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Federico Jiménez Losantos

Brasil ante Colombia: la ceguera voluntaria

Federico Jiménez Losantos
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Una de las primeras actuaciones de Uribe ha sido la de poner en marcha acuerdos de cooperación militar con los países limítrofes para evitar que la guerrilla se instale fuera de su alcance si el Ejército colombiano empieza a ganar combates y priva a “Tirofijo” de “zonas de despeje” regaladas o “santuarios” impuestos por la fuerza.

Más por miedo que por vergüenza, Ecuador, Perú y –supuestamente– Venezuela han comenzado ya a desplegar soldados en sus zonas fronterizas. Perú, porque teme un enlace directo a través de la selva que reactive a Sendero Luminoso y al MRTA. Ecuador, porque teme que se instalen zonas de narcotráfico y secuestro dentro de sus fronteras, que es lo único que le falta. Y Venezuela... a saber qué está haciendo Venezuela. Probablemente los sectores militares partidarios y detractores del “Gorila Rojo” Chávez se dediquen a vigilarse a sí mismos mientras hacen como que vigilan la frontera colombiana. Si fueran en serio, tendrían que empezar a detener a los ministros y altos funcionarios del chavismo cómplices de las FARC. Pero Venezuela, mientras siga Chávez, es parte del problema colombiano, no de su solución.

Distinto es el caso de Brasil, el gigante suramericano con los pies de barro, que hasta ahora se ha limitado a mirar de lejos la inmensa sangría de sus vecinos colombianos. Como mucho, ha participado de lejos en los muchos saraos pacificadores montados por Pastrana, Annan, y otros desocupados en los últimos años. Pero la época de las claudicaciones del Estado en Colombia, disimuladas bajo la fanfarria de la Paz, han terminado. Y nadie puede volver a jugar el mismo papel de comparsa que antaño. Brasil, sin embargo, cree que sí.

En su columna del Nuevo Herald del 15 de Agosto, Andrés Oppenheimer detallaba los muchos desaires acumulados por Brasil en las últimas semanas, incluyendo una delegación de mínimo nivel en la toma de posesión de Uribe. Aunque Oppenheimer reclame un papel de pacificador para Brasil que uno no sabe qué puede pintar en esta Colombia, las hipótesis sobre la deserción brasileña de sus responsabilidades apuntan tanto al miedo de los militares a la entrada de las FARC en su territorio como a las dificultades de los diplomáticos para ejercer una mediación que supondría distanciarse de los USA, el aliado fundamental y casi único de Colombia, lo que sería inmediatamente rechazado por los colombianos. Pero hay dos datos que da Oppenheimer mucho más reveladores, a mi juicio, que las dobleces y excusas del los brasileños de uniforme o sin él: ninguno de los cuatro candidatos presidenciales se refiere a Colombia en sus programas, como si el narcotráfico y el secuestro fueran actividades que no pudieran afectar al Brasil y –lo más espeluznante– ninguno de los cuatro grandes periódicos y revistas brasileños tiene un corresponsal en exclusiva para Colombia. ¡Como si fuera Ruanda! ¡Como si cerrar los ojos a lo que pasa en sus fronteras evitase la extensión de la plaga!

Pero esa es la triste realidad: Brasil prefiere que los colombianos se maten sin verlos ni oírlos, como si se tratara de una guerra civil y no de un asalto totalitario al Estado, de la implantación del primer Estado narcoterrorista y comunista a cero kilómetros del territorio brasileño. Tal vez el izquierdismo patológico que aflige a buena parte de la clase política iberoamericana explique esta ceguera voluntaria. Pero además de una tara moral, resulta políticamente inútil. Si Colombia avanza en su guerra, los países limítrofes sólo tendrán una alternativa: albergar a “Tirofijo” y sus actividades o combatirlo sin reservas. Si no lo hacen, su futuro es el del Líbano con la OLP: sometimiento a la guerrilla, cascada de conflictos y trágica desaparición física en medio de un Apocalipsis de bolsillo. Cualquiera de los países limítrofes de Colombia puede sufrir parcial o totalmente ese destino, incluyendo Brasil. ¡Ah, Brasil: geográfica y económicamente tan grande, políticamente tan pequeño!

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