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Federico Jiménez Losantos

La noche de los territorios vivientes

Ha tenido que venir de nuevo el socialismo para explicarnos que lo que hay en España no es un problema nacional del que ellos son la primera razón, sino una “tensión territorial”.

Federico Jiménez Losantos
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El año 2005 paseará por España, cementerio famoso de nuestras ilusiones políticas, un cortejo de espectros, nos sumirá a todos en una mala película de terror, en el soponcio continuo y el susto institucionalizado. El año 2005 no será el de los muertos vivientes, como en la célebre película de Romero, sino algo mucho peor: el de los vivos que condescienden a la condición cadavérica, el del cumplimiento de la sentencia de las “Coéforas” que citaba Ortega: “sábelo: los muertos devoran a los vivos”. Pero en esta peli de Producciones Rubalcaba para Polanco Films, los vivos se dejan morir sin luchar y sin apenas levantar la voz. Los muertos que nos devoran son Sabino Arana, Prat de la Riba y otros despojos intelectuales de nuestro pasado más siniestro. Los presuntos españoles que aún parecemos políticamente vivos, somos, quevedianamente, “presentes sucesiones de difuntos” y van a sacrificarnos inútilmente para aplacar a los zombies bizcaitarras y catalanistas, que son insaciables, y para mantener la sana costumbre de la siesta. Tan sana, que desde el año 2005 durará todo el día. Por la noche, nuestras almas en pena, desveladas, aullarán a la luna, que, como ni siente ni padece, se inhibirá.
 
Este oficio de difuntos, esta lúgubre travesía de la Laguna Estigia, se hará, eso sí, con todas las garantías anestésicas. Nadie se enterará de nada, salvo de que lo duermen. Pero una vez dormidos, convencidos por los matasanos de que todo va a salir muy bien, nos dormiremos sin la menor seguridad de despertar pero con la placidez del morfinómano reciente, del muerto de sueño, del que quiere definitivamente descansar.
 
Sólo algo perturba esta predisposición al sueño dizque eterno y es la prosa de los anestesistas gubernamentales. Dice el equipo del Doctor Zapatero que con la sedación nacional y la evisceración constitucional se conseguirá por fin la “paz entre territorios”, que terminará la “tensión territorial”, que entraremos —dicen— en “una larga época de paz territorial”. Sin duda ha empezado ya la película de terror. Hasta ahora desconocíamos que los territorios anduviesen a la greña, que los ríos peleasen con los charcos, las sierras con las cañadas, los montes con las veredas. Ha tenido que venir de nuevo el socialismo para explicarnos que lo que hay en España no es un problema nacional del que ellos son la primera razón, sino una “tensión territorial” que, a modo de “tsunami” alevoso, podría perturbar el amable cuanto adormilado discurrir de nuestra historia. Yo no sabía que el Ebro se había revuelto contra sí mismo, aunque debería haberlo sospechado tras el lío del trasvase. También desconocía que los Pirineos andaban revueltos y que el Segre andaba molesto con el Jiloca. A la gresca de los ríos se ha sumado la riña de los llanos, el follón de los valles y la crisis de los acuíferos. Pero llegados a este punto y antes de ver a los cerros deambular por la noche, es preferible dejar a Zapatero, perito en líos a fuer de socialista, la gestión del desastre geológico. De piedra ha de ser la cama, en cualquier caso. Al menos, que no se mueva.
 
Lo que no podemos creer es que la llamada Constitución Europea sea el remedio para nuestros telúricos males. No vemos al Loira aplacando la indignación del Ebro ni al Rhin mediando entre el Noguera Pallaresa y el Noguera Ribagorzana. Lo mejor para que no nos maten de miedo será morirnos de asco, que es lo que, sabiamente, ha previsto el anestesista Cebrián. No habrá esquelas en el “ABC”, pero “El País” traerá unos editoriales discretamente enlutados que nos confortarán mucho en el cementerio. Es de temer, sin embargo, que los españoles no estemos siquiera muertos del todo, sino mal enterrados. Y es de suponer que el terror continuará.

 

 

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