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Federico Jiménez Losantos

Los errores de Aznar

Federico Jiménez Losantos
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- Los méritos de Aznar, por Federico Jiménez Losantos.

Si los méritos indiscutibles de Aznar al frente del PP son los de haber sabido organizar una alternativa al socialismo en torno a las ideas de España y la libertad, los errores o flaquezas de su proyecto se derivan de no haber sido nunca consecuente del todo con esas ideas, de haberlas convertido en fórmulas de mercadotecnia política sólo vigentes cuando resultan útiles. La canonización del “centrismo” como paradigma ideológico nacional e incluso internacional es el síntoma de una visión tecnocrática de la política que la priva de los resortes morales e ideológicos sin los que está irremediablemente condenada a la mediocridad y, más que probablemente, a la corrupción.

Probablemente Aznar capta muy bien, porque es el primero en tenerlo, el sentido utilitario que los políticos profesionales dan a las ideas, prescindibles o desechables en cuanto les alejan siquiera momentáneamente del Poder. Sin duda el centrismo es la ideología más cómoda para los políticos de la Derecha clásica que aspiran a llegar al Poder y conservarse ilimitadamente en él. Pero un partido político no debería ser sólo un instrumento de los políticos sino un modo de orientarse que tiene la sociedad -en este caso la española- en función de una serie de valores constituyentes. Aznar ha llevado muy lejos, quizás demasiado, esa especie de sobreentendido, el “centrismo”, por el que la sociedad le vota no en función de lo que dice sino de lo que se supone que significa lo que dice. Hasta ahora esa ideología que consiste en prescindir de la ideología ha sido bien acogida en el mercado electoral de una sociedad descreída, desmoralizada y desvertebrada como es la española. Pero acaso eso se deba a que todavía se conserva la memoria de los años de dominación felipista y a que el PSOE se ha ido desdibujando como alternativa sin saber asentarse como relevo natural del PP. Sin Aznar y sin la argamasa del Poder, el PP es una cáscara vacía. O para ser justos, medio vacía.

Por que lo curioso y en buena medida lo irritante del proyecto de Aznar es que, con buen olfato, tampoco prescinde de lo que en última instancia justifica la existencia del PP. La ponencia sobre el “patriotismo constitucional” es una forma enrevesada de asumir que la defensa de España como nación debe estar en primera línea de la actuación política en los próximos años y que su máximo valor moral reside en que es la única que sostiene y defiende las libertades individuales, de alguna manera plasmadas en la Constitución. Pero desde el Gobierno de España no se puede organizar una ofensiva en regla contra el nacionalismo vasco mientras se ofrece una rendición incondicional al nacionalismo catalán. No se pueden establecer diferencias ideológicas inexistentes en la práctica -Pujol es el primer apoyo del PNV, como prueba la Declaración de Barcelona- sólo porque conviene a la táctica política. O sí se pueden, pero la realidad suele pasar luego facturas muy onerosas a quien la conjura mediante filtros verbales y la esconde bajo capas de prosodia aséptica. La recentísima decapitación de Redondo Terreros por el felipismo tardío –que dota al PP de mayor fuerza y virtualidad que nunca como partido nacional– tiene un precedente, que es la de Vidal Quadras por el aznarismo temprano. Si los dos partidos nacionales no asumen que hay que defender las mismas ideas en toda España y todo el tiempo, la batalla de la libertad y de la integridad nacional, que es la misma, está perdida a largo plazo.

En cuanto a la superación del paradigma socialdemócrata, aunque enunciada muchas veces, todavía está por hacer. Hay avances importantes, por ejemplo el control presupuestario, del déficit y de la inflación, pero el impulso político para promover reformas estructurales que liberalicen y modernicen a la sociedad española –laborales, educativas, fiscales, del suelo, de la propiedad– parece aparcado indefinidamente en favor del uso y disfrute del Poder, prioridad máxima de todos y única de muchos. En cierto modo es coherente con la insuficiencia ideológica anterior, pues parte de la misma desconfianza hacia la sociedad española, cuya libertad se teme más que se protege.

En fin, ese atavismo genuinamente conservador y profundamente antiliberal impregna la que a largo plazo tal vez sea una de las mayores catástrofes en estos seis años de Gobierno del PP, su política desnortada y liberticida en los medios de comunicación. Si la prensa libre constituye la boca, los ojos y los oídos de una sociedad democrática y viva, la española bajo el aznarismo es o está más sorda, más ciega y más muda que bajo el propio felipismo. Nunca, desde finales de los 80, la televisión ha sido más pública, la radio ha sido menos plural y la prensa escrita nacional más escasa y más sujeta a las servidumbres políticas. Aznar ha destruido el frágil ecosistema de los medios tradicionales de la Derecha para asegurarse su control a corto plazo y ha sido patéticamente incapaz de edificar nada que sobreviva a su estadía o la del PP en el Poder. Esta es la tercera cruz de ese proyecto de dos caras –como mínimo– que ha sido, es y seguramente seguirá siendo el de José María Aznar.



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