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Federico Jiménez Losantos

La guerra química de las FARC

Federico Jiménez Losantos
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De todos los conflictos que tiene Iberoamérica, de todas las ruinas en que yace sepultada la esperanza de un futuro mejor, sin duda el caso más atroz es el colombiano. Por los miles de muertos y secuestrados cada año, por la gangsterización de la vida pública, por la corrupción del Estado a manos del narcotráfico (inseparable de la guerrilla), por la incapacidad o la imbecilidad de sus dirigentes para hacer frente a la realidad subversiva y, en última instancia, también por la vergonzosa actitud de los países vecinos, que no han ayudado a Colombia a transitar los caminos de la libertad y la democracia, sino que se han encogido de hombros ante el baño de sangre o, incluso, a veces han ayudado a sus verdugos con tal de evitar cualquier compromiso contra la amenaza terrorista y totalitaria. Pero la gravedad de la situación heredada por Álvaro Uribe es tal, que ni siquiera la legendaria estupidez de la administración norteamericana, que sólo permitía el uso de sus aviones y helicópteros en operaciones contra el narcotráfico pero no contra la guerrilla, podrá seguir como hasta ahora. A mitad del verano, Bush II firmó la ley que revocaba esa indignidad y ahora han reconocido fuentes oficiales de los USA la veracidad de las denuncias colombianas contra el uso de gases tóxicos por parte de las FARC, la narcoguerrilla comunista con la que el ex-presidente Pastrana celebró largas, humillantes y, a la postre, inútiles conversaciones de paz. La paz de los cobardes y de los cementerios, naturalmente.

Las pruebas del uso de gas provienen del pueblo de San Adolfo, provincia de Huila, cuya guarnición fue cercada por trescientos guerrilleros de las FARC el 12 de Agosto de 2001. Después de trece horas de combate, los soldados con vida que resistían en las ruinas de su cuartel se ocultaron en un túnel, de donde fueron desalojados mediante artefactos que contenían soluciones de cianuro. Intoxicados los soldados, fueron asesinados por los guerrilleros de una forma extremadamente cruel. Fingiendo atenderlos, les dieron refrescos, que multiplicaron los efectos de cianuro y les provocaron la muerte entre horribles sufrimientos. El suceso, sólo el último en la escalada de barbarie provocada por la guerrilla marxista-leninista más antigua del continente, fue detectado y denunciado por patólogos colombianos, pero sólo ahora ha sido reconocido por los especialistas del Pentágono.

Este reconocimiento suscita inevitablemente la pregunta de por qué un país como los Estados Unidos, dispuesto a llegar a la guerra y la invasión de Irak para destruir un régimen que fabrica armas químicas, no ha prestado más atención a un poder como el de las FARC, que equivale militar y económicamente al de un Estado mediano de América, y que ha ido acercándose paulatinamente a la toma absoluta del poder en Colombia, país estratégico donde los haya, ya que tiene acceso directo a los Andes, al Caribe, al Brasil y a Panamá. Además de la miseria moral, este abandono de Colombia revela una absoluta indigencia intelectual y una pavorosa ceguera política y militar. Y no es seguro que estos primeros y cautos reconocimientos de los aspectos más salvajes de la guerra que las FARC libran contra el pueblo colombiano y sus instituciones representativas lleve a los norteamericanos a convencer a los colombianos de que no hay otra alternativa. Ya sería algo. Mucho, si tenemos en cuenta los necios precedentes de quienes quisieron pasar a la Historia negociando la paz con el cianuro.

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