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Federico Jiménez Losantos

Los socialistas van a lo suyo

Federico Jiménez Losantos
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Los socialistas -el último, Alvaro Cuesta- piden elecciones en el País Vasco. Los mismos socialistas -la penúltima, Trinidad Jiménez- declaran su amor al PNV y su vehemente deseo de "recuperarlo para la unidad de los demócratas". ¿Hay contradicción entre el afán de forzar a Ibarreche a disolver el Parlamento Vasco y la evidente intención de dejar solo al PP ante la responsabilidad de enfrentarse con el terrorismo etarra y sus cómplices de Estella? Ninguna. Para el PSOE se trata de volver al poder en cualquier caso; cuanto antes, mejor.

El hecho de pedir elecciones ya le acerca en términos de imagen al PP y contenta a su electorado, pero además desde una mejora de sus posiciones electorales tiene más facil reeditar el viejo pacto de Gobierno con el PNV. Si la aritmética de las urnas les impide pactar con los nacionalistas se volverían hacia el PP. Y si se lo permiten, se arrojarán de hoz y coz en brazos de Arzallus, Garaicoechea y hasta Javier Madrazo. No hace falta demasiada imaginación para avizorar el poco edificante espectáculo de un Ibarreche otra vez lendahakari, pero con Nicolás Redondo de vicelehendakari sustituyendo a Idoia Zenarruzabeitia. ¿Una estafa moral? Sin duda. ¿Un suicidio político? Tal vez. En todo caso, este es el guión de Felipe González que está poniendo en escena la compañía de teatro "Pablo Iglesias".

Los efectos que esta vía política por la que ya camina el PSOE sin más vacilaciones que las que exige la astucia electorera serán devastadores. Por de pronto, el plante de los partidos constitucionales españoles ante el Gobierno de Estella se romperá para dar paso a una relegitimación no del Gobierno vasco sino del propio Pacto de Estella o del separatismo del PNV, más indudable que nunca. El PSOE dejará claro que pactar con los terroristas no es algo que suponga la pérdida de aliados. Al contrario. Será el PP el que reciba como premio a su heroica labor de resistencia ante el terror y a su firmeza en el rechazo a las complicidades de Estella una bofetada política y moral por parte de quienes evidentemente prefieren un partido nacionalista malo antes que un partido constitucional bueno.

Cuando González, hace apenas dos meses, optó públicamente por Arzallus frente a Aznar, muchos creyeron que su partido, por simple higiene moral y por un razonable cálculo político a medio plazo, no le seguiría. Se equivocaron. Nos equivocamos. Si ahora pide elecciones es para acelerar cuanto antes esa puñalada trapera por la espalda a la democracia española. Aparte de considerarlo bueno o malo, comencemos por constatar que se trata de algo ya decidido y, si los votos no lo impiden, irreversible.

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