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Federico Jiménez Losantos

Bonosewitz o la guerra según la Señorita Pepis

Si no fuera porque el sustituto sustituido de Mourinho se parece más al Presidente del Gobierno, ya que ambos parecen llevar la percha bajo el abrigo, podríamos decir que Bono es el Queiroz de nuestros Ejércitos.

Federico Jiménez Losantos
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El Ministro de Defensa de ZP es como la defensa del Real Madrid al final de la liga 2003-2004: una síntesis difícilmente superable entre la incompetencia y el ridículo, un extravagante compromiso entre la aspiración a todo y la incapacidad de hacer prácticamente nada, un bochorno para los actores y una afrenta al espectador. Si no fuera porque el sustituto sustituido de Mourinho se parece más al Presidente del Gobierno, ya que ambos parecen llevar la percha bajo el abrigo, podríamos decir que Bono es el Queiroz de nuestros Ejércitos. Lástima que Florentino no pueda cederle al Gobierno a Valdano en calidad de algo, porque incluso el desastre mejoraría. Claro que, ¿quién nos dice que no es el filósofo rioplatense el apuntador de Bono en la SER?
 
El caso es que Bono, el John Kerry del medallero militar español, ha sentado en la Cadena Amiga las bases para una doctrina militar completamente nueva. Tanto, que Clausewitz ni siquiera la reconocería como doctrina, y mucho menos, militar. Pero qué se va a esperar de un rígido teutón, cómo puede comprender los matices, la rica inventiva trasmediterránea, es decir, manchega, del nuestro Ministro de Defensa. Cuando Bono dice que ha dado órdenes para que nuestros soldados usen la fuerza “lo menos posible”, renuncien a “perseguir a los huídos” y hasta apresar a los que no tengan más remedio que detener, “porque no hemos venido a encarcelar afganos, sino a garantizar un proceso electoral”,  es seguro que el autor de “Sobre la Guerra” diría, tras un respingo, que está sentando plaza de suicida. Anunciar que se va a emplear la menor violencia posible para reducir al enemigo es tanto como invitarle a atacar. En la vida civil, como saltar de un décimo piso.
 
Pero ni Clausewitz, ni Sun Tze, ni Liddell Hart deben revolverse en sus tumbas. Sucede que la guerra de Bono es una guerra de mentirijillas servida por una estrategia de trolas, que todo lo que dice sobre Afganistán es falso para que pueda pasar por verdadero lo que dice sobre Irak, que la doctrina militar de Bonosewitz se resume en seguir engañando a la opinión pública acerca de los riesgos de nuestras tropas en Afganistán para no reconocer que son los mismos de los que han desertado en Irak. En rigor, tal vez porque aún le queda algo de conciencia y se le escapa por las rendijas del embuste o porque no hay forma de tapar el sol con el dedo, cada cosa que dice Bono para defender nuestra presencia en Afganistán es una acusación por nuestra ausencia de Irak.
 
Si es por el enemigo, el mismo es. Si es por el peligro, no es menor. Si es por los aliados, los mismos son, con los USA a la cabeza. Si es por proteger un proceso electoral, eso es lo que hacían las tropas españolas en Irak, con más riesgo y mérito. Si es por el fútil mandato de la ONU, las dos misiones lo tienen, porque Zapatero y Bono mintieron al decir que tenían informes que aseguraban que el Consejo de Seguridad no iba a respaldar la presencia de tropas extranjeras en Irak, cuando lo hizo incluso antes del plazo que ZP había anunciado en las Cortes para retirar las nuestras. Todo mentira, todo trola, todo engañifa. Salvo cuando Bono dice que “si no nos hubiéramos retirado de Irak, estaríamos ante una situación grave”. No peor que Francia, nuestro espejo y aliado, nuestro modelo de traición a Occidente, pero sí que la situación sería grave. Para España, no; para el Gobierno del PSOE, sí. Porque se lo jugó todo, hasta la vergüenza, a la carta electoral del pacifismo demagógico, aunque no fue capaz más que de empatar las europeas. Y porque ahora se ve obligado a reinventar el arte de la guerra, afrentando a Clausewitz pero con la inspiración permanente de Gila y la Señorita Pepis. A cada cual, sus clásicos. En fin, que este verano del 2004, el primero de ZP en el Gobierno, termina como empezó: entre desatinos.

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