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El PSOE ha creído percibir en Rajoy la resistencia esencial a que avance la Comisión, al menos por el lado popular. De ahí que lo amenacen, por si decide anunciar que no tiene nada que ocultar y que estará encantado de comparecer.

Federico Jiménez Losantos
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Aunque la responsabilidad máxima de este desastre corresponda al PSOE y su Frente Antipopular, toda la clase política está quedando mal, horrorosamente mal, en la Comisión del 11-M. Sólo faltaba que José Blanco amenazara públicamente a Rajoy con llamarlo a declarar como venganza por haber convocado a Zapatero para que todo el mundo perciba hasta qué punto las peticiones de comparecencia son simples armas arrojadizas entre partidos, y que no hay un interés real en utilizar las facultades del Parlamento para hacer lo que en otros países sí son capaces de hacer: una investigación que arroje luz sobre los hechos eliminando dentro de lo posible el partidismo en su interpretación, sea a favor del Gobierno, sea en provecho de la Oposición.
 
Lo peor de los partidos, sobre todo cuando los representan teloneros del fin de semana, es que se les entiende todo. El PSOE ha querido transmitir que la comparecencia de Aznar ha sido porque le han obligado a ir, y el PP ha tenido que empujar lo suyo para que aparentemente aceptara otro tanto el actual presidente del Gobierno. Pero que los socialistas no están contentos lo demuestra la amenaza de su secretario de Organización. ¿Y a qué viene esa amenaza, si Zp se mostraba feliz y contento de poder ayudar a la Comisión? Pues a que, evidentemente, no lo estaba ni lo está. Y a que el PSOE ha creído percibir en Rajoy la resistencia esencial a que avance la Comisión, al menos por el lado popular. De ahí que lo amenacen, por si decide anunciar que no tiene nada que ocultar y que estará encantado de comparecer. Es una cata: si lo hace, mal, porque en efecto no parece que le apetezca mucho. Si no lo hace, peor, porque parecerá que no colabora o que tiene algo que ocultar. En fin, que seguimos con el juego sucio, los sobreentendidos, los chantajes apenas velados y una comisión que avanza a ritmo de revelaciones periodísticas. Es decir, con lo que revela El Mundo y pese a la contraprogramación de El País, que, por cierto, está siendo uno de los grandes derrotados de la Comisión. No se puede hacer peor, ni siquiera con tan perversa intención.

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