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Federico Jiménez Losantos

¿Leyes de rebajas o rebajas de leyes?

Federico Jiménez Losantos
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Hay algo de magia y de prestidigitación en las rebajas de Enero: cuando parece que todo el mundo se ha gastado en las fiestas navideñas más de lo que debía y aun de lo que tenía, de pronto, nada por aquí, nada por allá, tatatachán: los precios se quedan en la mitad y el dinero retoña milagrosamente en los bolsillos de los compradores y sobre todo de las compradoras, que se lanzan como posesas a la caza de la ganga.

Una imagen tradicional acompaña el comienzo de las vacaciones navideñas: los habitantes de cualquier país cercano al Círculo Polar Artico rompiendo el hielo para bañarse, en Rusia incluso desnudos. Otra imagen tradicional las cierra: una marabunta de señoras de toda edad y condición aplastadas contra las puertas de los grandes almacenes en espera de que las abran y, cuando eso se produce, protagonizando una estampida hacia los mostradores y emprendiendo un diluvio de codazos antes de tremolar los despojos de su cacería comercial. Todos los años nos sorprenden los que se bañan en hielo y las que se chapuzan en rebajas. Deberíamos estar acostumbrados, pero no: la sorpresa nos gusta más que la certeza, aunque sea una sorpresa que no sorprende a nadie.

Hace años que, junto a las imágenes de la estampida compradora, aparecen también las de sesudos varones y severas hembras que denuncian la estafa de las supuestas rebajas: precios manipulados, mucha mercancía mediocre camuflada entre la poca buena, engaño, en fin, al consumidor que recibe gato por liebre. Al final, tras muchos años de denuncias, hay ya legislación sobre rebajas y quizá la ley más seria es la que impide que se venda como rebajado un artículo que antes no haya sido puesto a la venta. Si esa ley existe, es porque se sabe de la existencia de grandes factorías que producen ropa barata sólo para rebajas. Pero ¿Hay posibilidad real de saber si lo que se vende es nuevo en el mostrador? Y si técnicamente la hay, ¿se comprueba de verdad? Hay quien piensa --y no estamos lejos de compartirlo-- que la ley es tan estricta que garantiza su incumplimiento.

¿Por qué no admitir que el consumo es un atributo de la libertad y que no tiene que ver con la necesidad material sino con el capricho y el juego, que son necesidades psicológicas? Como Sombart mostró en "Lujo y capitalismo", el adorno, la presunción, el derroche y el despilfarro son inseparables del comercio y de la prosperidad en la Europa moderna. No es más ni menos justificable el consumismo frenético en enero que en diciembre. Pero tal vez con menos moralina anticapitalista podríamos tener unas verdaderas leyes de rebajas y no las grandes rebajas legales de la "cuesta de enero".

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