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Federico Jiménez Losantos

La huelga general del felipismo judicial

Federico Jiménez Losantos
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Son demasiadas coincidencias. Son muchas semejanzas. Son obvias las concomitancias. A nadie se le ocultan las directrices. Y seguramente sólo este Gobierno envanecido, atontado y casi idiotizado por la mayoría absoluta puede llegar a creer que no tienen nada que ver la rebelión de ciertos sectores judiciales contra el indulto de Liaño, el cierre de filas a favor de los tres jueces de la Sala Cuarta de la Audiencia en el caso del “narco volador” y, ahora, la rebelión abierta, descarada, de una sala segunda del Supremo típicamente progresista –con Perfecto Andrés Ibáñez, el amigo perfecto de los Auger, Pradera y demás selecta compañía– contra la nueva legislación antiterrorista, que está en las antípodas de la política anti-PP, anti consenso y de vuelta al pacto con el PNV promovida por González y Polanco y cuya primera víctima fue Redondo Terreros.

En realidad, el felipismo judicial está en huelga general política desde hace bastante tiempo. Todo el caso Liaño, desde su inicua condena hasta su resistido indulto, ha sido una rebelión en toda regla, bien que sorda o no siempre clara, contra el Gobierno de Aznar. Pero es ahora, después de que el PSOE haya roto la baraja y se haya lanzado detrás de los sindicatos a una huelga general que es política de cabo a rabo, cuando cobra toda su importancia la trinchera judicial que el Gobierno creyó desmantelada o desactivada con el Pacto para la Justicia. No lo está. Y más bien parece que del mismo modo que una parte del PSOE vota en el Congreso la Ley de Partidos para ilegalizar al brazo político de ETA, otra parte del PSOE, el núcleo duro felipista, está dispuesto a boicotear esa misma Ley de Partidos. En resumen, que la izquierda, siguiendo su línea tradicional, está dispuesta a combinar las formas de lucha dentro y fuera de la Ley para llegar al poder. Quizás porque, como dice el himno de Sendero Luminoso, izquierda entre las izquierdas, “salvo el poder, todo es ilusión”. O porque, en realidad, el felipismo no ha abandonado nunca del todo el poder. El Gobierno, sí. El Poder, jamás.

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