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Federico Jiménez Losantos

No todos los guardias son iguales

Federico Jiménez Losantos
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Los sindicatos policiales no tienen precisamente buena prensa. Al tradicional sesgo ideológico izquierdista se añaden todo tipo de rumores más o menos fundamentados sobre las presiones a que someten de forma sorda pero efectiva el funcionamiento jerárquico del Ministerio del Interior. Nada distinto a lo que sucede con otros sindicatos y otros ministerios, pero con la diferencia de que Interior no es un ministerio más. Ni mucho menos.
 
Pero esos sindicatos tan poco prestigiados han dado una soberana lección política a los diputados, especialmente a los de la Izquierda, al pedir la comparecencia del confidente Zuhier en la Comisión del 11-M y al explicar que debe hacerse, entre otras cosas, porque se está transmitiendo la impresión de que los cuerpos y fuerzas de la seguridad del Estado tienen algo que ocultar. Y eso, dicen, no puede admitirse. Han estado piadosos, porque ya no es una impresión, es una certeza. Y después de la deposición del coronel Hernando una escandalosa certeza, que coloca a la Guardia Civil en la opinión de demasiada gente cerca de la época mafiosa de Roldán. Por supuesto que en aquellos años aciagos la gente del común supo distinguir entre la cabeza podrida del pescado y la centenaria y humilde sardina en cubo de tiempos del Duque de Ahumada, pero el daño para la Benemérita fue terrible. Poco a poco, eso sí, reparado por el sacrificio de tantos guardias anónimos y honrados que se juegan la vida por los ciudadanos, por nosotros.
 
Me atrevo a decir que lo del altanero jefe de la UCO es, para menos gente pero más preparada o politizada, peor que lo de Roldán. Mucha gente ha entendido lo que uno de los sindicatos ha denunciado: que se ha dado la impresión de amenazar a un confidente. Exactamente ha sido así, y es vergonzoso para los representantes de la soberanía nacional que tenga que venir un sindicato uniformado a recordar que eso es intolerable en una democracia. Y es que sus señorías, con la sensibilidad de un adoquín, ni se enteraban de la humillación a que los estaba sometiendo el hombre de confianza de Vera, imputado en el tráfico de 200 millones de dinero negro para comprar el silencio de Amedo y Domínguez. Como bien ha dicho otro sindicato, hay que aventar la idea de que existe una mafia policial, porque eso es letal para la policía y para la democracia. ¿Pero cómo hacerlo cuando una persona con esos antecedentes sigue en ese cargo y hace unas declaraciones que son un insulto a la inteligencia y las remata con lo que todos entendimos como una amenaza al Zuhier que ha hablado y al Trashorras que no lo ha hecho? ¿Cómo no creer en la existencia de una mafia policial ante ese espectáculo de insolvencia intelectual y matonería barata en el propio Congreso de los Diputados?
 
Los sindicatos han demostrado que están mucho más en contacto con la sensibilidad de la calle que los propios diputados, que cobran por eso: por representar a los ciudadanos. Han hecho bien en hablar claro porque todos los policías y todos los guardias no son iguales, porque hay una mayoría de gente que cobra poco y trabaja mucho y duramente. Y esa gente no merece que se les tome por alevines de personajes como Hernando, ni que se les enfrente a la base del pueblo con la que conviven y a la que sirven. Lo triste es que lo que ven estos sindicatos policiales –porque está perfectamente a la vista– no lo vean o no lo quieran ver Rubalcaba, ni Alonso, ni ZP. Pagaremos muy cara esa miopía.   

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