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Federico Jiménez Losantos
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La gran manifestación celebrada en San Sebastián en la tarde del sábado contra el terrorismo etarra y, lo que es más novedoso, importante y significativo, a favor de la Constitución Española y el Estatuto de Autonomía que de ella deriva, ha tenido en Fernando Savater su figura más meritoria y llamativa. También la más interesante desde el punto de vista ideológico, porque el filósofo, profesor, ensayista y, lo que es más importante, brillante articulista político en “El País” se convirtió en un elemento de identificación clave en la convocatoria de “Basta ya” y, de alguna forma o de muchas maneras, simboliza la incorporación a la lucha antiterrorista real -es decir, sin retroceder en la condena al nacionalismo cómplice del terrorismo- de una Izquierda que hasta ahora -o hasta hace muy poco -y es ahora cuando empieza a notarse el cambio- ha sido absolutamente incapaz de superar sus complejos y querencias antifranquistas, incluyendo la que asociaba a ETA a las fuerzas que luchaban contra la Dictadura –para esta izquierda la Dictadura es, por definición, sólo una, la de Franco y cualquiera que se le parezca- y no, como sucedía en realidad, para implantar su propia dictadura, infinitamente peor que la que, al cabo, fue resultado de una guerra civil entre españoles y no el fruto consciente de un proyecto previo racista y totalitario, como el que hermana en Estella a todos los nacionalistas con Izquierda Unida, símbolo de esa fidelidad al pasado mítico por encima de toda la sangre del presente real.

Pero si el valor personal y el discurso político de Savater son absolutamente encomiables, la puesta en escena de esta manifestación y de otras anteriores por parte de la Izquierda resulta mucho más chirriante, manipuladora y preocupante. Es decididamente chirriante que se siga presentando la lucha contra ETA como una continuación natural y aparentemente ininterumpida de la lucha antifranquista –con Raimon, Labordeta y hasta Elías Querejeta como símbolos movilizadores- cuando ha sido precisamente el antifranquismo lo que ha impedido hasta la fecha que la Izquierda española considere a la derecha en pie de igualdad democrático y se enfrente a ETA y al nacionalismo como dos partes de un mismo ariete contra España y las libertades. Es el antifranquismo como ideología o vivencia ideológica lo que ha hecho que el PSOE abandone la idea de España y, con ella, el “ámbito español de decisión” para cualquier iniciativa institucional y política. También lo que ha hecho que Izquierda Unida haya preferido finalmente el concepto estalinista de “autodeterminación”, uniéndose a ETA y el PNV en Estella- al de España y al de Constitución Española.

Es profundamente manipulador que esta movilización contra el terrorismo, con un elemento básico de continuidad, el simbolizado por las víctimas y la resistencia cívica, y otro de renovación, el de los que recientemente se han unido a ellos por su identificación con lo que significa Savater. sea capitalizada no por una persona –y menos por una persona que se la juega, como Savater, aunque no es la única- sino por un grupo sociopolítico e ideológico que podríamos identificar con un triángulo o, para evitar la notación masónica, con un trípode: “El País” como referencia, el PSOE como organización y la izquierda como instalación. Podríamos decir que ese amplio, importante y, sobre todo, influyente grupo social es incapaz de actuar sin sectarismo. Por sectarismo han sido proetarras o han disimulado ante el terrorismo y han legitimado el nacionalismo durante más de veinte años. Y ahora, por sectarismo, quieren hacer como si siempre hubieran estado donde, hasta ahora, han brillado por su ausencia.

En fin, resulta preocupante que sin la menor reflexión en serio sobre su responsabilidad en el mantenimiento del terrorismo y la canonización del nacionalismo, esta Izquierda Inconsútil crea que basta el “efecto Savater” para encabezar la defensa moral y política de la sociedad española contra el terrorismo, como si el resto de la clase política e intelectual hubiera esperado a esta pirueta para hacer lo que debía o como si el PSOE y “El País” no siguieran jugando todavía y al mismo tiempo a la carta del PNV y hasta del diálogo con ETA frente al PP, como en la misma mañana del sábado mostraba Felipe González denunciando la “satanización” del PNV, como muestra Maragall prefiriendo siempre el nacionalismo –catalán, vasco y el que sea- a la colaboración con el PP y a la idea de España, o como muestra esa pléyade de publicistas que desde Haro Tecglen y Vázquez Montalbán hasta Tusell y Herero de Miñón gozan de la hospitalidad de Jesús de Polanco –ejemplo extraordinario de antifranquismo sobrevenido- y siguen siendo tan definidores de su política como puedan serlo el propio Savater o Jon Juaristi, acaso más. Toda manifestación es una representación y nada hay que oponer a que el papel principal en la magnífica del sábado lo haya representado con la brillantez que en él es habitual Fernando Savater. Pero entre una representación política y la política como teatro hay una diferencia esencial, moral, intelectual. Y entre el teatro y el baile de disfraces, cuando de política nacional se trata, hay diferencias dramáticas.

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