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Federico Jiménez Losantos

Derecho al Trono, ganarse la Corona

Federico Jiménez Losantos
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Con el reinado de Juan Carlos I ha arraigado en la opinión pública española una curiosa idea de la monarquía, híbrido de voluntariedad y destino, de meritocracia y aristocracia, que podría enunciarse así: el Rey tiene derecho natural al trono pero, además, la Corona tiene que ganársela mediante actos que acreditan su mérito personal. Don Juan Carlos habría reunido esos méritos y resumido esos avatares en su novelesca reinstauración de la monarquía, ausente de España desde 1931 hasta 1975, y rescatada por Franco a través de la Dictadura y consolidada por el rey a través de la Democracia. Conviene recordar algunos datos para entender cabalmente la compleja doctrina que sin duda ha calado hondo en la opinión nacional, de la que depende en última instancia la supervivencia de la institución.

Juan Carlos era, ha sido, el heredero de Juan de Borbón, legítimo sucesor de Alfonso XIII, destronado de forma irregular aunque irrevocablemente real por la II República en 1931. Pero, pese a su designación como príncipe de Asturias por el Rey en el exilio, tras haberse descartado por enfermedad a sus dos hermanos mayores, nunca llegó a reinar. Franco negó la restauración o vuelta de la monarquía pese a la identificación de Alfonso XIII y el propio don Juan con el bando nacional del 18 de Julio. Sin embargo, pactó con don Juan la educación de su primogénito en el seno del régimen franquista, con vistas a una posible solución híbrida de la institucionalidad anterior a la República y posterior a la Guerra Civil. Tras mucho tira y afloja, con toda la Familia Real bailando –qué remedio– al son que tocaba Franco, Juan Carlos fue designado “sucesor a título de Rey” del dictador. A su muerte, cuando ocupó el Trono, lo hizo, pues, según la estricta legalidad franquista, con la manifiesta oposición de su padre, que no renunció a sus derechos hasta que su hijo hubo concluido con éxito el cambio de régimen, sustentando la legitimidad histórica en una nueva legitimidad popular y democrática nacida de la Constitución monárquica y parlamentaria de 1978, votada por la inmensa mayoría del pueblo español. La renuncia de don Juan, repetida muchas veces tras su muerte por televisión, fue tensa, triste, con algo de heroico y mucho de desolado. “¡Majestad, por España, todo por España!” fue la frase con la terminó su amarga trayectoria política el hijo de rey y padre de rey que nunca fue Rey de España.

Pero es opinión general que Juan Carlos I, heredero del Trono por ser hijo de don Juan y también por voluntad de Franco y respaldo de su Régimen, se gana la Corona en la noche del 23 de febrero de 1981, cuando personalmente defiende y consigue mantener la nueva legalidad constitucional frente al intento de Golpe de Estado militar. No ha sido preciso –no sería deseable, pero no es impensable– que don Felipe repita la acción de su padre. Sin embargo, le ha tocado también sacrificar sus preferencias y relaciones personales a las obligaciones institucionales. No en el terreno político sino en el personal, no en lo público sino en lo privado, pero ¿hay algo realmente privado y personal en quien por su misma persona es institución? Seguramente, no. Por eso es llamativa la reacción prácticamente unánime de apoyo a la ruptura de su proyectado matrimonio –dejemos ya de hablar de “amistad” y “relación”– con Eva Sannum. Y también que los lectores de Libertad Digital –jóvenes, de nivel social medio-alto y nivel cultural alto, muy representativos de los sectores más dinámicos de la sociedad española y de la propia generación del Príncipe– consideren “sensata”, “triste”, “tardía” y “sorprendente”, por este orden, la ruptura del romance. Volveremos sobre este asunto, apasionante para los estudiosos de la historia de España y, por supuesto, para todos los ciudadanos españoles. De momento, constatemos que, en la opinión pública, el heredero del Trono ha empezado a ganarse realmente la Corona.


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