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Federico Jiménez Losantos

Los empresarios con el Golpe de Estado, la Nación se atrinchera en Madrid

España se ha partido definitivamente en dos ante el indulto al golpismo. Y no hay ni puede haber término medio.

Federico Jiménez Losantos
España se ha partido definitivamente en dos ante el indulto al golpismo. Y no hay ni puede haber término medio.
Ayuso y Montasterio | EFE

Desde 1808, pocas veces se ha visto tan claramente dividida España como en esta última semana. Mientras estallaba en Barcelona un sórdido motín de millonarios contra España para cercar al Rey, en Madrid se alzaba la voz de la nación y de la libertad, harta del golpismo y de la izquierda cómplice. La investidura de Isabel Díaz Ayuso, con sus votos y los de Vox, fue una inolvidable exhibición de la superioridad intelectual y moral de la Derecha frente a la idiocia miserabilista de la Izquierda, cuyo símbolo es ahora un inmigrante ilegal, jefe del hampa mantera, que tras quince años aquí aún no sabe hablar español y no pudo jurar la Constitución sabiendo lo que juraba.

La imagen de la alternativa

Como un analfabeto hace ciento, y el maricomplejinismo es un virus más resistente que el Covid 19, la nueva presidenta de la Asamblea quiso arrodillarse ante esta versión cutre del Black Lives Matter y borrar, a lo Meritxell, lo que ese ciudadano español que no sabe español dijo haber oído, algo así como "rasimmo", cuando Monasterio había dicho "ilegal".

Naturalmente, Carballedo, que acabó expulsando a unas sororas del mantero -que alzaba ridículamente el puño, supongo que contra el pueblo de Madrid allí representado- no supo decir qué palabras quería borrar, al exigírselo Monasterio. Había oído "rasimmo" y corrió a arrodillarse ante los comunistas y buscavidas que viven de explotar los eternos complejos del PP, que así acaba en el matadero. Menos mal que llegó Ayuso y lo resucitó. La mano de bofetadas a Medimadre fue apoteósica. Y la imagen de Monasterio felicitando a Ayuso, después de que ésta defendiera a Vox frente a los socios de Bildu fue, sencillamente, la de la alternativa al socialismo al comunismo y al separatismo. La única posible y deseable.

Esa foto no es sólo la de una relación cordial sino la de una alianza estratégica y la de la única posibilidad de derrotar al golpismo sanchista. Casado, no escarmentado en Barcelona, se portó decentemente ante la violencia verbal del empresariado golpista y aventó cualquier atisbo de complacencia con el consenso forjado esta semana por el Gobierno, los obispos satánicos y los empresarios del Prusés, a los que se ha unido el presidente de la CEOE, previamente condecorado por Margarita Robles.

Ambos, el renegado de la unidad de mercado y la desertora de la Defensa Nacional, han demostrado que en el sanchismo no cabe decoro institucional. Ante el Golpe de Estado, asumido por el Gobierno para blindar a Sánchez, se han quitado la careta los que le servían de coartada y han dejado en ridículo a la derecha que piensa "porque no puede pensar otra cosa", que el PSOE sea algo distinto de la banda de Sánchez. Y la magistrada del Supremo que dice que aceptar el indulto es pedirlo o asumir la condena es sólo una pieza de la prevaricación general. Garamendi, tras ponerle un sueldo a Fátima Báñez, puede ser ministro del Indulto, asesorar a alguna Abengoa o a Nadia Calviño. España se ha partido definitivamente en dos ante el indulto al golpismo. Y no hay ni puede haber término medio.

Un capitalismo de trampa y cartoné

Que no vuelva más a quejarse ninguna asociación empresarial, si no echan a Garamendi de la CEOE y rompen con el Círculo de Economía del golpismo de la mala imagen que de los empresarios dan los libros de texto. Su avaricia, su doblez, su cortoplacismo, su abyecta sumisión ideológica, ese pancismo del Ibex35 que cree que por estar cotizado tiene excusa para servir al Golpe y colaborar mirando a otro lado en la destrucción de España puede olvidarse de cualquier comprensión. Cuando una Nación lucha por sobrevivir, o se ayuda a la Nación o se ayuda a sus enemigos. Y los empresarios están ayudando, por activa o por pasiva, a los enemigos del régimen constitucional, de la propiedad privada y de la libertad individual. Ayer se preguntaba Javier Somalo:

"¿Por qué con Ada Colau en Barcelona y no con Rosa Díez en Colón? ¿Por qué con Garamendi en el Círculo y no con Fernández Lasquetty en la Puerta del Sol? ¿Por qué sufrir plantones, escarceos, pitadas y chantajes si hay ovaciones esperando? Entre todos, dejamos que se oigan más unas cosas que otras huyendo de la auténtica normalidad, la de una España que es decente, quiere trabajar y cree en la Justicia, no en la venganza. Esto último es tan indiscutible como el medio siglo de terrorismo que pasamos sin revanchas personales de las víctimas."

Y Jorge Bustos, en El Mundo, decía sobre "La otra desafección":

«Están tan preocupados por la desafección de una élite catalana que no oyen crecer la desafección española, mucho más vigorosa», me escribe un amigo que clavó el 4-M. Ese cabreo sordo está larvándose bajo la alfombra de mentiras que Sánchez ha tendido a los pies del supremacismo indultado. Las élites pisan satisfechas la mullida retórica de la concordia, pero el pueblo empieza a echar miradas torvas a La Bastilla. Los privilegios dejan de tolerarse cuando el agraciado muerde la mano que firma la gracia y reincide en su plan para cegar el reparto, que eso es la autodeterminación. Lo que pasó el 4-M debería haber abierto algunos ojos. Pero si los hubiera abierto, no estaríamos denunciando aquí la ceguera suicida de las élites."

Traición institucional y complicidad mediática

Esta es la cuestión: esas élites o poderes fácticos, asustados ante Barcelona, han vuelto la espalda a Madrid. Acostumbrados a agacharse ante el poder político, no ven que, al frente de un pueblo harto de ver cómo atropellan sus derechos, marcha a toda velocidad otro poder y otra política. Y esta ceguera voluntaria del mundo empresarial, que financia la ruina de PRISA y de muchos medios golpistas, además de desfilar como marjorettes cuando Sánchez toca el pito, se convierte en alta traición cuando hablamos de instituciones como el Gobierno, la Fiscalía General del Estado, no pocos jueces con ganas de ascender y varios partidos políticos que deberían estar ilegalizados, como hijos felices del terror y padres del golpismo irredento.

Esa ceguera y esa traición son, sin embargo, ocultados por unos medios de comunicación masivamente alineados con el Golpe de Estado asumido por Sánchez. Si la reacción popular de Madrid, hija del hartazgo y del agravio no es percibida como una ola de indignación nacional, aunque lo sea, se debe a la férrea censura que sobre la realidad impone el dominio de esos medios sobre todo audiovisuales, por parte de la Izquierda y del separatismo de toda laya, entregados al diario y feroz linchamiento de Vox. Que buena parte de la culpa de esa entrega a la Izquierda la tenga el PP no alivia el problema ni, menos aún, lo resuelve. Pero es la clave del desastre. Si los medios denunciaran habitualmente las trolas de Sánchez, no mentiría tanto. Si los escándalos del PSOE actual fueran tan aireados y criticados como los del PP de ayer, los sociatas habrían tenido ya que huir de España.

Un discurso para destruir a la Izquierda

Los medios no sólo facilitan o impiden la crítica al Poder. Son los mecanismos que implantan o condenan los términos del discurso político. La dictadura mediática de la izquierda es, sin embargo, tan agobiante, que la derecha política se define contra esos lugares comunes convertidos en sagrados por los medios progres. De ahí la importancia, de nuevo, de lo sucedido en Madrid, que es el triunfo del sentimiento y del razonamiento del pueblo contra un discurso insoportable. Un sentir y un pensar nunca excluyentes, pese a lo que digan los fatuos que se van de listos de la Razón frente a los tontos de la Emoción. ¡Como si una cosa excluyera a la otra!

Ayuso y Monasterio construyeron sus discursos en la investidura de la presidenta de Madrid como una enmienda a la totalidad de los lugares comunes de la izquierda. De hecho, no hubo una sola de sus afirmaciones que no incluyera la burla, la sátira, la condena y la negación del socialismo en todas sus variantes, desde el pijismo verde al supuesto antirracismo rojo. Nada de ecumenismo, nada de "diálogo con el adversario, nunca enemigo". La izquierda es enemiga de España y de la Libertad, y debe ser combatida sin descanso, como es combatida la Derecha, singularmente Ayuso y Vox.

Los grandes momentos de Ayuso en su discurso de réplica a todas las Izquierdas rompen una tradición de bienquedismo y abdicación moral, la fea costumbre de la Derecha de no combatir a la Izquierda si llega al Poder. Hay una necesidad egoísta de seguir luchando: en dos años hay elecciones en Madrid, que Sánchez intentará que no coincidan con las Generales, pero que sin duda estarán relacionadas. Y hay una necesidad ética aún mayor: la Izquierda quiere deslegitimar, con la Derecha, a la Nación y a la Libertad. Esa va a ser la guerra de ideas en estos años. Y como la Izquierda ha unido su futuro al de los peores enemigos de España, que son el separatismo y el comunismo, para derrotarlos, la derecha tiene que destruir a esta Izquierda.

El PP de Ayuso y Vox no sólo lo hacen: es evidente que lo disfrutan. Ese afán de lucha, ese humor de victoria es lo que necesita la Nación, atrincherada en Madrid, ante el Golpe de Estado asumido por Sánchez y apoyado por un hato de empresarios sin escrúpulos y una recua de políticos sin vergüenza.

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