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Federico Jiménez Losantos

Entre la pena y el susto

Federico Jiménez Losantos
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El infarto cerebral de Jaime de Marichalar ha suscitado dos efectos contrapuestos: en primer lugar, como es lógico, un sentimiento de afecto hacia la Infanta Elena, segunda en la línea de sucesión al Trono, pero también hacia el propio don Jaime, que, amortizado el chusco episodio de la rueda de prensa tras el nacimiento de Froilán ("igualito que su madre, el pobre"), tal vez desde ese mismo instante, se había convertido, junto a la Infanta y de la mano del primer nieto de los Reyes, en un personaje extraordinariamente popular y querido en toda España.

Pero, en segundo lugar, la posibilidad de una muerte o incapacitación de una persona situada en un lugar tan importante de la línea sucesoria --podía ser Rey consorte o Regente si desaparecieran el Rey y el Príncipe-- ha probado que la fragilidad connatural a las monarquías, basadas en los albures de la herencia y a merced de la suerte en materia de salud, está muy lejos de haber sido conjurada en la Familia Real española. Al contrario, algunos editoriales de la prensa nacional muestran el estado de estupefacción y la sensación de vértigo que produce constatar que el Príncipe de Asturias, a sus 34 años, sigue solo y sin descendencia. Y a nadie se le puede olvidar que, junto a su padre, ya ha sido objeto de al menos una tentativa de asesinato por parte del terrorismo vasco. Por mucha seguridad que se procure, la suya es y será siempre una profesión de alto riesgo porque la exposición pública es constante.

De ahí la necesidad de que, en la medida de lo posible, los mecanismos sucesorios cuenten con todos los elementos para que lo imprevisible --accidente, asesinato, enfermedad-- no se convierta en catastrófico. Es, sin duda, un mal momento para recordarle al Príncipe sus obligaciones, la primera de las cuales es, por decirlo llanamente, la de reproducirse. Pero en las instituciones ligadas a la vida física de las personas no hay momentos oportunos o inoportunos sino situaciones de emergencia a las que hay que hacer frente. Superado el terremoto de su posible boda y sonada ruptura con Eva Sannum, todos los ojos se vuelven hacia Felipe de Borbón para que, cuanto antes, se case y tenga descendencia. Y se proceda a la anunciada reforma constitucional que, a partir del Príncipe, equipare en derechos a los varones y las hembras de la Dinastía Histórica. Esperemos la recuperación de Jaime de Marichalar pero esperemos también que en la Familia Real se tomen en serio, algo más que hasta ahora, este pequeño asunto de la filiación y las sucesiones del que, precisamente, depende casi todo en la Monarquía.


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