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Federico Jiménez Losantos

La Hoz y el Ladrillo

Federico Jiménez Losantos
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Despistada, confusa, mareada por el zigzagueo de Simancas, la opinión pública no repara en la línea política, que equivale a una línea de conducta, de Fausto Fernández y los comunistas madrileños, también conocidos por Izquierda Unida, Izquierda Hundida o, en los ámbitos de la construcción y el mercadeo inmobiliario, por un nombre elocuentísimo: La Hoz y el Ladrillo. No puede resumirse mejor la deriva del totalitarismo de izquierdas que en esa fórmula que sintetiza la ferocidad de los orígenes y la voracidad del presente, las ganas de mandar y las ganas de robar, digo de reasignar recursos para equilibrar desigualdades. Y si de paso se queda algo en las manos próvidas o en las arcas hambrientas de la izquierda, ¿hay algún sitio mejor?

¿Por qué al hablar de Fausto Fernández los constructores que deberían estar aterrados ante la perspectiva de un gobierno de izquierdas en la Comunidad de Madrid sonríen y repiten eso tan chusco de “La Hoz y el Ladrillo”? ¿Hay en la trayectoria política del atildado señor Fernández algún episodio que acredite su sensibilidad para cohonestar los turbios intereses del ladrillo y el brillo acerado de la hoz? No lo sabemos, pero nos enteraremos. En los dos meses de gracia que pide Simancas, más el año que, en la práctica, le correspondería gobernar sin disolver, que es lo mínimo que pide don Fausto, vamos a tener tiempo de enterarnos de todo. Hasta de lo que no quisiéramos.

Pero la insistencia de Fernández en gobernar con Simancas como sea, contando con los votos de Tamayo y Sáez, los “despojos humanos” que dice Bono, o los “corrutos”, que dice Blanco, resulta harto significativa. Los mismos que se disfrazan con cartelitos en la Asamblea insultando a los “rebeldes” del PSOE están pidiéndole a Simancas que acepte ese concurso abyecto, esa ayuda pringosa y corrompida de los dos golpistas contra la democracia , para tocar poder, pastar en el Presupuesto y realizar esa síntesis admirable entre la revolución y la corrupción que un pícaro genial bautizó como “La Hoz y el ladrillo”. La ética estará por los suelos, pero la literatura está que lo tira.

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