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Federico Jiménez Losantos

Las dificultades de una conjunción copulativa

Federico Jiménez Losantos
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Texto íntegro de la intervención de Federico Jiménez Losantos en la presentación de su libro Con Aznar y contra Aznar.

Desde hace algunos años ha caído en desuso la fórmula tradicional de presentación de los libros, en la que una o varias personas de indudable autoridad glosaban, celebraban y se felicitaban de la publicación del nuevo título, entre grandes y no siempre merecidos elogios al autor. Aquella molicie agradable pertenece irremediablemente al pasado. Lo que se impone ahora es la presentación discutida y, a veces, simplemente la discusión de los méritos del libro. Se supone que eso llama más la atención de los medios de comunicación, en cuyo honor se escenifica la polémica o se ejecuta la discrepancia, que en ocasiones se convierte en una enmienda a la totalidad. Como espectador, no me molesta el cambio. Como autor, sinceramente, creo que estoy abusando de la novedad.

En los últimos cuatro años y en la presentación de mis últimos cuatro libros he decidido seguir los nuevos usos y costumbres y he prescindido parcial, total en incluso radicalmente del elogio. En 1999, en la reedición muy aumentada –doscientas páginas más– de “Lo que queda de España”, quise que la presentación corriera a cargo de Francisco Umbral, que veinte años antes había hecho la primera al modo antiguo, o sea, encomiásticamente. De entonces acá, es sabido que Umbral sólo habla bien de sus propios libros cuando los presenta, así que los elogios rituales no resultaron repetidos sino, por así decirlo, matizados. (En cambio, al no presentar éste me ha hecho la gentileza impagable de escribir su primera crítica, que le agradezco de verdad, de verdad de la buena. Gracias, Paco). En el año 2000, en la presentación de “Los Nuestros”, el Director de la Academia de la Historia, Gonzalo Anes, llevó su sentido crítico con respecto al libro que presentaba hasta el extremo de defender la virtud de Isabel II, lo cual, sinceramente, me parece algo excesivo. En el año 2001, en la presentación del último, “Poesía perdida”, uno de los presentadores, Andrés Trapiello, huyó. A toda Prisa, que es como suele huírse modernamente, pero huyó. Y en este libro del 2002, o sea, hoy he cometido la temeridad de que los presentadores sean Pedro Jota y Luis Herrero, a riesgo de dejar de trabajar con uno en “El Mundo” y con el otro en la COPE. Aunque las condiciones del INEM se han edulcorado desde el advenimiento de Zaplana, creo que tan escalofriante posibilidad prueba que estoy llevando la moda demasiado lejos. En el próximo libro, que si el tiempo no lo impide y con permiso o sin él de la autoridad competente, tratará de arte español y decadencia nacional, se impone un giro al centro, o sea, a lo de siempre. Mas para esa presentación, que casi es más difícil que escribir el libro, debo confesar que dudo... entre Miliki y Luis María Ansón.

Y la verdad es que si algún libro de los míos ha merecido cariño en su bautizo es éste, porque ninguno me ha costado tanto escribirlo y, más todavía, publicarlo. Como no pertenezco a los perfeccionistas del elogio ni a los panglossistas de la tele, casi siempre, al escribir de política, lo he hecho contra algo y, no pocas veces, contra alguien. Eso es lo sano y lo liberal. Para escribir a favor ya están los subsaharianos de las editoriales y los partidos políticos. Pero es difícil escribir contra algo e incluso contra alguien que uno antes ha defendido. Y si ese algo está en el Gobierno y ese alguien es el Presidente, cuesta una barbaridad. Por lo menos, moralmente; en lo material, no quiero ni pensar.

El núcleo central de este libro lo componen los tres ensayos largos, “Viaje al centro de la nada”, Aznar y el Poder” y “Aznar y los medios de comunicación”. Ninguno de ellos nace de una situación preocupante para el Gobierno del PP, sino todo lo contrario. Su razón de ser es exclusivamente intelectual. El primero de ellos está escrito cuando el PP aparece ya consolidado en el Poder pero ha emprendido una vía, la del centrismo, que a mi juicio dilapida estúpida y absurdamente las verdaderas aportaciones que desde finales de los 80 se habían hecho a la política española desde el entorno ideológico de la derecha liberal, identificada con Aznar y la dirección del PP. La mayoría absoluta del 2000 me lleva a precisar en qué consiste esa aportación, cuál es el papel que en ella juega Aznar, lo que tiene de cambio histórico en la tradición de la derecha española y lo que reviste, en mi opinión, valor político realmente duradero. Creo, modestia aparte, que es el primero y, de momento, el único ensayo serio sobre lo que ha supuesto la larga y difícil creación de una nueva derecha en torno a Aznar y al PP, aunque no siempre dentro del partido y a veces muy al margen de él. Y creo también que esa aportación es mucho más importante de lo que el propio Aznar y el PP creen. La prueba de que no saben lo que hacen es que la están liquidando, desde el 99 poco a poco, y desde hace unos meses a toda velocidad, sin darse cuenta de que al hacerlo se niegan a sí mismos, devalúan su paso por el Gobierno y su paso a la Historia.

El tercero de esos ensayos, “Aznar y los medios de comunicación”, nace precisamente para explicar esa extraña y vertiginosa ceguera, esa patología suicida de Aznar y los que respetuosamente le rodean con respecto a lo que se supone que es o debe ser la máxima preocupación de un partido político: cómo fortalecer los valores y asegurar la continuidad de las ideas que, tras arraigar en la opinión pública, han podido llevarles al Poder, mantenerse en él o devolverlos a su administración y disfrute tras un paso breve por la oposición. Eso es algo que han intentado e intentan, insisto, todos los partidos políticos desde hace muchísimos años, siglos en realidad. Todos... menos el de Aznar. Y ahí sí que el juicio no podía ser ni positivo ni compasivo. Sólo desde un desprecio por la opinión pública similar al que tienen por las ideas que les llevaron al Poder, es decir, sólo desde una desidia criminal hacia la presencia de las ideas liberales y conservadoras en los medios de comunicación españoles, que son la base creadora de la opinión pública, base a su vez de la democracia, puede entenderse, aunque no explicarse del todo, la política del PP una vez en el poder con respecto a la Prensa, la radio y la televisión. Por desgracia, las decisiones gubernamentales de los últimos tiempos y en concreto la escalofriante configuración como último y duradero legado de Aznar de un gigantesco imperio audiovisual en manos de Polanco, el mayor creador de opinión antiliberal y antinacional en España desde hace veinte años, no le ha obligado a cambiar nada de ese ensayo. Apenas he tenido que añadir una nota a pie de página.

Creo que la política de Aznar con respecto a los medios de comunicación, que es inseparable de su evolución personal y política una vez asentado en el Poder, no sólo contradice lo esencial de las ideas proclamadas desde 1989 para obtener el voto popular y conservarlo sino que es rigurosamente contraria a lo que la opinión ha apoyado y absolutamente contraproducente, por no decir suicida, para los intereses políticos que supuestamente defiende, que son o deberían ser los de diez millones de españoles, por lo menos. Y creo también que si hay gente, sobre todo jóvenes, que no entiende o no conoce la importancia de este asunto, les bastará recorrer en este libro, día a día, las terribles dificultades que tuvo que afrontar el PP en la Oposición y en los primeros dos años de poder para darse cuenta de la importancia de una opinión pública permanentemente movilizada en torno a unos medios de comunicación, a unos creadores de opinión. Y pueden también comprobar cómo de todo lo que entre el 91 y el 98 pudo mantener en la opinión pública la esperanza y la exigencia de una regeneración democrática de las instituciones españolas como lo que son, instituciones nacionales, hoy queda muy poco. La mitad de la mitad. Y, con respecto a Aznar, sin siquiera el beneficio de la duda, porque, a estas alturas, las dudas en ese terreno las ha aventado prácticamente todas.

El peligro de una extrema derecha

Desde el mismo Prólogo ya anuncio que para mí la derecha configurada en torno al liderazgo de Aznar a lo largo de los quince años que abarca este libro es un hecho magnífico y casi milagroso. Por lo que supone de enmienda a la tradición autoritaria, estatalista e intervencionista de nuestra Derecha desde hace un siglo y por lo que tiene de respaldo sólido e incondicional a este régimen constitucional español, del que es piedra angular e insustituíble. Lo único malo de esta derecha creada en los largos años de oposición al felipismo, tan notable en lo doctrinal como en lo organizativo, es que se diría que ni sus máximos beneficiarios, o sea, el PP y sus votantes, se dan cuenta de lo que tienen y, por tanto, de lo que si no andan con cuidado pueden echar a perder. España es hoy el único país europeo que con una gravísima crisis nacional –terrorismo incluido– y una constante presión migratoria con un fuerte componente musulmán tan poco integrador como los del resto de Europa no tiene ningún partido populista de ultraderecha, xenófobo, neonazi o de corte similar.

Dados nuestros precedentes –autoritarios en la Derecha, totalitarios en la Izquierda– y siendo estos partidos, de Le Pen a Haider pasando por la Lista Fortuyn, la manifestación creciente de una deslegitimación de las instituciones democráticas a raíz del deterioro del Estado Nación y del concepto de ciudadanía, que en España no se manifieste por ahora esa decadencia de las instituciones democráticas a manos de los partidos antisistema de extrema izquierda y de extrema derecha, como sucede en Francia, es un milagro sobre cuya razón de ser nadie se interroga. Y debería. Porque la razón de la crisis en el sistema representativo es que los ciudadanos dejan de sentirse representados por los políticos que han elegido, porque sienten que han abandonado los valores básicos y las ideas fundamentales que les llevaron a votarlos. Uno de esos elementos suele ser siempre el principio nacional, en el caso del PP la Idea de España, que viendo los bandazos idiotas y las retractaciones que en los últimos días vienen haciendo en el PP sobre lo que ellos mismos decían hace apenas diez días acerca de la bandera española, es exactamente lo que no tienen que hacer, salvo que quieran suicidarse y suicidarnos.

El PP impide el surgimiento de una extrema derecha en España, que nos devolvería a los primeros y aciagos tiempos de la transición, en la medida en que ha incorporado con mérito y sacrificio la idea nacional, entendiéndola en un sentido liberal y constitucional, poniéndola al frente de la lucha contra el separatismo terrorista y el terrorismo separatista. Cualquier vacilación en ese terreno será catastrófica. Porque el felipismo espera que el PP haga o poder hacer con él lo mismo que Miterrand con Le Pen, para desestabilizar un panorama electoral poco propicio a la izquierda salvo que la derecha salte en pedazos. Y con ella, el sistema. La bandera como símbolo, España como idea, la lucha contra el separatismo, la afirmación de nuestra Historia y nuestra cultura, empezando por nuestra lengua, es algo que el PP no puede abandonar, porque otro ocupará de inmediato su puesto. Y todo el espectro de opinión liberal-conservador saltará en pedazos.

Pero esto que yo considero tan valioso, lo que me ha llevado a estar con Aznar durante tantos años y a pesar de tantos chascos –véase en artículos y ensayos cómo el desencanto moral es una constante, un guadiana en todos estos años, tanto en la Oposición como en el Poder– y que se resume en una derecha liberal con una idea nacional, o en una idea de España sostenida en los derechos individuales y las libertades ciudadanas, no es sólo un deseo personal ni puede quedar sólo una argucia electoral. Es el objeto de un contrato político entre Aznar y los que lo hemos votado, es un compromiso personal y de partido entre el Presidente y nosotros, los ciudadanos y contribuyentes, los que nunca hemos aspirado a ocupar ningún cargo oficial u oficioso, los que para su sorpresa y la de otros nunca hemos pedido nada, pero que sí pedimos, exigimos, que se nos tenga en cuenta, que no se utilice nuestro voto para hacer lo contrario de aquello para lo que se nos pidió. Porque la legitimidad de las instituciones representativas no se limita al hecho de su elección sino al mantenimiento de ese vínculo moral entre el votante y el votado en torno al programa que los puso de acuerdo.

Aunque en la política como en todo hay ciclos de ascenso, apogeo y caída, y aunque el Poder desgasta implacablemente a quienes lo disfrutan, deteriorando su percepción de las cosas y eclipsando su compromiso moral con lo que les votaron, de modo que pierden su confianza, luego su apoyo y finalmente se ganan su desdén y no los votan más, yo no creo que los alarmantes síntomas de decadencia mostrados por el PP en los ámbitos que aquí se señalan y en los términos concretos que se apuntan, tienen remedio. El PP presenta todavía una hoja de servicios en el que el debe es muy superior al haber, pero en la que hace tiempo que no se escribe recto aunque sea con renglones torcidos sino que parece que se haya agotado la tinta de la inspiración. Esa inspiración es siempre de orden moral, ideológico, sólo en segunda instancia político y finalmente Presupuestario. Pero sin una idea moral de fondo, no hay buenos presupuestos y sin unas buenas ideas no puede haber una buena política.

Yo creo que lo esencial del programa del PP desde 1990 es válido y que sólo se ha cumplido en una pequeña parte. Y creo que hay una mayoría de españoles que sigue esperando de Aznar el cumplimiento de esas promesas de libertad y prosperidad, de defensa de España y regeneración de las instituciones, de pluralismo en los medios de comunicación, de trasparencia y honradez en la administración de nuestros dineros que en parte han cuimplido pero que en parte aún mayor queda por hacer. Yo estoy con el Aznar de aquella esperanza y estoy contra el Aznar de esta parálisis. Yo estoy contra este Aznar porque sigo estando con el Aznar a quien voté, con el Programa político en el que confié, con los valores y las ideas que presentó a nuestra consideración como ciudadanos y que hemos apoyado una y otra vez, hasta cuatro veces. Yo sólo estoy contra el Aznar que no está con Aznar, contra el que en los últimos tiempos parece empeñado en borrar los tiempos primeros.

Este sentido crítico no nace de la nostalgia sino de la exigencia. Somos los ciudadanos que pagamos el sueldo a los políticos los que podemos y debemos pedir cuantas a nuestros representantes, no ellos los que tienen derecho a molestarse porque los ciudadanos les damos la espalda. Ellos están para servirnos a nosotros, no nosotros para servirnos a ellos. Si Aznar no se reconcilia con sus bases, el PP está condenado a un largo, larguísimo destierro fuera del poder. Si el PP no recapacita y hace honor a sus promesas electorales, el PSOE estará en la Moncloa en el 2004 y Zapatero será el sucesor de Aznar. Pero eso no es irremediable. En este libro yo creo que hay materia más que suficiente de reflexión como para restaurar ese contrato político, esa confianza que tanto costó conseguir pero que tan buenos frutos ha rendido a España desde 1996. Es verdad que el Poder suele ser inasequible a la humildad y a la autocrítica, pero los que estamos a pie de ciudadanía, en la forja de la opinión pública, no podemos renunciar a esa esperanza. Porque el voto es nuestro, la legitimidad es nuestra, el Poder, en ultima instancia, es nuestro, y sólo temporalmente lo delegamos para un uso pactado y limitado. No espero que los políticos lo entiendan, pero sí que los lectores de este “Con Aznar y contra Aznar” se den cuenta de lo que vale su voto y no lo dilapiden en la incondicionalidad caudillista ni lo archiven en el cajón de las decepciones. Nada está perdido del todo. Ni siquiera Aznar. Todo es posible, todavía.

La dificultad de una copulativa

Este libro encierra en su título, en el “con y contra”, un chiste privado que quizás sólo Aznar haya entendido a la primera pero que puedo y quiero explicar públicamente. Hace setenta años, el pasable periodista e indeseable político que fue Indalecio Prieto, gran amigo del abuelo de Aznar y luego su más feroz debelador en el artículo titulado “Historia de un perillán”, tan recordado siempre en las páginas de opinión de “El País”, publicó un libro en el que recogía sus discursos y artículos sobre Alfonso XIII. Se titulaba y se titula “Con el Rey o contra el Rey”, porque para Prieto, que no era “socialista a fuer de liberal”, sino sectario a fuer de socialista, no cabía alternativa entre la crítica al Rey y la permanencia del monarca y de la propia institución monárquica. O se estaba con el Rey o se estaba contra el Rey. Y ese sectarismo, servido por una capacidad de mentir casi infinita y por una audacia sólo comparable a la falta de vergüenza, se impuso en España no sólo contra el Rey sino contra todo lo que no fuera la política autoritaria y, tras perder las elecciones del 33, decididamente totalitaria del partido de Prieto, Largo Caballero y Negrín.

Yo he querido, sin perder el humor, enmendarle la plana a Prieto en este libro a propósito del nieto de su íntimo enemigo Aznar. Porque creo que en la vida pública, si se cree de verdad en la democracia y en la libertad de opinión, se puede y se debe estar con un político o con una política en algunas cosas y en contra de otras. Creo que se podía estar contra Alfonso XIII en unas cosas y con Alfonso XIII o al menos con la monarquía en otras. Que no era necesario llegar al “o”, aunque en la literatura política siempre sea más lucida la conjunción disyuntiva que la copulativa.

Esto, que ya es difícil en una persona que encarna una institución, resulta casi imposible cuando hablamos del jefe de un partido y del Gobierno, porque en nuestro país, en parte debido a la monstruosa deformación de la estructura de medios de comunicación, que sectariza implacablemente, con razón o sin ella, a los opinadores y a los opinados, se ha creado un clima de disyuntiva perpetua, imponente y excluyente. El título de este libro asombrará a muchos y hará sonreír a muchos más. ¿Cómo se puede estar con y contra un señor? Pues si ese señor es político, depende de lo que haga el señor. Y si uno ha votado a ese señor, pues depende de lo que haga con nuestro voto. Yo no sólo he votado a Aznar todas las veces en que se ha presentado a las elecciones, que son cuatro, sino que he tratado de convencer a la gente en que pueda influir para que hiciera otro tanto. O, por lo menos, para que lo pensase. En este libro puede verse hasta qué punto en mi vida personal y ciudadana ha sido importante esta relación con el político que viene representándome, por mi voluntad, desde hace trece años. Para salvar esa relación de libertad, de ciudadanía he debido sacrificar el confort espiritual y las seguridades materiales que el Poder ofrece a quienes aceptan tener con él una relación poco exigente. Yo no puedo. He defendido demasiado a Aznar como para despreciarlo. Pero, sobre todo, sé que mi dignidad como ciudadano está por encima de mi condición de votante. Y que esa dignidad me obliga moralmente a decir, en el ejercicio de mi función intelectual, lo que me parece bien y lo que me parece mal de Aznar, de su gobierno y de la Oposición que le busca las cosquillas y busca heredarle.

Este libro explica –creo que no mal del todo- las razones para estar con Aznar “y” contra Aznar, no con Aznar “o” contra Aznar. La diferencia es ni más ni menos que la libertad intelectual, de asentir y disentir del Poder. A la vista está que el Poder no acepta esa libertad, pero a nosotros nos toca obligarla a hacerlo. Y si no, a cambiarlo. Ojalá la disyuntiva de aquel libro de Prieto no se oponga a la copulativa de este libro sobre Aznar. No estoy seguro de que así sea, pero sí de, para intentarlo, he hecho lo que tenía que hacer. Ojalá el lector sepa apreciarlo o disculparlo.

Dixit, et salvavi animam meam.

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