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Federico Jiménez Losantos

La "kakocracia" paraguaya

Federico Jiménez Losantos
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Para definir la calamitosa situación paraguaya, Porfirio Cristaldo Ayala defendía, en un artículo reciente, el concepto de “kakistocracia”, creado por el filósofo García Venturini para nombrar el “gobierno de los peores”, por oposición a la “aristocracia”, que en su acepción griega primitiva significaba gramatical y a veces políticamente “gobierno de los mejores”. La propia historia de Grecia muestra que allí mandaron muchos y no siempre los mejores, o sea, como en todas partes. Dada la incomparable aportación helénica a la civilización, podemos convenir en una cierta “kalocracia” o “gobierno de los buenos”, pero no más allá. El mejor era Sócrates y le hicieron tomar la cicuta ciertos “kakistócratas” colectivistas y despilfarradores. Porque Sócrates era un enemigo decidido del déficit, como lo prueba su última voluntad de pagar a Esculapio el gallo que le debía. Y ese ejemplo lo llevaron muy mal los demagogos, tradicionales devotos del gasto público.

Y, sin ánimo de minimizar los desastres de la clase dirigente paraguaya pero sí de ponerla al mismo nivel de vulgaridad que los demás gobernantes de Iberoamérica, yo no diría que mandan los “kakistós”, es decir, por analogía, los peores, sino simplemente los malos. O sea, que con “kakocracia” sería suficiente para definir su clase, casta o banda dirigente. Esa maldad desteñida por la mediocridad la muestra de forma prácticamente insuperable una anécdota protagonizada por el Presidente paraguayo, González Macchi, en su reciente visita a Taipei.

Estaba el mandatario paraguayo a punto de inaugurar oficialmente su periplo taiwanés cuando un par de “kakós” chinos, políticos ellos, dieron una rueda de prensa acompañando a cuatro prostitutas que denunciaron a un funcionario de la embajada paraguaya por contagiarles deliberadamente la enfermedad sexual que padece, un condiloma que propicia la aparición de verrugas en las zonas que el vulgo considera sexuales y las prostitutas razonablemente laborales. Al desprecio personal, social o racial se añade el daño económico que el condiloma supone para la explotación de las zonas afectadas.

Tampoco se puede hablar de trampa, porque las prostitutas habían pedido ver antes al embajador para solicitar la expulsión del indeseable y contagioso diplomático, pero el “kakócrata”protegió al falócrata y ni las recibió ni atendió sus demandas. Total, que el presidente de la República del Paraguay se encontró con el escándalo sin tener arte ni parte en la fechoría. Pero como los malos suavizan mucho su artera condición a la vista torva del superior, el embajador pidió excusas por su desconsideración y falta de sensibilidad y aseguró la inmediata reexpedición a la patria del rijoso contagioso. ¿Y no llegará este sujeto –dirá el lector– a la categoría de “kakistócrata”, es decir, no será de los peores? La respuesta es no. Y la razón es bien clara. ¿Saben ustedes cómo se llama el condilomatoso sujeto? Rubén Darío. Díganme si esto no es rebajar, hasta en el vicio.

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