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Federico Jiménez Losantos

Florida prohibe la usura (un poquito)

Federico Jiménez Losantos
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Un debate típicamente medieval y en el que, a falta de dominicos y jesuitas, se enfrentaron demócratas y republicanos, ha culminado en Florida con la prohibición de los llamados "préstamos del día de pago", que con intereses de hasta el 700% se han convertido en una salvación mortal para los que viven por encima de sus necesidades y habitan en los susurbios de la bancarrota.

Lo curioso es que ni siquiera los que votaron a favor de esa prohibición –que limita al 10% los intereses legales y obliga a que pasen al menos 48 horas entre un préstamo y el siguiente– están satisfechos con la medida. Unos, porque pretendían la prohibición absoluta de unas ofertas-trampa que suponen una soga al cuello para los manirrotos, derrochadores y enfermos de muy diverso tipo –ludópatas, drogadictos– y sus familias. Otros, porque consideran que si la gente gasta más de lo que debe y se endeuda vertiginosamente, no es asunto del Gobierno hacerlos responsables, salvo en lo penal. El caso es que todos votaron que sí y ante las cámaras gruñeron que no.

Los maestros de la escolástica española, desde Raimundo de Peñafort analizando las astutas formas de usura de los mercaderes barceloneses del medievo –algunas, en su opinión, legítimas– o Tomás de Mercado –levantando acta en Sevilla de que los mercaderes inventaban la trampa antes incluso de que los reyes imousieran la ley– habrían tratado de disuadir a la cámara floridiana sobre prohibiciones de esa naturaleza. Por desgracia, no todos hablan español y es difícil que, si lo leen, se dediquen a estos autores. Lástima.

"Mucha gente vive en casas cuyas hipotecas no pueden pagar, o conducen autos más caros que los que sus ingresos les permiten. ¿Le toca al Gobierno regular esas decisiones? ¡Claro que no!" –dijo el republicano Gustavo Barreiro. Pero en aras del consenso se ha logrado una condena de este tipo de usura que sólo servirá para que el usurero se ahorre la publicidad. En lo demás, seguiremos como en los últimos miles de años. La única excusa para la inexperiencia de Miami es que tiene poco más de cien años. "Más que suficiente para no hacer el ridículo" –rezongó un legislador en barbecho. Y se fue a renegociar un crédito.

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