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Federico Jiménez Losantos

Para ayudar, no prestar

Federico Jiménez Losantos
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No tardarán mucho en llegar los heraldos de la renegociación de la deuda argentina, que justificarán en la quiebra de la nación la necesidad de prestarle dinero para que sus ciudadanos no pasen hambre. Pero la cosa debería plantearse exactamente al revés: no hay que prestarle dinero a Argentina porque su Gobierno ha acreditado que, cuanto más se le presta, menos devuelve y más endeuda a las jóvenes generaciones. Es como prestarle dinero a un ludópata: ahonda su ruina sin acabar con su dependencia.

Conviene insistir en el hecho de que los préstamos internacionales se hacen a los gobiernos, no a la gente. Pero que, a cambio, esos gobiernos endeudan a la gente concreta, no al país en abstracto. Si hay mecanismos que permitan ayudar a que los argentinos más humildes no pasen hambre física o carezcan de los auxilios médicos más elementales, es de humanidad hacerlo. Pero los gobiernos corruptos no suelen dejar que la ayuda humanitaria se entregue directamente a quienes la necesitan. Escudados en la dignidad nacional –que ellos no tienen en cuenta a la hora de endeudar y arruinar al país–, consideran una injerencia inaceptable y un atropello a los pobres o al Tercer Mundo darles directamente de comer, sin dejar que les entregue los alimentos y medicinas el país o la organización que los ha llevado, que es el que los paga. Sucede con Castro en Cuba, con Kim Jong Il en Corea y sucede ahora en Argentina con esa patulea de bandidos democráticamente electos que se aplauden frenéticamente a sí mismos al decretar la suspensión de pagos. Como si esa quiebra no fuera responsabilidad suya. Como si la suspensión de pagos fuera una maquinación extranjera y no la constatación de que la clase dirigente argentina es, como dice Thompson de los visigodos españoles, “una mezcla casi insuperable de incompetencia y corrupción”.

A Argentina no se le puede prestar mientras no aprenda a administrarse. A los argentinos concretos se les puede y se les debe ayudar. Pero a ellos, no a Duhalde, ni a Menem ni a De la Rúa, por mucho que lo digan Aznar y Felipe González. O precisamente por eso.

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