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Federico Jiménez Losantos

Del Alvia al Ébola o cómo un Gobierno pierde la cabeza

Si Defensa ofreció un plan para hacerse cargo de todo, ¿por qué Rajoy eligió Sanidad que no tenía los medios y que carece de autoridad para usarlos?

Federico Jiménez Losantos
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Si Defensa ofreció un plan para hacerse cargo de todo, ¿por qué Rajoy eligió Sanidad que no tenía los medios y que carece de autoridad para usarlos?
Feijóo, Pastor, Rajoy y Mato

Hace poco más de un año, un terrible accidente en el tren Alvia de alta velocidad dejó a las puertas de Santiago de Compostela un montón de muertos y heridos, una imagen del accidente que recorrió todo el mundo justo al empezar la temporada veraniega y una incógnita sobre la capacidad del Gobierno para gestionar una crisis en la que, desde el tercer día, se debatió la responsabilidad personal del maquinista y a la de los políticos y técnicos que hicieron el trazado del Alvia y el calendario para inaugurarlo. Tal vez hacen falta tres días para que el carroñismo, la fiebre amarilla del periodismo, empiece a informar con seriedad sobre cualquier desastre.

Sin embargo, el año pasado, cuando el maquinista, casi a rastras de la investigación judicial, admitió finalmente su responsabilidad, es decir, su irresponsabilidad criminal por no conducir con la atención debida el tren, se había producido un fenómeno bien distinto al que hemos padecido en esta semana del Ébola. Apenas producido el accidente, cuando aún no se sabía nada sobre sus causas, pero estaban cubiertos por sábanas sus efectos, la ministra de Fomento, Ana Pastor, y el presidente de la Junta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo estaban ya en el lugar de los hechos, consolando personalmente a los supervivientes, a los familiares de muertos y heridos, atendiendo a la prensa, agradeciendo el comportamiento ejemplar de los vecinos y, en fin, haciendo lo que una sociedad civilizada debe hacer siempre: enterrar con el respeto debido a sus muertos. Tras la ministra y el presidente de la comunidad gallega llegaron el presidente del Gobierno y los príncipes de Asturias, en representación del Jefe del Estado. Y aunque las imágenes estéticamente inolvidables sean las del funeral en la Catedral, las que políticamente han quedado en nuestra retina son las de la ministra, a las dos de la mañana, junto a los vecinos que de forma tan espontánea y emocionante, brindaron su casa y su ayuda a las víctimas, y la de Núñez Feijóo que, contestando en la enésima rueda de prensa improvisada, no podía contener las lágrimas al explicar alguno de los datos que le llegaban. En esos tres días, ni Pastor ni Núñez Feijóo dormirían tres horas, pero nadie puso en duda que el Gobierno, al margen de futuras averiguaciones, había asumido en el acto y sin excusas la responsabilidad que le correspondía.

Esa es la gran diferencia entre el caso del Alvia y el del Ébola, que, en el peor de los casos, difícilmente alcanzará el número de víctimas del accidente ferroviario. En un caso, desde el principio, los políticos dieron la cara. En el otro, se han escondido entre las faldas de los técnicos o han desertado directamente de sus obligaciones, la primera de las cuales es la de informar a la opinión pública. Dicen que hay una Secretaría de Estado, -es decir, un viceministerio que vale por varios ministerios- de Información. Pero debe de ser un bulo, porque en una semana no ha aparecido en público un solo día ni ha dado una sola explicación. Ni sobre las víctimas, ni sobre la enfermedad, ni sobre las razones del Gobierno para elegir un hospital y no la unidad militar GQB especializada en guerra química y bacteriológica para atender a los enfermos, ni sobre los protocolos cambiantes, ni sobre los ministros eclipsados, ni sobre los medios desnortados, ni sobre los sindicatos asilvestrados, ni sobre nada de nada de nada de nada. Carmen Martínez Castro, antaño periodista, hoy enemiga jurada del periodismo independiente, será una eficaz comisaria política de tertulias y una agradable compañía para el presidente del Gobierno, pero como secretaria de Estado de Información sencillamente no existe. O no se atreve a existir.

¿Fueron los misioneros un regalo de Rajoy a Mato?

Es tan lamentable el estado del periodismo español bajo el rajoyato que ni cabe esperar explicaciones del Gobierno ni demasiadas preguntas de los medios tradicionales, atrapados entre la crisis económica y tecnológica, la dependencia de la publicidad institucional o parainstitucional y, al fondo, siempre, las concesiones de radio y televisión que Gobierno, autonomías y, en todo y sobre todo, los partidos políticos dan, niegan o quitan a su antojo. En cuanto a las publicaciones de internet, el medio más frágil pero menos controlable, Rajoy, Prisoraya y Carmen Porfavor fingen que no existen, salvo en el caso de Cebrián, que manda más que con Felipe González.

No obstante, aunque en cualquier democracia de verdad hay preguntas que sería obligado responder pero que aquí parece una ofensa formular, celebraremos el 12 de Octubre con una: ¿Por qué cambió el Gobierno el cauce militar, utilizado para la repatriación de los misioneros infectados, por el civil, pese a que la Comunidad de Madrid tiene un más que conflictivo historial hospitalario? ¿Por qué no seguir el tratamiento con los especialistas del Ejército en vez de entregar el caramelo político envenenado al Ministerio de Sanidad? Si, como asegura El Confidencial Digital, en la decisión tomaron parte los ministerios de Interior, Defensa y Sanidad, y si Defensa ofreció un plan completo para hacerse cargo de todo, ¿por qué Rajoy eligió Sanidad, que no tenía los medios necesarios y que carece de autoridad territorial para emplearlos?

Es difícil escapar a la sospecha de que la operación -legítima pero peligrosa- de repatriar a los misioneros se orquestó para mejorar la imagen de un Gobierno y un Ministerio de Sanidad no ya quemado sino calcinado desde hace dos años y un jaguar. Es inevitable pensar que Rajoy creyó regalarle a su amiga Ana Mato un caramelo político, sin prever que iba a convertirse en el caramelo más envenenado de la historia, en el filtro político más letal desde aquel aceite de colza adulterado que acabó con el Gobierno y la vida del gran partido de la derecha, por entonces UCD. Pero estamos dispuestos a admitir lo infundado de nuestras sospechas si nos explican, simplemente, en qué momento el Gobierno decidió sustraer la custodia de los enfermos de Ébola a los militares y entregarla a los civiles; cuándo y por qué Morenés confió la manzanita piadosa a Blancanieves Mato, con unos resultados políticos que aún pueden empeorar. Y mucho.

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