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Federico Jiménez Losantos

El PNV, entre la ETA y el INEM

Federico Jiménez Losantos
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Se ha comparado muchas veces a Arzallus con el Hombre Lobo, un "lobishome" de fin de semana al que, suelto en la campa y delante de un auditorio fanático, le crecen los colmillos, se le inyectan los ojos en sangre, eleva el mentón al cielo como si estuviera la luna y emite unos sonidos entre la palabra y el aullido que caldean a los de cerca y espantan a los demás. Otros usan para él la malévola definición de los carlistas que acuñaron los liberales hace siglo y medio, en tiempos del primer cerco de Bilbao: “animal de cresta roja que tras merodear por alguna iglesia baja de la montaña y ataca al hombre”. Ayer, sin embargo, encaramado al podio de la campa del “Alderdi Eguna”, Arzallus recordaba lo que Unamuno llamaba el “cerebro cojonudo”, porque en lo testicular residía finalmente todo su argumentario político y moral. “El verdadero vasco, cuando le atacan, se crece; y el que se arrugue, que se dé de baja”, dijo ayer este aizkolari de la ética. Hace una semana decía que llevar pistola, entiéndase asesinar, estaba más en el “carácter” de los vascos que en el de los catalanes. La política de Arzallus está abonada a la orquitis permanente.

Pero “dime de qué presumes y te diré de lo que careces”. Tal vez las apelaciones testiculares son tan frecuentes en la dialéctica nacionalista por lo mucho que, metafóricamente, ascienden las gónadas hasta la altura teórica del gaznate cuando alguien está muerto de miedo. Y Arzallus es tan cómplice como huésped del terror. En un país sometido al miedo a la hora de hablar, actuar y hasta pensar, estas manifestaciones del unamuniano “cerebro cojonudo” aplicado al nacionalismo vasco, a lo mejor no son una sátira sino la descripción de un trágico desorden muscular.

Arzallus posee también en grado sumo esa vanidad infantil nunca satisfecha del todo, patológicamente insegura y que, para compensar la fragilidad íntima, hace alardes de matonismo callejero. Así vadea su inseguridad de cura sin hábitos, de profesor sin discípulos, de estadista sin Estado, de político sin política y de profeta sin futuro. Como los niños, grita para defenderse de la oscuridad y ahuyentar el miedo. Pero ni puede espantar el terror que le produce ETA desde que se convirtió en su rehén –poniendo su vida en manos de la banda para lo que a ésta le convenga- ni puede evitar la angustia del que, obligado a jubilarse políticamente, se encuentra presidiendo además una amplísima cofradía de cesantes, Ibarreche el primero. Entre Estella y el INEM, entre la ETA y el paro, la situación de Don Xavier es patética. Si lo mereciera, lo compadeceríamos

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