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Federico Jiménez Losantos

Los méritos de Aznar

Federico Jiménez Losantos
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Sólo el patológico sectarismo de la izquierda y la incurable paranoia de los nacionalismos antiespañoles explican que ni siquiera con ocasión del último congreso del PP que se celebra bajo la presidencia en el Gobierno y la omnipresencia en el partido de José María Aznar se hayan reconocido los méritos del que ya es el líder más importante y sólido de la Derecha española en los últimos veinticinco años. Muchos más, si nos referimos sólo a la Derecha democrática y liberal.

Pero cualquiera que recuerde los terribles años de aplastante hegemonía socialista tras el suicidio de UCD, aquella ominosa década del 86 al 96 cuyos efectos más nocivos aún se perciben y operan en la España actual, deberá reconocer el extraordinario cambio que la Derecha ha sufrido -y en estos momentos disfruta- desde que José María Aznar sucedió a Manuel Fraga en la presidencia de la antigua Alianza Popular, rebautizada (en aquel momento se cobijó bajo el manto de la Internacional Democristiana) como Partido Popular. Aznar ha forjado, no él solo pero sí controlando personalmente todo el proceso, el que hoy es sin la menor duda el partido político más poderoso e importante de España. En muchos aspectos, el único partido nacional. Y en una democracia de partidos, como la española, no reconocer ese mérito objetivo es, sencillamente, negar la realidad.

Aznar no sólo ha creado una eficacísima -y por ello temible- maquinaria de poder. También ha sabido impregnar al PP, junto al sentimiento y la idea de España que constituyen su venero más hondo, de un cierto liberalismo en materia económica que casi siempre ha fallado en los resortes de la Derecha española, abonada endémicamente al proteccionismo y la idolatría estatalista. Ese ingrediente liberal ha sido y es la base de sus éxitos en las tareas de Gobierno. Que esté aún muy lejos de lo que los liberales españoles desearíamos y de lo que el propio Aznar prometía en la Oposición no debe impedirnos reconocer sus logros y menos aún constatar la enorme diferencia que lo separa del PSOE, otrora primera fuerza política de España y hoy sumido en una inquietante deriva fuera de cualquier proyecto nacional y al margen, como casi siempre, de la idea de Libertad. La Constitución y la nación españolas no tienen hoy más valedor fiable que el PP de Aznar. Esa es la realidad. Sería injusto y hasta suicida no reconocerle ese valor.

La máquina política del PP es hoy infinitamente más sólida que su proyecto ideológico, esencialmente gaseoso. Nunca ha significado nada el centrismo y ahora que ocupa todo el espacio que va desde la extrema derecha a la izquierda moderada todavía significa menos. Sin embargo, como ideología de Poder permite al menos sobrevivir a ciertos proyectos de libertad individual y autonomía de la sociedad que el socialismo y el nacionalismo separatista, las otras dos fuerzas actuantes en la España actual, no sólo impiden sino que proscriben y persiguen. También ese mérito -o esa caridad- hay que reconocerle a José María Aznar. Sus deméritos o errores merecen capítulo aparte. Pero para criticar con fundamento, lo primero es reconocer lo que se ha hecho. Y sería una mezquindad no reconocer en sus justos términos lo que ha hecho y, sobre todo, lo que no ha deshecho José María Aznar. A la vista está.

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