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Federico Jiménez Losantos

Ladrones defienden a violadores y viceversa

Federico Jiménez Losantos
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Zoilamérica es una hija adoptiva de Daniel Ortega, el alevín de dictador que ejerció como presidente de Nicaragua durante los años de dominación sandinista. Y en estos amenes de Agosto, aprovechando el cambio en la presidencia de la república y el enfrentamiento del actual, Enrique Bolaños, con el anterior, Arnoldo Alemán, ha vuelto a presentar una demanda por violación continuada de su padrastro, que Zoilamérica sufrió desde los 11 años de edad hasta casi los 29. Huelga decir que con la complicidad de su madre, una de tantas poetisas revolucionarias defensoras del “hombre nuevo” y de la mujer antigua, con la pierna quebrada, atada a la cama y al servicio sexual del patriarca de la casa.

Otra mujer sirvió eficazmente al presunto violador en calidad de cómplice: la juez elegida por el padrastro y presunto violador cuando todavía disfrutaba de mucho Poder, que rechazó la demanda de Zoilamérica. Pero madre y jueza no habrían triunfado en su macabra hazaña de ocultación y de desprestigio de la víctima sin la complicidad con el infame Daniel de sus sucesores en la Presidencia, y muy especialmente de Arnoldo Alemán. El “Gordo” ayudó a Ortega a tapar ese escándalo que debería haberlo llevado a la cárcel y al ostracismo, a cambio de que los sandinistas hicieran la “vista gorda”, gordísima, sobre el latrocinio desaforado a que Alemán sometió al Erario nicaragüense: cien millones de dólares, según las denuncias de la fiscalía, que se limita a las cifras constatadas, al robo directo del Presupuesto. Comisiones, coimas y mordidas, para qué contar.

Pero lo que ha movido a Zoilamérica a presentar de nuevo su denuncia por violación no ha sido sólo la confianza que inspira el nuevo presidente y su lucha contra la corrupción, incluída la judicial. La gota que ha rebasado el vaso de su paciencia o de su amargura ha sido ver a su presunto violador encabezando públicamente las denuncias contra Alemàn, al que él personalmente encubrió a cambio --denuncia Zilamérica-- de que el “Gordo” le ayudara a encubrir su delito sexual.

Lo terrible de esta historia de ladrones defendiendo a violadores y viceversa es recordar que diez mil nicaragüenses murieron en la guerra civil de aquel país, unos en las filas sandinistas y otros en las antisandinistas de la Contra. Ni unos ni otros merecían que su recuerdo y su sangre hayan servido para abonar el camino de dos delincuentes comunes cuya mera presencia, cuya simple supervivencia en la política nicaragüense constituye un insulto. A los vivos y a los muertos.

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