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Federico Jiménez Losantos

Adiós a los liberales, vuelven los "boyerales"

Federico Jiménez Losantos
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Hace años, en pleno apogeo del cesarismo de izquierdas y cuando no era siquiera pensable el cesarismo de derechas, los gobiernos del PSOE intentaron una forma de colectivismo relativamente nueva: un discurso aparentemente respetuoso y hasta amistoso con la economía de mercado pero manteniendo un control férreo de las decisiones económicas. Luego hemos visto en Argentina los extremos a que puede llegar esa forma de despotismo ilustrado con poco de lo segundo y mucho de lo primero. Pero, entonces como ahora, a muchos estamentos del mundo del dinero –siempre amistado con el Gobierno de turno– les gustó esa fórmula. Era cuando Cuevas decía que la política de Solchaga era “la única posible” y perseguía a quien osara contradecirle. A mí, por defender que el liberalismo era lo que propugnaban Aznar y Rato y no lo que decían Boyer y Solchaga, quiso echarme del "ABC". Claro que eso puede considerarse ya una tradición en la derecha española, casi tan antigua como la de llevarse bien con el Gobierno, sea cual sea y haga lo que haga.

Por diferenciar teóricamente el liberalismo de verdad del liberalismo controlado desde el Poder, traté de distinguir entonces entre liberales y “boyerales”, dejando esta denominación para los progresistas leídos y los centroides subvencionados que creían que se puede hacer liberalismo sin perder un ápice de poder y se puede controlar el mercado de forma que produzca riqueza a voluntad del Gobierno, en la cantidad que quiera y en los sectores que le parezcan. El discurso de Boyer, Solchaga e incluso Solbes sonaba bien, pero la realidad no se compadecía con el discurso. El PSOE quería una economía liberal pero sin perder el control de sus resortes esenciales. Por eso lo criticábamos. Por eso decíamos que queríamos liberales en el Poder y no “boyerales”, que acababan quedándose con Rumasa o con el Banco Central.

El PP empezó su tarea de gobierno en clave liberal y no “boyeral”. El índice de esa orientación ha sido la disminución del gasto público en el conjunto nacional, la rebaja de los impuestos o su congelación y el control del déficit, de los precios y de la inflación. Sin embargo, en los dos últimos años, precisamente cuando ha disfrutado de mayoría absoluta, el PP ha ido arrumbando la política liberal y se ha sumergido en el “boyeralismo” más descarado. Que sea el propio Miguel Boyer quien protagonice la “venta” de esa degeneración de la política económica aznarista en los medios de la derecha sólo añade un punto de estética disparatada a la ética perdida y a la política desorientada.

Pero ni la persona ni el personaje deben hacernos perder de vista lo fundamental. Como en tiempos del PSOE, la economía española tropieza con su rigidez esencial, que es la negativa del Poder a perder el control de los resortes económicos que intervienen los mecanismos del mercado, frenándolos e incluso anulándolos. El control de tarifas de la energía es uno de esos resortes. Sólo uno. Pese a las alharacas liberalizadoras, ahí Rato no ha liberalizado nada. Ha ido permitiendo o negando, según le parecía, que las empresas del sector hicieran lo que en cada momento querían, que era lo que creían que podían. Endesa e Iberdrola pudieron comprobar en su fallida fusión que no siempre es fácil interpretar los gestos gubernamentales en España. Con el PP, menos aún que con el PSOE. Lo único que con izquierda o derecha en el Poder se mantiene incólume es la sumisión a Polanco, hija del pánico del poder al poder, que no del respeto al mercado. Si Endesa o Iberdrola hubieran sido de Don Jesús, estarían fusionadas y bien fusionadas. Como no lo son, están como estaban. Algo más chasqueadas.

El liberalismo, que en sus tiempos de oposición aparecía en todos y cada uno de los proyectos económicos del PP y parecía impregnarlos de respeto al mercado libre y amor a la competencia ha ido dando paso, insistimos, al “boyeralismo”, que en ABC (dónde, si no) se nos muestra como un discurso tecnocrático y apacible, sin aristas y sin principios, un intervencionismo con "lifting", una socialdemocracia pasada por la peluquería, una prosopopeya a medio camino entre la sabiduría del escarmentado y el valor retrospectivo del Abuelo Cebolleta. Claro está que lo peor de estas “batallitas” liberalizadoras no es que pertenezcan al pasado, del PSOE o del PP. Es que, por regla general, no se han librado jamás. Y ahí está el recibo de la luz para probarlo.

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