Menú

Federico Jiménez Losantos
0
¿A quién le sirve fingir que hay libertad donde no la hay? ¿Vale la pena jugarse la vida como si hubiera democracia en el País Vasco cuando la democracia es, para algunos políticos nacionalistas, un instrumento de eliminación del adversario español y para otros, los que no son nacionalistas, sólo un sueño, una entelequia, un deseo al que sacrifican su vida cotidiana, su vida profesional y familiar o simplemente su vida? La cuestión de fondo en la política vasca no es quién gana las elecciones sino cómo se puede hablar de elecciones cuando a la mitad de los elegidos se les asesina por el hecho de serlo, cuando medio parlamento, el que está en la oposición, lleva escolta y el otro medio, casualmente el que está en el Gobierno, no la lleva. Hay que agradecer a Javier Rojo que haya planteado esa cuestión con toda crudeza. Hay que esperar que el PP y, sobre todo, el PSOE, sepan aceptar el reto más dificil para algunos políticos que es el de reconocer la realidad.

Colombia es, efectivamente, lo más parecido al País Vasco y Navarra en materia de democracia municipal. Nada hay comparable en Europa. En Colombia, agentes del servicio secreto han sustituído a los alcaldes amenazados de muerte por las FARC y que han huído de sus municipios ante el anuncio de que los secuaces de Tirofijo asesinarán a todos los que puedan. Con estos criminales lleva negociando tres años el infame Pastrana. Con estos quiere acabar el candidato vencedor, Alvaro Uribe. Que ha ganado las elecciones reconociendo no la necesidad de paz a cualquier precio sino de ganar la guerra para conseguir la paz en libertad. Es posible que la libertad no llegue a Colombia o que tarde en llegar, pero no se negará que la lucha está clara.

En cambio, en el País Vasco, todo es confusión. Los terroristas se hacen las víctimas ante sus amenazados, los nacionalistas imputan a quienes persiguen que los acosados son ellos. ETA mata, el PNV administra el terror. El PP y el PSOE lo padecen. ¿Deben además fingir que no lo sienten? Como en Colombia, lo primero es reconocer la realidad, único camino para transformarla.

En Opinión