lo han robado, realmente, a través de una política económica tan arrogante en la forma como artera e irresponsable en el fondo. Y, para colmo, ni siquiera saben en qué moneda se han arruinado. En Argentina no hay dólares en el Banco Central para respaldar los pesos que circulan. Y en cuanto abran las ventanillas de los bancos, probablemente después de escenas de violencia y desesperación mucho más reales que las algaradas de la extrema izquierda política y la “extrema mafia” sindical, no quedará un solo dólar a la vista. No es que la dolarización sea difícil –como han debatido algunos estudiosos en Libertad Digital estas últimas semanas–, es que no va a haber con qué dolarizar. Por lo menos, en la legalidad. Nunca un peso mereció tan poco su nombre, salvo que no se entienda como peso monetario sino como el abrumador peso psicológico de su falta de valor. Eso sí: la retórica seguirá triunfando. No habrá quiebra ni suspensión de pagos. Simplemente “default”. Qué finos.

Si Argentina no estuviera vacunada de golpismo, era sólo cuestión de meses el advenimiento de un Dictador con ínfulas de salvador de la Patria. Pero si el Ejército está desprestigiado, la demagogia nacionalista y colectivista sigue incólume. Grave es que Argentina no haya tenido un Erhard. Pero todavía está a tiempo de tener un Chávez.

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