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Federico Jiménez Losantos

Arzalluz, cómplice de sus verdugos

Federico Jiménez Losantos
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La aparición de la cúpula del PNV entre los objetivos de la banda ETA –aunque el centenar de posibles asesinatos no revistiera, como es natural, carácter inminente– ha dado paso a un nuevo recital de villanía por parte de Xabier Arzalluz. Era previsible que, tras echar del partido a Guevara por defender la legalidad frente a ETA, el caudillo separatista hiciera alguna cabriola compensatoria, pero achacar al Ministerio del Interior una supuesta ocultación de esa lista –se supone que para restar importancia al compromiso antiterrorista de Arzalluz y sus fieles– resulta demasiado incluso para el heredero de Sabino Arana.

En primer lugar, porque sus propios compañeros de partido lo han dejado por embustero: Imaz y hasta Egibar han confirmado que Interior les llamó para comunicarles el tenebroso dato recientemente descubierto en Francia. En segundo lugar, pero más importante, porque si entramos en una valoración política del suceso ¿qué revela esta nueva lista de crímenes posibles sino que Arzalluz ha convertido al PNV en cómplice de sus verdugos?

Que ETA asesine a los dirigentes del PNV –incluso de un PNV tan sumiso y obediente a su estrategia violenta como el de Arzalluz– es absolutamente lógico. Los totalitarios –Lenin, espejo de ETA, lo demuestra– eliminan a los “compañeros de viaje” o “tontos útiles” cuando dejan de servirles. Si pueden, físicamente, mediante el asesinato o el destierro (véase Kerenski). En todo caso, políticamente. En el País Vasco hay una parte del PNV que no comulga con las ruedas de molino de Estella, así que es normal que ETA mantenga su presión sobre el Euzkadi Buru Batzar. El terror es una forma de cohesionar el frente separatista y de mantener la iniciativa y la hegemonía etarras. Así que, aunque menos que a los representantes del PP y del PSOE, es lógico que amenace e incluso que asesine a gente del PNV.

En una estrategia de conquista del Poder por la violencia, ésta debe de ser el único factor indiscutible, hacia dentro y hacia fuera. Los etarras actúan, pues, con toda lógica. El que tiene menos lógica y, por lo visto, verdadero pánico es Arzalluz, que parece querer echarle la culpa a Aznar de que sus socios criminales de Estella no descarten pegarle un tiro en el momento oportuno. A lo mejor se soñaba Moisés. El pobre no pasaría nunca de Von Pappen.


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