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Federico Jiménez Losantos

En tierra de Jovellanos, patriota español

No aceptaba la supresión de los derechos sagrados, imprescriptibles, de la nación española a regirse por sí misma.

Federico Jiménez Losantos
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Anteayer, al asomarme al patio de butacas del Teatro Jovellanos de Gijón, donde centenares de oyentes de esRadio y lectores de Libertad Digital nos acogieron tan generosamente, llevaba en la mano las Memorias de su paisano y amigo Ceán Bermúdez "Para Don Gaspar Melchor María de Jove Llanos" y un viejo ejemplar de Los Nuestros donde hace ya quince años publiqué un ensayo sobre el prócer asturiano con el título El español por excelencia. Y al leer este párrafo quise rendir homenaje al hombre cuya azacanada peripecia política y atroces padecimientos personales resumen lo mejor del patriotismo español:

La idea fundamental de Jovellanos era la de conciliar los principios del liberalismo moderno, tanto en lo político como en lo económico, con lo que él llamaba «la Constitución histórica de España». Es decir, que para el prócer asturiano España no era una nación que desconociera la libertad, ni que hubiera dejado nunca de luchar por ella en su larga y azarosa historia sino que esa libertad no estaba delimitada claramente en una Constitución sino que latía en las muchas instituciones que, a lo largo de los siglos, habían creado precisamente la nación. Desde el Derecho Romano a los fueros medievales, desde la lucha de los comuneros contra Carlos I a la de los aragoneses contra Felipe II en defensa de sus libertades, pasando por los decretos de Nueva Planta que Felipe V introdujo para igualar a sus súbditos y abrir a todos el camino de América, Jovellanos veía una continuidad no sólo histórica, sino de orden moral. En ese sentido, es quizás el primer liberal moderno de nuestra historia, puesto que la nación es para él mucho más que un grupo humano o que una historia común: debe ser un proyecto ético en el que el individuo quede protegido y no tutelado por el Estado, donde la libertad sea la norma básica de la actividad pública y donde lo privado sea casi sinónimo de sagrado.

La ruina política de nuestro Estado y la necesidad imperiosa de revivir la idea nacional española no pueden acogerse a mejor sombra que la de Jovellanos y así lo aplaudieron sus paisanos. Pero, si yo no padeciera la manía didáctica -hija de mi madre, nieta de mi abuelo y que morirá conmigo- me habría limitado, como hizo poco después Andrés Amorós, a citar una frase de don Gaspar que él extrae del resumen de sus Diarios hecho por Julián Marías y que puede leerse también en la extensa biografía de Jovellanos de Gaspar Gómez de la Serna y la breve de Fernández Álvarez. Es la famosa carta a Cabarrús en la que explica por qué no será ministro de José Bonaparte:

España no lidia por los Borbones ni por Fernando; lidia por sus propios derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes a toda familia o dinastía. España lidia por su religión por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos; en una palabra: por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos.

La Constitución de Cádiz, por la que tanto luchó Jovellanos y cuya proclamación no alcanzó a ver, lo resumió magníficamente es este artículo:

La Nación española es libre e independiente y no puede ser propiedad de ninguna familia ni persona.

Que es lo que en su carta seguía Jovellanos explicando a Cabarrús:

España juró reconocer a Fernando de Borbón; España le reconoce y reconocerá por su rey mientras respire; pero si la fuerza le detiene, o si la priva de príncipe, ¿no sabrá buscar otro que la gobierne? Y cuando tema que la ambición o la flaqueza de un rey la exponga a males tamaños como los que ahora sufre, ¿no sabrá vivir sin rey y gobernarse por ella misma?

Este patriotismo que, a fuer de nacional, va más allá de la Corona o la República, y que le lleva a rechazar un puesto ministerial en el Poder que se había enseñoreado ya de casi toda España, lo explica así en carta a su amigo Mazarredo:

La causa de mi país, como la de otras provincias, puede ser temeraria, pero es, a lo menos, honrada; y nunca puede estar bien a un hombre que ha sufrido tanto por conservar su opinión, arriesgarla tan abiertamente cuando se va acercando el término de su vida.

Precisamente por ser ese "hombre que ha sufrido tanto por conservar su opinión" Jovellanos no aceptaba la supresión de los derechos sagrados, imprescriptibles, de la nación española a regirse por sí misma. Justamente por haber sufrido tantos años defendiendo lo que en conciencia creía, al llegar el momento decisivo de elegir entre la vida y el honor, eligió el honor de combatir a quienes querían imponerse por la fuerza en las conciencias de sus compatriotas. Don Gaspar labró su ruina -y su gloria- por entender que su libertad personal no era diferente ni podía separarse de la libertad de los que, con tanto sagrado derecho como él, componían su nación: España.

Al volver a Madrid, entre adustos montes desdentados y hermosos valles cobrizos, llameando en las hojas doradas y caedizas de los chopos, pensaba en Jovellanos recorriendo aquellas sierras e ideando cómo sería posible aserrarlas, para dar a su Asturias las "comunicaciones y luces" que le faltaban. Son las mismas que, en la "espaciosa y triste España" evocada por Fray Luis en su cárcel -y recordada por Jovellanos en la suya-, a la misma lumbre de los chopos y la amable fiereza de los montes en otoño, hoy no encontramos. Al cabo, la patria exige patriotismo; y en este país amillonado, dicen, de españoles lo que nos falta es, precisamente, lo que llenaba el corazón y la cabeza de Jovellanos: España.

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