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Federico Jiménez Losantos

El Gobierno perjudica a todos

Federico Jiménez Losantos
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Si alguna vez fue cierto el latiguillo del PSOE de que el Gobierno Aznar hacía la política económica "para sus amigos", con la fusión Endesa-Iberdrola ha dejado de serlo, y de forma radical. No se trata ya de que con el célebre catálogo de condiciones se haya abstenido de favorecer a los "amigos"; es que a este paso no le va a quedar ninguno. Y tampoco es fácil que tan virtuosa soledad se compense con la gratitud del pueblo llano, o sea, del consumidor, porque como la competencia por decreto no deja de ser una fantasía intervencionista, por mucho que se disfrace de liberalismo, y como al final todo depende de las empresas reales, no de los subsecretarios, si el porvenir de Endesa-Iberdrola sigue oscureciéndose, el porvenir del mercado eléctrico se tornará sencillamente tenebroso.

Perjudicado queda Oriol al frente de Iberdrola, porque en buena lógica y si no supusiera el suicidio profesional y dejar la empresa a merced de la primera opa, lo normal es que abandonara la fusión. Perjudicado en segunda instancia queda Martín Villa por Endesa, porque lo suyo no es tan grave como lo de Oriol, pero resulta igualmente difícil de defender ante los accionistas. Esencialmente, por lo de los CTC, que nunca estuvo al parecer sobre la mesa de negociaciones y que descabala todos los beneficios financieros que pudieran imaginarse. Don Rodolfo es otro que, si tuviera veinte años menos, dejaba la fusión para el milenio que viene.

Perjudicada también queda Hidrocantábrico, porque, a consecuencia del rigor condicional en lo de Endesa, se han cargado su matrimonio portugués, que le aseguraba una vida plácida y cómoda en su relativa modestia. Y, si no perjudicado, a la intemperie queda Reinoso en Unión Fenosa, porque las desinversiones pueden no ser precisamente chollos y porque la opa que se ahorre Iberdrola le puede caer encima en cualquier momento. Las cuentas de la lechera, de momento, no salen. Y todo el sector eléctrico tiene garantizado un futuro de confusión y convulsión.

Pero tampoco la venganza de Repsol-Gas Natural, salvo en la particular satisfacción del frustrado Alfonso Cortina, le acarrea beneficios objetivos, sino más bien perjuicios a medio plazo. No es creíble que pueda retomar la opa sobre Iberdrola, no tiene dinero para emprender la creación de un pequeño imperio eléctrico adosado y complementario del gasístico, no son buenas las noticias sobre la seguridad en el suministro de ese sector y además el Gobierno va a tener que emprender en el sector del gas otra operación de troceamiento similar a la del sectro eléctrico. Porque eso sí que es un monopolio y no lo de Endesa-Iberdrola, que va a quedar convertido en minipolio o en el viaje a ninguna parte.

Tampoco el BBVA, que tendrá que optar de una vez en el sector de las telecomunicaciones, Telefónica o Endesa, que no puede disfrutar de la venganza de Ibarra porque no puede o no quiere pelearse con el Gobierno y que deberá explicarse ante los accionistas, tiene motivos de satisfacción. Y "La Caixa" y Cajamadrid, por si acaso, tampoco. Después de lo del Gobierno el pasado viernes, aquí nadie está a salvo.

Por supuesto, desairado queda también el Tribunal de Defensa de la Competencia, utilizado pero no obedecido. Y aunque parezca que el Gobierno es el único que sale ganando, porque cancela el problema de los CTC aprovechando la fusión, no está nada claro que con este panorama vaya a bajar de verdad el recibo de la luz. Y se ha cerrado ya tantas puertas en Hidrocantábrico, nacionales y extranjeras, privadas y públicas, que no se sabe de dónde va a sacar novios aventureros para esposar a novias con las desinversiones como única dote.

En el terreno de la imagen y de los principios, el Gobierno, en fin, ha quedado aparentemente bien, porque en rigor no ha beneficiado a nadie. Pero entre eso y perjudicar a todos hay una diferencia. Que acabaremos pagando. Y otro motivo para la reflexión: el PNV está encantado. Algo habrá hecho mal Aznar, podríamos decir. Pero como eso sería negar el naciente dogma de la infalibilidad presidencial, nos limitaremos a constatar que algo ("y aún algos", decía Cervantes) ha hecho mal, pero que muy mal, Rodrigo Rato.

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