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Federico Jiménez Losantos

El alarmismo climático contra la propiedad privada (3): el cambio climático sólo funciona como miedo a lo desconocido

El alarmismo climático se ha convertido en los USA, cuna de todos los fenómenos neocomunistas, en un rasgo ideológico de la nueva izquierda.

El alarmismo climático se ha convertido en los USA, cuna de todos los fenómenos neocomunistas, en un rasgo ideológico de la nueva izquierda.
Greta Thunberg. | EFE

"Alrededor del año 2030, en diez años, 250 días y diez horas, estaremos en una posición en la que desencadenaremos una irreversible reacción en cadena más allá del control humano que probablemente conducirá al fin de nuestra civilización tal como la conocemos. ¡No quiero que tengas esperanza; quiero que entres en pánico!"

Así habló Greta Thumberg en Davos, en enero de 2019, a los políticos y millonarios allí sentados, que quizás se pusieron en pie para aplaudir a ese símbolo de lo que ella llama "cambio de nuestra civilización tal como la conocemos".

Lo es. Desde la "cruzada de los niños", que acabó en la muerte y cautiverio de decenas de miles de adolescentes camino de Jerusalén, nunca se ha prestado tanta atención a un mensaje tan emocional, contradictorio y estúpido. Pero en las películas de terror nada da más miedo que los niños, así que, para provocar pánico, la "Carrie" de las coletas estaba bien elegida.

Profetisas zumbadas y políticas irresponsables

Nadie reparó en la primera imprecisión con que la joven con TOC y sin el bachillerato terminado ornaba la precisión matemática de su profecía: "alrededor de…". Y con tal inseguridad, ¿se pueden asegurar las horas y minutos que nos quedan? Evidentemente, no. Pero una cría que se supone que representa al planeta en calidad de zombi, puede pasar en un segundo del "alrededor de" a precisar los días que nos quedan de civilización. Y al "alrededor" debemos añadir el "probablemente", que alguien puso para darle barniz científico a la profecía. Resultado: más imprecisión. Tampoco sabemos nada de la "reacción en cadena", ni de quien pierde "el control" sobre el clima, el factor más cambiante desde que la Tierra gira en torno al Sol y recibe de él toda su energía. ¿Pero qué sabe Greta del Sol salvo que perjudica a la piel? ¿Qué sabe de las "manchas" y cómo afectan al clima, según las tesis de Svensmark? ¡Pero si no ha terminado el bachillerato!

Da igual. Greta está para producir miedo, no cautela fundada en el conocimiento científico. Cuanto más grite y escupa al auditorio, mejor. En la UNESCO, que le daba un millón de dólares, gritó: "¡cómo os atrevéis!". Y, en efecto, cabe preguntarse: ¿cómo se atreven a darle ese dineral? ¿No hay en África poblados sin agua corriente ni vacunas que lo precisen más?

El miedo a lo desconocido, porque no hay nada menos cognoscible que el clima en términos seguros, es la única herramienta de que disponen los políticos sin escrúpulos para posar de salvadores del planeta. Y la usan, vaya si la usan. Una versión política de Greta es Alexandra Ocasio-Cortez, congresista por el partido Demócrata de 29 años, que dijo en defensa de su Green New Deal: "el mundo va a terminarse en doce años si no abordamos el cambio climático ¡y ustedes preguntan cómo lo vamos a pagar! ¿Cosas de juventud? ¡Ojalá! Biden le lleva medio siglo y es igual de irresponsable.

Pero ¿qué es, según la ciencia, el cambio climático?

El cambio climático es difícil de entender en términos científicos. Sobre todo, porque, digan lo que digan los medios, que son los grandes responsables del alarmismo climático por sectarismo ideológico, por su negocio de "vender miedo" y la búsqueda de clicks y trending topics, no hay un consenso científico absoluto sobre el CO2 producido por los seres humanos y su efecto en la atmosfera. Si reputados mentirosos como Al Gore, Obama y Pedro Sánchez lo aseguran, dese por hecho que es mentira.

El nivel del mar, que nos dicen que va a anegar la Tierra, ha subido menos de dos centímetros en el último siglo; exactamente 1’9 cm. En el peor de los casos, en 2100, subiría dos centímetros más. La adaptación del ser humano a cambios mucho más drásticos y sin la capacidad tecnológica de hoy está archiprobada. La última época cálida fue hace seiscientos años. Y no les fue nada mal a las cosechas. Se perdieron cultivos en algunas zonas, que compensaron otros cultivos y zonas ahora propicias. Los mapas tramposos de los medios sobre las tierras que se perderán ante el mar son, en su mayoría tierras ganadas al océano, desde los Países Bajos al Mekong. Pero si se publica que en 2100 el mar tal vez subirá dos centímetros, ¿quién leerá la noticia? ¿Quién entrará en pánico? Hay que extrapolar y disparatar.

El alarmismo climático se ha convertido en los USA, cuna de todos los fenómenos neocomunistas, desde la ideología de género al indigenismo, en un rasgo ideológico de la nueva izquierda. El efecto es que, en el votante conservador, que lo era también del medio ambiente, se ha producido un rechazo radical a todas las noticias y propuestas políticas al respecto. Como sucede en España, el ecologismo preocupa a la izquierda tanto como irrita a la derecha, hasta el punto de hacer imposible un consenso medioambiental.

Una razón de esa ruptura, amén del rechazo a Greta y compañía, es que el fanatismo de la lucha contra el cambio climático se ha desligado de la protección del medio ambiente y la lucha por la salubridad en los países pobres, que está ligada al medio actual, no al del futuro. La mitad de las muertes por contaminación se producen por falta de higiene dentro de los hogares. Mueren siete veces más personas en el mundo de frío que de calor, por falta de calor en las casas. Pero eso no es noticia. La muerte por golpe de calor, sí. Y ya se encargarán los medios de ligarla al cambio climático.

Aparentemente, nada tiene que ver el aumento de una milésima de grado al año en la temperatura del planeta, que es lo científicamente real e indiscutido, con el golpe de calor en una obra o en un hogar. Da igual: la prensa se encargará de asociarlos. ¿Más calor? El cambio climático. ¿Más frío? El cambio climático. Si el efecto invernadero del CO2 calienta la atmósfera, ¿cómo puede provocar frío? Un presentador de TV lo aclaró ante el volcán de La Palma: "entre todos, estamos volviendo loco al planeta". Sesenta años antes, en la última erupción, ¿qué hicieron, sin coches ni gases, para volverlo tarumba? Entonces -dirán- la actividad del volcán era normal, no como ahora. Y la culpa es del desarrollo capitalista.

El desarrollo capitalista mejora el medio ambiente

Sucede que el crecimiento económico, hijo del desarrollo capitalista, es el que, en España como en todo el mundo, ha mejorado radicalmente la higiene, la salubridad y la expectativa de vida. Ha acabado con los focos de contaminación en chozas y casas, antes unidas a los establos, ha llevado el agua corriente y las alcantarillas a los pueblos, y aunque sigue provocando contaminación al consumir combustibles fósiles, ya no son excrementos de vaca o maleza de la selva, sino electricidad. Por la experiencia en todo el mundo desde la Revolución Industrial, hay que lograr un equilibrio entre desarrollo económico y medio ambiente, que es lo que conviene a todos. Pero un equilibrio de ese tipo es incompatible con el apocalipsis climático. Si vamos a morir, ¿para qué mejorar? Sólo los pobres no están de acuerdo.

Los ricos, sí, porque el ecologismo es superstición de países ricos. Los países pobres y los más poblados, como China e India, no cumplen ni piensan cumplir los acuerdos sobre el clima. Y si la gran mayoría de los habitantes del planeta no cumplen ese proyecto disparatado de suprimir la mitad del CO2 que vierten los humanos a la atmósfera, ¿por qué imponer a la economía de la UE y los USA, que dicen que cumplirán, aunque no lo pueden hacer, un acuerdo como el de París que arruina a sus habitantes?

Aunque las cifras de esa ruina las tratamos en otro capítulo de esta serie, ¿cómo pudo Biden, al llegar al poder, anunciar un gasto público para combatir el cambio climático de dos billones de dólares, 500.000 millones anuales? Y todo para lograr una disminución de cuatro centígrados en la temperatura del planeta en 2100, y sólo en el caso de que se mantuviera ese ritmo de gasto hasta entonces, que es imposible. Evidentemente, porque los medios de comunicación han inducido tal pánico, tal régimen de terror en la opinión pública, que un político puede predicar la ruina sin perder votos.

El origen alemán del alarmismo climático

El primer alarmista climático fue Noé. Es lógico, pues, que fuera en la tierra de Lutero, artillero de la Biblia, donde apareció la primera revista que proclamó en portada "Die klima-katastrophe" (Der Spiegel, 1/8/1986), con la catedral de Colonia semihundida en un inmenso lago gris. Era una apelación sutil a ese episodio bíblico al que dedico capítulo aparte, porque el "diluvismo" me parece el antecedente directo del ecologismo actual.

Veo esa portada en La verdad sobre el cambio climático (2022) breve libro de Alejandro Kaiser, autoeditado, que prueba la diferencia de medios de los calentólogos y sus adversarios, y que salvo el capítulo de Sajarov, un delirio soviético inducido, tiene muchísimos datos de interés. Otro caso aún más meritorio de autoedición, con argumentos y datos tan copiosos como irrebatibles, pero de anticomercial formato, es el de Hugo Rubio Cambio climático. ¿Hecho o fraude? (2021). Los encontré en Amazon, por casualidad, mientras veía, horrorizado, la enorme cantidad de libros para niños, perfectamente editados, sobre el cambio climático, un caso de adoctrinamiento criminal que desemboca en la niña que, cartel al cuello, dice al transeúnte: "Tú, no, pero yo moriré del cambio climático". ¿Cuántas mentes tiernas anda pudriendo ya esta propaganda neocomunista?

El alarmismo climático tiene un defecto: sus profecías han fracasado siempre. A cambio, tiene una virtud: la gente está deseando ser convencida de que el fin del mundo se acerca para todos. Y si además se le puede echar la culpa a alguien, en este caso al desarrollo capitalista, el ancestral pecado de avaricia, mejor. Junto a la portada de Der Spiegel, Kaiser trae esta de Bild: "Informe climático secreto: ¡Sólo nos quedan 13 años para salvar la tierra!" (p. 81). Antes de nacer Greta, su espíritu flotaba sobre el Rin. Y más Bild:

"¡Impactante informe sobre el clima mundial!¡Nuestro planeta se está muriendo! Ya es oficial: ¡La Tierra está cada vez más caliente! La peor concentración de dióxido de carbono en 650.000 años. Olas de calor y catástrofes meteorológicas cada vez más frecuentes. El nivel del mar está subiendo dramáticamente. Kiel, Hamburgo y Rostock en peligro. ¡Y el ser humano es el responsable de todo! (op. cit. p. 82)

Todas las frases de Bild, que tiene millones de lectores, son falsas, pero ¿no se parecen a las que a diario vemos en la prensa o la televisión? A los medios, por otra parte, les da igual llevar a portada un cataclismo o su contrario. Kaiser recata tres portadas de Time en los años 70 (p.85) sobre el enfriamiento global y otras tres de hoy sobre el calentamiento global (p.86). Infinidad de libros en los últimos setenta años nos han alertado sobre la desertización, luego sobre las inundaciones, y ahora sobre ambas cosas. El caso es vender, y nada vende como una mala noticia con vitola científica.

El miedo es libre, suele decirse. En realidad, nadie está libre de tener miedo. Pero nada suscita hoy temor más fundado que el cambio climático como arma de los liberticidas, desde Sánchez a los Kirchner y Maduro. Si, para empezar, las empresas del Ibex 35, a las que, tras verlas genuflexas y rendidas, culpa Fráudez de la subida de precios, dejaran de financiar la propaganda climática y de género, daríamos por bien empleado el verano.

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