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Ahora, a por la Duodécima y a por la Decimotercera

Es día de lamentar deportivamente la derrota del Mejor Rival y de disfrutar con el tremendo disgusto de las cloacas deportivas que campean por España.

Federico Jiménez Losantos
La Undécima

Una de las tareas fundamentales del madridismo en los próximos años es guardar el respeto debido a los ordinales, última trinchera de la asediada gramática española. Tras la Décima, tocaba ganar la Undécima. Conseguida ayer la Undécima, a la que afortunadamente nadie ha llamado en estos dos años La Once, debemos ganar, porque sólo el Real Madrid podrá hacerlo en los próximos años y es difícil que otro lo consiga alguna vez, la Duodécima. Y después llegará algo aún más difícil: el de ir a por la Decimotercera. Nada de La Trece. Para evitar el repelús supersticioso, lo mejor es conservar el ordinal y, cuanto antes, conseguir, la Decimocuarta. Ya que nuestro destino es estar solos en la cima, envidiados cuanto admirados. Nuestro deber es conservar, al menos, el buen uso de las palabras.

Por qué el Madrid no puede ser socialista

Hubo no hace muchos años un ministro de Educación y Cultura (naturalmente, del PSOE: Javier Solana) que en vez de duodécimo decía doceavo. Nada más lógico en un socialista que cambiar el ordinal, que marca el sentido natural de las cosas, por ejemplo en orden a la sucesión y a la propiedad, por el partitivo, porque el vicio del socialismo es partir, dizque para repartir pero en realidad para romper el orden del mérito y del esfuerzo, que suelen desembocar de forma legal y natural en la propiedad. El Real Madrid está condenado, desde Don Santiago Bernabéu, a no ser socialista: tanto mérito deportivo, tanta historia, tantos triunfos, semejante acumulación de los títulos más importantes del Planeta Fútbol, le obligan a ser conservador, no revolucionario, por la sencilla razón de que es el que más tiene que conservar y porque le ha costado muchísimo conseguirlo.

Sin embargo, la historia del Real Madrid, única en el Mundo, no es la del triunfo del conservadurismo, sino de las reformas y de la insatisfacción con lo conseguido, que impele al Club y a sus seguidores a pedir más y más y más. A no darse nunca por vencido, a no dormirse nunca en los laureles. Por supuesto, eso va en contra de la naturaleza humana, y los jugadores del Madrid, una vez instalados en el mejor Club del mundo, tienden, con muy pocas excepciones, al señoritismo y a una lasitud desesperante, tiran Ligas como colillas, dejan perder partidos ganados y se abandonan a los placeres que la vida, sobre todo nocturna, les brinda. Jóvenes, millonarios, famosos y agasajados por donde van, es inevitable que se conviertan en idiotas. Es decir, en jugadores incompatibles con la exigencia de pertenecer al Madrid. Salvo que, sobre idiotas, horteras y cursis, sean exigentes consigo mismos. Como lo es el Monstruo de Medeira.

Cristiano, cruz y cara del Campeón

Tal vez por eso, nuestra gran figura Cristiano Ronaldo, que se alineó pero que realmente no jugó la Final de Milán, como tampoco la de Lisboa, se ha convertido en decisivo en esta última época del Madrid de Florentino, que, como quien no quiere la cosa, lleva ya tres Copas de Europa. Ronaldo es la exigencia, la disciplina, la obsesión casi desagradable de jugarlo todo y ganar siempre. Por eso Cristiano volvió a ser decisivo en Milán, pese a no jugar o jugar mal. Para mí, los importantes fueron Bale, Kroos y Modric en la primera parte; y Casemiro Ramos, Isco y Lucas Vázquez en la segunda y en la agónica prórroga, que lo hubiera sido menos sin la manía de Zidane, mejor gestor de egos y vestuarios que entrenador, de mantener a un pésimo Benzema y a un inútil Cristiano, que forzaban al Madrid a jugar con nueve.

Pero si se tiene un centro del campo que trabaja, aunque le falte una fiera como Pogba, el agujero de delante se disimula, porque ni el Atlético ni nadie juegan bien una Final Europea. Hay excepciones como la Quinta, la del 7-3 al Eintracht de Francfort en Glasgow, quizás el mejor partido de todos los tiempos, pero lo normal es jugar atenazado por el miedo a perder. Le ha vuelto a pasar al Atlético, aunque menos que en Lisboa. Y al final se ha impuesto lo que suele llamarse la suerte del campeón. Pero no es justo llamar suerte a la costumbre de ganar la competición más difícil del mundo, la Copa de Europa, sobre todo si se consigue nada menos que once veces.

La pena es que perdiera el Atleti

La única pena de la Undécima –y lo digo sinceramente- es habérsela tenido que ganar al Atlético de Madrid, el único club que la merece, sobre todo si abandona la reciente costumbre de jugar las finales contra el Real Madrid. Si insiste, acabará consiguiéndolo, pero le sería mucho más fácil hacerlo con cualquier otro. No porque sean supuestamente más poderosos o mejores, como Barça o Bayern, a los que eliminaron, sino porque no son el Real Madrid. El Barça y el Bayern juntos no han ganado tantas copas de Europa como el Real. Eso se comenta solo. Aunque nunca lo suficiente.

Pero hoy es un día de lamentar deportivamente la derrota del Mejor Rival y de disfrutar con el tremendo disgusto de las cloacas deportivas que campean por España. Y contra España y el Madrid. Las victorias, a qué mentir, saben mejor si se detesta al que le sientan peor. Así que, ahora, ¡a por la Duodécima! Y enseguida, ¡a por la Decimotercera!

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