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Federico Jiménez Losantos

Cuanto peor para el PP, mejor para Gallardón

Federico Jiménez Losantos
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A Gallardón le pasa lo del escorpión del cuento, que debería incluir Ana Botella en la próxima edición de su antología. Recordémoslo.

Un escorpión trata de convencer a una rana para que le ayude a cruzar un
río, a lo que la rana responde:
-No, porque cuando estemos e mitad del río, me picarás con tu aguijón y me matarás.
-¿No ves que si te pico y te mato yo también me ahogaré? Anda, vamos a
pasar.
La rana se deja convencer, sube el escorpión sobre su espalda y, cuando
están a mitad del río, el escorpión le pica a la rana. El batracio, antes de hundirse, dice:
-¿Pero por qué me has picado? ¡Ahora tú también vas a morir!
-¡Está en mi naturaleza! –dice el escorpión. Y desaparece con la rana en el río.

Parece inscrito en la naturaleza de Gallardón o se ha convertido en una segunda naturaleza personal y en la primera política, traicionar a los suyos aunque los hunda y se hunda con ellos. Pero ese comportamiento tiene un diabólico mecanismo que el propio Aznar puso en marcha al promoverlo para candidato municipal en un inexplicable e inexplicado acto de pavor electoral: si Gallardón era el candidato ideal para una situación desesperada, sus posibilidades sucesorias pasaban precisamente por el desastre del PP. Si después de haber sobrevivido a la estrategia golpista del PSOE durante la crisis del “Prestige” y la guerra de Irak, el PP consigue incluso mantener la Comunidad de Madrid en unas elecciones repetidas, ¿para qué sirve Gallardón? Absolutamente para nada. Así que a su estilo traicionero de ayer se ha unido su interés político de hoy, que está en reforzar al PSOE y debilitar a los suyos. Lo que ha contado Raúl Heras no son revelaciones sino constataciones. Nada que no pudiera imaginar el que ha visto cómo se ha comportado Gallardón en la Asamblea de Madrid, marchándose junto al PSOE y dando políticamente la espalda a Esperanza Aguirre antes, durante y después del lío. O sea, todos o casi todos los madrileños.

Pero si Aznar no hubiera premiado la traición, o no la hubiera incluido en el capítulo de virtudes sucesorias, no la cultivaría Gallardón con tanto interés. Está en su naturaleza pero no estaría en su negocio. Así las cosas, cuanto peor le vaya al PP, mejor le irá Gallardón. O sea, que el esperpento, también en su rama popular, continuará.

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