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La política como imperativo moral

Estamos ante un problema nacional y de civilización. Y por eso el paso que, por imperativo moral, han dado y darán los independientes que entran en política es y será absolutamente esencial.

Pablo Casado presenta las listas del PP al Congreso | EFE

La entrada de intelectuales y periodistas importantes en las listas electorales de los partidos de centro-derecha es una de las noticias más esperanzadoras que cabía esperar en un clima absurdamente derrotista. En principio, se trata de una movilización en la derecha, no en una izquierda hecha a imagen y semejanza de su líder, el populista 'cum fraude' Sánchez, ayuna de cualquier nivel, cualificación, pretensión o ambición cultural. Si la izquierda en España siempre ha sido bastante mediocre ahora está a la altura de sus políticos, muy por debajo de las alcantarillas. Lo único que ha logrado resucitar 'Falconetti' es el antifranquismo retrospectivo, la seña de identidad que le queda a la generación de El País, hoy 'Diario del Golpe'.

En la derecha se da además un fenómeno que tampoco se observa en la izquierda: la entrada en política de gente que nada tiene que ganar con ella, profesionales del mundo de la comunicación o de la Universidad que estarían más cómodos en sus lugares de trabajo que en una vida política diseñada por y para la izquierda, nauseabunda para la gente cultivada. Los que han entrado y seguirán entrando en la política profesional, porque creo que será un proceso largo y contagioso, no es para vivir de ella, como hace la casi totalidad de la izquierda y buena parte de la Derecha, la que echaron a perder Rajoy y sus abobados del Estado, tan yermos de ideas como de valores, igualmente creados a imagen y semejanza de su sórdido gestor.

Casado cambia el PP

Se trata, pues de un fenómeno que viene a dignificar la política en un momento en el que está absolutamente desprestigiada, pero en el que, sin embargo, más falta hacen partidos políticos con entidad moral y no sólo con afán de poder. España afronta el peligro más grave de los últimos dos siglos, que afecta a su misma continuidad histórica, y con eso no se puede cubiletear ni sacar provecho. Como en la Guerra de la Independencia, a los patriotas se les identifica hoy fácilmente: son los que entran en la política perdiendo dinero y arriesgando su tranquilidad familiar y prestigio social.

El partido en el que más se nota este cambio es el PP, que a partir de las Generales se podrá llamar en puridad el partido de Casado. No se sabe los escaños que obtendrá, sin duda muchos menos de los que tiene, pero además de sobrevivir, en el nuevo grupo parlamentario no cabrá la marcha atrás, a un rajoyismo sin Rajoy, o un feijoísmo con Feijóo. El PP quemó sus naves y todo el astillero electoral al ser incapaz de impedir el Golpe y de forzar la dimisión de Rajoy para impedir la llegada al poder de Sánchez. Un PP en manos de Soraya sería un muerto viviente a los pies de La Sexta. Pero el PP de Casado es una pieza en la reconstrucción del centro-derecha y con toda probabilidad no volverá a tener, al menos en muchos años, la hegemonía total del espacio "a la derecha de la izquierda", que dice Aznar.

Aquella derecha también partía de una situación de inferioridad total ante la izquierda. Eran los 106 escaños de AP y los desperdigados del CDS frente a los 200 del PSOE de González. Pero empezó por dar la batalla de las ideas y hubo mucha gente valiosa que se incorporó y apoyó el proyecto. Viví y participé a fondo en aquel proceso y éste se le parece cada vez más. La clave de la reconstrucción del espacio político frente al PSOE era que la democracia en España corría verdadero peligro. Ahora la que corre peligro es la misma España. Y también y como casi siempre, por culpa del PSOE. Es natural que se produzca algo parecido, aunque mucho más improvisado. Aznar tuvo tres años para crear un partido distinto de los de Fraga y Suárez. Casado ha tenido unos pocos meses para crear un PP distinto del de Rajoy.

Sánchez significa República

Sin embargo, la gravedad de la situación nacional alimenta más que entonces la necesidad ética, el imperativo moral que lleva a gente valiosa a entrar en política, para galvanizar con su ejemplo a una ciudadanía que en el Golpe de estado en Cataluña, clave de todo lo que pasa y pasará, se ha visto abandonada por sus dirigentes electos y tuvo que echarse a la calle, sólo con el respaldo del Rey, a defender la Nación, es decir, a defenderse.

Aunque muchos creen que todo se juega en las Generales y que en ellas tienen las de ganar Sánchez y sus socios comunistas y separatistas, en mi opinión estamos sólo ante la primera de muchas batallas dentro de una guerra, que es la de la supervivencia del régimen constitucional y nacional. Tras las generales, vendrá la guerra de guerrillas de las municipales y autonómicas, luego la sentencia del juicio a los golpistas y el empeño de Sánchez en indultar a sus socios, enfrentándose a la legalidad que encarna el Supremo, a la legitimidad de un Rey que paró valerosamente el Golpe en televisión, y a la media España que, como en 1936, "no se resigna a morir".

Y no se va a resignar. Saque los diputados que saque, lo que está en juego es algo más que unas elecciones y un Gobierno. Lo único que puede traer Sánchez es la República, haciendo de España un matadero balcánico. Y antes de llegar a eso, la media España, que es más de media, le plantará cara en las Cortes y en la calle. Y debe construir un sistema mediático que contrarreste la aplastante hegemonía audiovisual del golpismo sanchista.

En esa reconstrucción, los independientes que entran ahora en las listas del PP y de Vox, exclusivamente por patriotismo, están llamados a jugar un papel de cohesión esencial. El resto quedará a cargo de los líderes, si saben interpretar lo que de ellos se espera, que será sobre todo sacrificio. Pero al armarse moralmente con las incorporaciones de gente tan notable quedan también a expensas de cumplir con un propósito ético y cívico que va más allá de la obediencia partidista. Vienen a servir a España, incluso por encima de las ideas, no muy distintas por mucho que se empeñen, del PP y Vox. Tal vez también de Ciudadanos, si sus operaciones de imagen naufragan en las urnas y vuelven a los principios que eran su razón de ser.

La lucha cultural y la levadura de Vox

Todos los que desde el mundo de la cultura o la comunicación se han incorporado a las listas de los partidos de derecha se han caracterizado por su lucha contra las imposiciones ideológicas de la izquierda, lo que se ha dado en llamar el marxismo cultural. Y ese ha de ser el pegamento o el cemento de la unidad de acción de los partidos que salgan de las elecciones de abril y mayo, para afrontar el golpismo de Sánchez y sus socios y para combatir sus bases culturales, en realidad propagandísticas y mediáticas.

Se dice, y es cierto, que lo que distingue a Vox del PP y Cs es que no acepta la supuesta superioridad moral de la izquierda, traducida en la dictadura de costumbres que intentan imponer con la Ley de Violencia de Género, la Ley de Memoria Histórica y el Ministerio-Checa de la Verdad. Sin embargo, hay en ambos partidos gente muy valiosa que lleva años luchando contra eso mismo y que no está ni va a estar en Vox. Pero la fuerza de Vox nace de esa misma rebeldía, y por eso deben ensamblarse.

Creo no equivocarme al ver en Vox una capacidad de imantación y movilización popular extraordinaria e imprevisible, sin comparación con el PP y Cs. Pero sé que no yerro al asegurar que esa guerra cultural contra la dictadura progre nunca la ganará solo Vox. Tampoco el PP sin la fuerza popular que aporta Vox, ni, si se decide alguna vez, Ciudadanos. Estamos ante un problema nacional y de civilización. Eso trasciende las diferencias partidistas. Y por eso el paso que, por imperativo moral, han dado y darán los independientes que entran en política es y será absolutamente esencial.

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