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Federico Jiménez Losantos

Mucha imagen y muy poquito más

Federico Jiménez Losantos
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La encuesta de Tele 5, seguramente no marcada por la hostilidad, arroja unos datos sorprendentes acerca de la popularidad del nuevo Secretario general del PSOE, Rodríguez Zapatero. Estar cerca de Aznar y por encima de Rato tiene mucho mérito, sobre todo cuando la labor del Gobierno merece un aprobado y la de la Oposición un suspenso; alto, pero suspenso. Parece evidente que Zapatero empieza a rentabilizar lo que hasta ahora es su único activo: la imagen, que es lo primero que valoran las encuestas. En cuanto a su tarea política, de momento, nada con sifón. Pero está claro que la gente agradece las burbujas transparentes, la ligereza amable y navideña del nuevo estilo socialista después de haber apurado hasta las heces el mosto avinagrado de las barricas del felipismo.

Ahora bien, la experiencia del PSOE desde que González dijo que se iba y no se fue demuestra que, teniendo un dragón en casa dispuesto a merendarse cada año a una princesa, la imagen no sólo es insuficiente sino contraproducente para evitar los peligros del canibalismo interior. La buena imagen excita los celos del que la tiene mala y sin un poder real que la sustente se convierte en un boomerang contra el agraciado candidato. Recuérdese el caso Borrell. Zapatero debería empezar a construir un discurso político, una línea propia que lo saque de esa situación, cómoda pero con fecha de caducidad, de representar "el socialismo con rostro humano" o, más caseramente, "el felipismo simpático".

La sórdida reyerta a propósito del acto de homenaje a las víctimas del terrorismo demuestra que, hoy por hoy, Zapatero tienen mucha imagen pero muy poquito más. Para González y su agente Rubalcaba es mortificante que sea el PP el primero que haga lo que él debía haber hecho hace muchos años, durante los catorce que estuvo en el Poder. Pero es que en esos largos y tortuosos años González oscilaba entre el GAL y Argel, mientras su ministra de Asuntos Sociales, Matilde Fernández, negaba cualquier ayuda a la Asociación de Víctimas del Terorismo, porque, evidentemente, no era tan progresista ni tan lúdica como las amazonas sandinistas, las lesbianas de barrio o los expertos en genética de la lenteja. De aquella miseria conceptual, política y moral no se sale tan fácilmente, sobre todo cuando el arrepentimiento o las simples disculpas no figuran entre las costumbres de los socialistas contemporáneos. Zapatero entró sólo a medias en la trampa del rencor felipista, pero entró. Y el Gobierno cometió un error al soltarle el zambombazo del GAL, identificándolo así con el origen de su mezquindad, que no es otro que González. Pero ¿qué más quiere González sino eso: que se identifique a Zapatero con el GAL y, por tanto, con él? Ni le conviene a Zapatero ni le conviene al PP si es que se ha tomado en serio la tarea de fabricar un Sagasta. Claro que para fabricar algo, lo primero que hace falta es materia prima. Y la "materia Zapatero" es, de momento, gaseosa.

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