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Federico Jiménez Losantos

La crisis llega a Miami

Federico Jiménez Losantos
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Aunque Miami sea la caja fuerte, el aliviadero, el refugio y El Dorado de millones de iberoamericanos y parezca alimentarse de las muchas deficiencias materiales y morales que les empujan a intentar la aventura del exilio, es también una ciudad, o un enjambre de ciudades –casi una treintena de municipios– que tiene sus propios mecanismos internos de migración, prosperidad y –aunque parezca imposible– de ruina. Miami vive por sí misma, pero también vive de la continua afluencia de turistas iberoamericanos que llegan básicamente a comprar. También toman el sol y van a buenos hoteles, o no tan buenos, y salen de noche, pero al amanecer ya están comprando. La única parte de la industria de la construcción que casi nunca está en crisis es la que levanta continuamente “malls”, inacabables galerías de tiendas, gigantescos almacenes de oportunidades, inmensas factorías de descuento. La ropa, sobre todas las cosas, pero también el menaje del hogar en sus infinitas sustancialidades y naderías, electrodomésticos con vida propia aunque abocados a un pronto olvido, artículos de oficina, de bricolage, de pesca, de caza, de deporte, de todo. Miami es una inmensa tienda... que se está quedando sin clientes.

Un informe reciente del Nuevo Herald sobre la crisis del turismo en la temporada alta, que es la de julio y agosto, arroja datos espectaculares: la caída de ventas en el Downtown, el centro de la ciudad, llega al 90% en la calle Flagler, epicentro de las oportunidades para los viajeros del Cono Sur y del Caribe. Los argentinos, reyes del “deme dos” desde la extinción de los petrovenezolanos en los 80, hace un par de años que empezaron a ralear por las aceras y ahora apenas se les oye. Muchos se han venido a Miami, pero, por desgracia para ellos, no están los tiempos para abrir tiendas. Tendrán que esperar.

Así pues, ¿Miami no va bien en la medida en que Iberoamérica va mal? No. Los grandes capitales prefieren evadirse por las avenidas cibernéticas de Gran Caimán antes que instalarse en algún banco de Brickell Avenue. Estados Unidos, afortunadamente, ya no es un refugio seguro para los dictadores y politicastros que hicieron de la cleptocracia el complemento natural de la demagogia. Man, Gibraltar e incluso Cuba son mejores lugares que Miami para blanquear el dinero más negro. Ahora, Miami va bien si la economía norteamericana va bien, y si la iberoamericana no va mal. Pero la crisis que está asolando a todos los países al sur del Río Grande tenía que afectar a su capital demográfica y natural. Ya lo ha hecho. El cierre de tiendas y grandes galerías comerciales ya no es noticia. Un inmenso proceso de reconversión está en marcha. Nuevos modelos de comercio, más sencillos, más ligeros, más especializados y más atentos al ciudadano común de Miami, no sólo al turista pletórico, se abrirán en los próximos años. Y lo harán los recién llegados de Argentina, Colombia, Perú, Ecuador o Venezuela. Todavía no sabemos cómo. Todavía no saben cómo. Pero lo averiguarán, seguro. Les va la vida en ello. Y son supervivientes.

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