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Federico Jiménez Losantos

Discrepar no es ofender

Federico Jiménez Losantos
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Es absolutamente incomprensible la política de imagen del Gobierno en el área económica. Por mucho que Gescartera los tenga de los nervios, es un disparate la reyerta continua que el Ministerio de Economía mantiene con todo bicho viviente y pensante, empezando por el Banco de España. Lo de Folgado contra Caruana fue de aurora boreal y no sabemos, pero tememos, la que puede organizar ahora ese ministerio contra el Instituto de Estudios Económicos y la Asociación Española de Banca que, en uso de su libertad y de su criterio, se han permitido coincidir con el Banco de España, que tampoco es coincidir con Galbraith o con Joaquín Estefanía, dicho sea de paso. ¿Tan difícil es aceptar la discrepancia? ¿A estos extremos de obcecación e intolerancia intelectual lleva la mayoría absoluta? Pues sí. Es evidente que sí.

Al final, la discrepancia en el análisis, además de legítima, se reduce a si España va a crecer el doble que el resto de Europa o el triple. El ministro de Economía germano se daría con un canto en los dientes si a estas alturas el Bundesbank y los think tanks de la Patronal germana discutieran sobre unas previsiones de crecimiento arriba o abajo del 2,5%. Por otra parte, aunque eso no invalide las previsiones del Banco de España, de la AEB ni del IEE, es cierto que algunos datos como el de la EPA y el último IPC permiten mantener una expectativa algo más optimista que en los últimos meses, aunque no sean decisivos en el análisis de la tendencia. Pero el Gobierno, Rato, Montoro y Folgado incluidos, puede presumir de los mejores datos de Europa y de unas perspectivas algo más halagüeñas. ¿Por qué no lo hace, asumiendo que el crecimiento sobre el que ha establecido el Presupuesto podría, al menos podría, ser un poco menor?

Hay mil formas de aceptar la crítica y de superar una situación políticamente mala. ¿Por qué siendo relativamente buena, al menos en los números, el Gobierno es incapaz de hacerlo? Cuando tanto se miente en política, ¿qué le costaría mentirnos un poco sobre su verdadero carácter, que ya sabemos que es de una prepotencia insoportable? No pedimos que cambie, sólo que finja. Discrepar no es ofender y a la economía española le vendría bastante bien.

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