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Federico Jiménez Losantos

El añito de un sagastita

Federico Jiménez Losantos
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Fuimos los primeros en señalarlo en Libertad Digital: "Aznar busca su Sagasta". Pero también remarcamos que una cosa es la vocación canovista, la fantasía de fundar un régimen fabricando una oposición a la altura del Gobierno, y otra muy distinta la regeneración de unas instituciones en sí mismas democráticas, garantizadoras de la alternancia, pero gravísimamente dañadas por el felipismo polanquista o viceversa, y amenazadas siempre por el terrorismo y el chantaje político de los nacionalismos separatistas. La alternativa no es lo mismo que el turno, ni puede serlo. Las elecciones en el canovismo no las convocaba y controlaba el gobierno saliente sino el entrante, recién llamado por la Corona para reemplazar al Gobierno anterior. Así, tras formar gabinete, el nuevo Presidente extraía de las urnas una mayoría confortable que le permitiera abordar los problemas nacionales según sus planes.

Aznar pensó en un Sagasta que le ahorrase (a él y a España) la ominosa supervivencia política de Felipe González. Creyó encontrarlo en Zapatero, “el hombre sin atributos”: ni ideología, ni trayectoria política, ni experiencia de gobierno, ni siquiera costumbre parlamentaria. Pocas veces habrá pasado inédito tantos años un diputado luego llamado a tan grandes responsabilidades. Pero Zapatero no llegó por casualidad, aunque sí por sorpresa, a ocupar el sitio de Bono. González y Maragall, con lo que cada uno de ellos trae consigo, han sido los apoyos pero también los lastres de Zapatero, su garantía de supervivencia y su hipoteca permanente. Zapatero no ha hecho hasta ahora más que gestos, aunque hayan sido muchos. Pero salvo el Pacto Antiterrorista --que para ser eficaz precisaría de una definición nacional del PSOE-- ninguno de ellos se ha traducido realmente en política.

Lo más importante y sin duda lo más grave de este añito de zapaterismo, es decir, del Sagastita de este pseudocanovismo, es que, como en un primer momento quería Aznar, ha renunciado a la alternativa a cambio del turno, ha abdicado de sus obligaciones como oposición a cambio de sus posibilidades como sucesor. El resultado es un alarmante debilitamiento de los mecanismos de control al Gobierno --convertidos en simple algarabía parlamentaria, teledirigida informativamente por Polanco-- y una volatilización organizativa del PSOE como alternativa realmente nacional al PP. Zapatero sólo resulta reconfortante si se mira al pasado. Al que podría ocupar su sitio y a lo que podría haber en su lugar. Si se mira al futuro, es deprimente comprobar su carencia de ideas, su orfandad de programas y la forma en que pretende llegar a la Moncloa: por aburrimiento o incomparecencia del adversario. ¡Y sólo lleva un año! Tres o cuatro años así tal vez pueda soportarlos un culiparlante bien entrenado. A una nación asediada, a una democracia en apuros --como la española en 2001-- le resultará mucho más difícil.

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