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Federico Jiménez Losantos

Menoyo ayuda a Castro y viceversa

Federico Jiménez Losantos
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El anuncio de que Eloy Gutiérrez Menoyo se queda en La Habana para facilitar el cambio político es un episodio más en la poco edificante deriva del que fuera muchos años preso político a la fuerza y, por lo visto, pretende seguir siéndolo voluntariamente. La razón es más coherente desde un punto de vista psiquiátrico que político: Menoyo cree que estando al lado de su carcelero podrá quedarse con la finca-prisión cubana, siempre que Castro muera antes que él. Por supuesto, Castro está seguro de enterrar a Menoyo o, si llegara molestarlo un poco, sólo un poco más que a su machacada oposición, encerrarlo un par de horas y devolverlo a los USA, para mortificarlo. En ese juego de dos presuntos gatos viejos que se pretenden sabios, sólo uno tiene uñas; el otro no pasa de ratón con ínfulas felinas. Pero a todo loco que se pretende Napoleón lo que le mortifica no es la realidad sino, como es lógico, el comportamiento de Josefina.

No es la primera vez que Menoyo juega a ser la oposición tolerada de una dictadura, la castrista, que nunca ha tolerado ninguna oposición. Ya a mediados de los noventa trató de quedarse en La Habana y hasta abrió una oficinita de Cambio Cubano, su partido político personal, confiando en la tolerancia de su antiguo cómplice de fechorías terroristas, también llamadas guerrilleras. Pero en cuanto agotó las descalificaciones contra la oposición de Miami o de la propia Cuba, Menoyo sobraba y, efectivamente, sobró. Lo mismo que, pese a la buena voluntad de medios periodísticos y políticos anticastristas, que se lo perdonan casi todo, sucederá ahora. Las declaraciones de Vladimiro Roca o Elizardo Sánchez, si se miran de cerca, no manifiestan ninguna esperanza en la tarea de Menoyo como refuerzo de la oposición interna, masacrada tras las condenas de Raúl Rivero y la plana mayor de la disidencia. Lo único que muestran es una firme desconfianza y una sólida cautela en la descalificación, algo lógico dada la desesperada situación en que se encuentran, que Menoyo difícilmente empeorará. Pero tampoco la mejorará. Simplemente, Menoyo vuelve a dejarse utilizar por la dictadura como si la utilización pudiera ser mutua. Lo cual denota casi más cara dura que vanidad.

El permiso castrista para esta mascarada es, por desgracia, una prueba de fuerza de la dictadura, que tras los fusilamientos y la redada masiva de disidentes puede también presumir de la claudicación de la Administración USA en materia de refugiados. Los últimos que pidieron asilo político tras atravesar las aguas infestadas de tiburones fueron devueltos a la isla, donde sus derechos serán los mismos que les llevaron a huir. A propósito de este humilde acto de miedo a Castro por parte del fiero vencedor de Sadam, la Fundación Cubano Americana -antaño gran agente electoral de los republicanos- ha publicado un patético anuncio en la Prensa miamiense pidiéndole más dureza al presidente aunque aún no sea temporada electoral, que es cuando los cubanoamericanos son cortejados por todos los políticos que, tras las elecciones, los traicionan. Inútil petición. Está claro que la represión implacable y la amenaza de “marielitos” siguen siendo herramientas eficaces para que Castro mantenga un régimen sin más futuro que el de su persona. Ese futuro vaciado en pasado y teñido de sangre al que inútilmente pretende asociarse Menoyo desde hace muchos, muchos, demasiados años.

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