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Federico Jiménez Losantos

El futuro ya está aquí

Lo más curioso, quizás, de esta buena novela es ver cómo se construye el personaje clave de la serie, la policía experta en desapariciones, a cuyo alrededor, y a diferencia de la Scarpetta de Cornwell, nunca queda nadie

Federico Jiménez Losantos
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Si hay un personaje llamado a la popularidad en el cine o en la televisión, ése es el de Sarah Priebek, la detective de Minnesota creada por Jodi Compton en su primera novela, “La hora 37” (Ed Roca, 2004). Pero el gran problema de los personajes de serie es el vigor, la profundidad y la riqueza de matices que el autor, en este caso la autora, sepa conferirles. Por eso, tras su irrupción triunfal en el género, se esperaba su segunda novela como se espera al torero modesto en Las Ventas después de salir por la puerta grande: con restos de la simpatía antigua pero también con un acusado sentido crítico. Nos ha gustado la novedad —se dice el lector o el espectador—, veamos la calidad.
 
Síntoma del interés suscitado por la autora es que la versión original en inglés estaba anunciada para marzo de 2005 y en este mismo mes acaba de salir la traducción al español, también en Roca Editorial. Traducción al español, he dicho, cosa que viniendo de una editorial barcelonesa empieza a rozar lo milagroso. Pero, ay, traducción que no afecta al título: “Sympathy between humans” se convierte, no sabemos por qué, en “Indicio de culpa”. ¿Por qué no “Simpatía por las sombras”, en plan rollingstoniano (“Sympathy for the devil”), o “Entre sombras”, “Entre humanos y sombras” o, “Vidas sombrías”, como el primer Baroja?
 
¿Y por qué a mí me da por las sombras si tampoco aparece en el título original? Pues porque esa podría ser la metáfora de la originalidad de Compton. Sarah Priebek es una paseante en sombras, una indagadora del lado sombrío de las vidas corrientes, una de tantas personas que al levantarse una mañana puede encontrase en el espejo no con su imagen sino con una sombra, acaso la suya. Y con la historia de su desaparición, que es la tarea profesional de la detective Priebek: averiguar qué historia hay detrás de la desaparición de una persona, de la angustia de sus familiares o amigos y de la indiferencia de todos los demás, para tratar de encontrarla, a ser posible con vida.
 
Naturalmente, en la investigación, como siempre en el género de la novela de crímenes, se descubren secretos sórdidos, hay sorpresas sobre los buenos y los malos, pocos buenos vivos suelen quedar al final, y sólo el triunfo de la verdad, a veces al precio de más vidas, redime la tristeza de constatar, una y mil veces, la flaqueza de la condición humana. Incluida, claro está, la del policía, ese héroe que se volvió antihéroe hace muchos años para poder seguir siendo alguien en quien confiar. O sea, la policía.
 
En su primera novela, a la detective Priebek le desaparecía su marido Shilo, que en esta última sigue en la cárcel por lo sucedido, y también perdía a su compañera y mentora Geneviéve, cuya hija era asesinada. Al empezar esta segunda novela “Indicio de culpa” hay un par de páginas referidas a la primera, en clave onírica, que el lector puede saltarse, porque luego no desembocan en nada, al menos en esta novela. Pero eso no afecta a lo sustancial: la acción, en situaciones casi siempre típicas del género. Aunque Compton, que vive en California y ha sido o es periodista pero no dice palabra sobre su vida privada, confiesa en la única entrevista que he encontrado en Internet que su ídolo es Thomas Harris (“Black Sunday”, “Red Dragon”), a mí me recuerda cosas del gran Chester Himes (“Por amor a Imabelle”) o de los modernos Michael Connelly o Ian Rankin: una cierta desolación urbana, demasiado urbana, por la que circulan los ángeles de Kerouac manchados de hollín.
 
Lo más curioso, quizás, de esta buena novela es ver cómo se construye el personaje clave de la serie, la policía experta en desapariciones, a cuyo alrededor, y a diferencia de la Scarpetta de Cornwell, nunca queda nadie. Ni un amigo, ni un amante, ni un compañero del que se pueda fiar: nadie. No es menos corriente el recurso de que la heroína se meta en problemas que podía haber evitado perfectamente, como todas las rubias o morenas, listas-pero-tontas, perseguidas en todas las películas de miedo, intriga o terror. En esta novela, la autora llega al límite de lo razonable, pero se queda ahí.
 
También la salva que no se deleite, ni siquiera se detenga en las escenas de sexo. Las de Priebek con Cicero, por ejemplo, habrían ocupado quince páginas ardientes, conmovedoras, orgásmico-apocalípticas en una de las aventuras de la detective privada Kinsey Millhone, heroína de Sue Grafton, y aquí se resuelven en quince líneas. Qué digo quince: cinco y gracias. Pero eso sí: muy femeninas y muy policiales, que es lo que posiblemente buscamos. Para lo otro, ya está "Cosmopolitan".
 
Gracias a ese y otros inteligentes recursos literarios, el personaje de Sarah Priebek sigue haciéndose en esta segunda novela más sombrío, más atractivo, más impredecible, más digno de interés. Nos quedamos esperando saber más de ella y de su ello con su él. O sea, la tercera novela. Como decía una canción de Radio Futura: el futuro ya está aquí. Tiene muchos nombres, pero entre ellos, sin duda, está el de Jodi Compton.

Director de Es la Mañana de Federico.

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