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Federico Jiménez Losantos

La estrategia de Arafat Casado: paz por territorios

El PP se ha condenado sin necesidad al aislamiento político. Su futuro oscila entre el crimen ritual y el suicido colectivo.

El PP se ha condenado sin necesidad al aislamiento político. Su futuro oscila entre el crimen ritual y el suicido colectivo.
La estrategia Arafat Casado | Archivo

La campaña electoral en Castilla y León obedece, desde su misma convocatoria, a la obsesión de Pablo Casado, Teodoro Manostijeras y sus Caseros Insolventes en resumir todo el discurso político del PP en el "¡Oa, oa, oa, Pablo a la Moncloa!", del último mítin. Antes de que él se abonase a la duda y a los celos de todo y de todas, nadie dudaba de que Casado sería el próximo inquilino de esa insalubre mansión, siempre, claro, que lograse formar gobierno. Pero a base de reñir con todos los que le acercaban a esa alternativa, desde Cayetana a Ayuso pasando por Abascal, ha convertido cada cita electoral en un referéndum sobre su liderazgo, que, reducido al "¡Oa, oa!", es cada vez más débil. Y como, lejos de rectificar, repite que él sólo gobernará en solitario, o sea, contra Vox, el PP se ha condenado sin necesidad al aislamiento político, al alejamiento de sus bases y la sumisión a Sánchez. Su futuro oscila entre el crimen ritual y el suicido colectivo.

No sé qué resultado arrojarán hoy las urnas, pero el grupo dirigente del PP ha demostrado una incapacidad política y técnica digna del Fraga del 77, que no quiso repetir el anuncio electoral, malo en su primera toma, porque había quedado con unos señores de Lugo y él nunca llegaba tarde. Carmelo Jordá ha resumido en siete puntos la temblorosa convicción de los testigos protegidos del terror genovés sobre los errores de campaña. Pero el error esencial ha sido la campaña misma. Y el terror no redimirá ese error.

Entregar el gobierno antes que pactar con Vox

La estrategia del candidato Óa-óa ha sido desde el comienzo de la campaña con su entrevista en la COPE, hasta el final, con el resumen del Señor Fuentes o Comando Aceituno en sus alcantarillas mediáticas, que el PP renuncia a formar gobierno con Vox. Y como eso, vistas las encuestas, no parece creíble, ha dicho, a cuenta de Mañueco y desde Murcia, que preferían perder el Gobierno de Castilla y León antes que pactarlo con Abascal. Vamos, que un Casado bipolar, que "se siente orgulloso de ser castellano y leonés" (o una cosa o la otra) hace suya la "alerta antifascista" de Podemos. Justo lo que no quieren ni oír los votantes del PP. Y tampoco los de Vox. Ambas direcciones olvidan, en la refriega diaria, que los cuatro millones de votos de Abascal y los siete de Casado suman los once que dilapidó Rajoy. Y que, sin esos once millones, bien presentados ante el elector, no habrá alternativa al bloque de poder social-comunista que padecemos, rabiosamente antiliberal y profundamente antinacional.

La estrategia de entregar Castilla y León a la izquierda con tal de mantener -hasta el martirio- la virginidad antifascista de la vestal Paulina, tiene una ventaja para Casado: el martirizado sería Mañueco. Y una desventaja: aún si lo admitiera, por pánico a Teodoro Manostijeras, no es probable que Juanma Moreno y Elías Bendodo, que odian al murciano y al palentino con minuciosidad de orfebres cordobeses, le regalaran Andalucía al PSOE para no pactar el gobierno de la Junta con Macarena Olona. No es probable que el sacrificio de Valladolid, si se produjera, alcanzara en su virtud a Sevilla.

No obstante, la estrategia, después de una guerra, de pactar la paz mediante la entrega de una parte o de todos los territorios en litigio es muy antigua. Suele suceder en guerras de defensa, cuyo último caso es el de Israel y sus vecinos árabes. La fórmula "paz por territorios" se acuñó por los laboristas judíos para ver si la hacían suya los vecinos musulmanes, aunque al final sólo la asumiera Washington para ganar tiempo al espacio. No hubo paz en Camp David e Israel se retiró del Sinaí porque era difícil mantener el territorio conquistado a Egipto y sus aliados en la guerra de los Seis Días y las siguientes, que acabaron siempre en victoria militar israelí. Pero mientras unos no renuncien a "echar los judíos al mar", los otros no dejarán de asentarse en aquellos secarrales, sagrados cuanto inhabitables.

La posición de Mañueco Sin Tierra a lo largo de la campaña ha sido incómoda y crecientemente indefendible. A Manostijeras le bastaba con filtrar que no formarán nunca gobierno con Vox, pero el presidente no podía decírselo a los votantes, porque acabarían migrando a Vox. Así que, entre el terror a Teodoro y el pánico a las urnas lo mismo decía una cosa que la otra, según el medio. Y acabó en un "hablaré con todos", que no contentaba a unos ni a otros. El saldo está a la vista: mejores expectativas para Vox y peores para el PP. Soberbio negocio.

Estética mendicante y feísta

Forzada por la estrategia anti-Vox, la campaña ha sido técnicamente horrorosa, con Casado y no Mañueco de candidato. Estéticamente, ha sido espeluznante. La derecha en trance electoral suele disfrazarse de Dora la Exploradora. Pero Casado, para aprovechar las pifias de Garzón, empezó de Dora Ganadera, siguió de Dora agricultora, después, Dora Tractorista y al final, de Dora Bebedora, con el mal ejemplo para los jóvenes del alcohol matinal, comprensible en el campo y absurdo en una región cuya población es mayoritariamente urbana.

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Casado brinda en campaña con Pablo Montesinos | EFE

Vox llevó todavía más lejos el culto al agro agraviado y la foto final del grupo dirigente parece una reunión de sintecho con damas caritativas, porque ellas, menos mal, no iban de andrajosas, y Buxadé, reconozcámoslo, se limitó a evocar la figura del capellán castrense. En grupo, todos con rodilleras de adolescente zarrapastroso, recordaban la portada del Beggars Banquet, el séptimo álbum de los Rolling Stones.

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Jacobo González-Robatto, Juan García-Gallardo y Santiago Abascal en un acto de campaña en Burgos | Flickr Vox

La confianza de Casado en Sánchez

Pero al final de esta romería feísta, se nos plantea la misma cuestión del principio. Dando por hecho que el PP no sueña siquiera con acercarse a la mayoría absoluta, ¿por qué renuncia al único aliado que le queda con posibilidades de completar los votos y escaños para forjar una alternativa? Pues porque tiene una doble superstición o desvarío: cree que el PSOE le dejará formar gobierno si Casado saca un escaño más que Sánchez. Y que Abascal le regalará sus escaños a cambio de la generosidad de aceptarlos.

Por esa doble ingenuidad, estupidez o esquizofrenia paranoide, cree Casado y somete a su partido a esa creencia de que lo mejor es posar de centrista, para lo cual debe forzar al máximo el enfrentamiento con Vox. El desprecio al votante de derechas, endémico desde el arriolismo centrista, se combina con el aprecio a los principios morales de la izquierda, que, como es notorio, los demuestra a diario en su coyunda con etarras y golpistas. No dejo de preguntarme por qué ese empeño en suicidarse de Casado y el PP, salvo que se trate de suicidar a las derechas para no tener que dirigirlas. En ese caso, reconozco que su política de entregar territorios a cambio de paz mediática es una táctica coherente. Y, como la oveja camino del barranco, anuncia una solución definitiva.

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