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Federico Jiménez Losantos

Hispanos en EE UU: muchos que pintan poco

Federico Jiménez Losantos
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El último censo de hispanos en Estados Unidos es espectacular: más de treinta y cinco millones. Si se añade el gran número de inmigrantes ilegales que nunca han dejado de entrar ni han querido salir, el número total rondará los cuarenta millones. Y que no hay exageración en esa cifra lo prueban dos datos: se calcula que la inconfesada pero real amnistía que han empezado a discutir republicanos y demócratas para los inmigrantes hispanos que llevan años trabajando legalmente pero que no han podido convertirse aún en ciudadanos afectaría quizás a tres millones de familias, sobre todo mexicanas. Pero en la ilegalidad también se vive: casi la mitad de los centroamericanos afectados por el huracán Mitch e instalados en Florida y otros Estados hispanos –ciento cuarenta mil– no han acudido a renovar su permiso de trabajo legal. ¿Miedo?, ¿ignorancia?, ¿cautela? De todo un poco. Pero en la última década el número de hispanos en USA aumentó más de un cincuenta por cien, son el grupo más joven y el que más se reproduce. El futuro, vamos.

Pero la realidad hispana, números aparte, es desoladora. Su poder, aunque creciente, es casi insignificante. Votos, muchos; líderes, pocos. La excepción son los cubanos, que con millón y cuarto son la tercera minoría nacional hispana –tras veinte millones largos de mejicanos; tres y medio de portorriqueños–, pero gracias al extraordinario nivel moral, político, ético y cultural del primer éxodo del castrismo levantaron una ciudad, Miami, y afianzaron una presencia política seguramente mayor que su influencia real, pero consoladora –hay exilios aún más amargos– y todavía ejemplar. La clave es cultural: sólo los cubanos se acercan al nivel de titulados universitarios en USA: 23% sobre 26%. Pero desgraciadamente no es el modelo: son el grupo más viejo. El más joven y aplastantemente mayoritario, el mejicano, no alcanza el 7% de titulados universitarios. Eso, con cuotas y todo. En una sociedad competitiva y meritocrática como la norteamericana –lo mejor de ella, al menos– esas cifras son la constatación de un desastre. ¿Remediable? Sin duda. Pero sólo cuando se constate humildemente que los hispanos en USA son muchos pero que pintan muy poco. Muchísimos, si se quiere, pero que mandan poquísimo.

La razón de fondo es probablemente triple: la magnitud y celeridad del aluvión migratorio; la profunda división interna (nacional, cultural y racial) frente a un exterior que los trata o los teme como un todo más o menos unitario y, sobre todo, ese desnivel cultural y esa falta de representación política. Son ya la tercera nación de lengua española del mundo. Con que sólo tuvieran el poder de Holanda –una decena de millones– podrían darse por satisfechos. Sólo les cabe un consuelo: tienen por delante más futuro que los holandeses y muy probablemente que cualquier otro estado hispano del mundo, España incluída. Pero ese futuro seguirá siendo eso, futuro, mientras desconozcan su pasado –lengua, historia, cultura– y apenas alcancen a sobrevivir a su presente. Eso sí: sobreviven, vaya si sobreviven. Absolutamente a todo.

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