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Federico Jiménez Losantos

Por el camino de Aznar o cuesta abajo con Chirac

Federico Jiménez Losantos
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El papel de los Estados Unidos en el mundo no tiene alternativas, salvo su dimisión como primera potencia mundial y principal defensora de un cierto tipo de sociedad que es la democrática, liberal y capitalista. El de los demás países, sí; incluso si carecen de relevancia militar, política, económica o demográfica, porque siempre tendrán ante sí la opción de elegir y desarrollar un cierto tipo de sociedad: la occidental y abierta o la colectivista y cerrada, sea la cerrazón de tipo religioso, racial o cultural. Pero cualquier país con alguna importancia en el concierto mundial se define hoy inevitablemente en relación con los Estados Unidos de América. Ha sido así desde la Segunda Guerra Mundial y lo sigue siendo aún más después del 11-S. Los países de la Unión Europea, que son el segundo poder político occidental y que comparten con los USA un mismo tipo de sociedad y, en teoría, un mismo tipo de valores, deberían ser los primeros e inquebrantables aliados de los USA en la guerra contra el terrorismo que empezó hace justamente dos años. De los 25 países de la UE, 21 han demostrado serlo, y dos en especial, Gran Bretaña y España, lo han sido con todas sus consecuencias en la Guerra de Irak, que ha sido la primera prueba de fuego de esa alianza, que tiene a la OTAN como referencia bélica pero a los USA y, en menor medida, a Gran Bretaña como actores en el teatro bélico. Desde la I Guerra del Golfo a la II pasando por Afganistán.

El papel de los países aliados de los USA es sólo complementario en lo militar, pero tiene una enorme importancia política. En regímenes democráticos y de opinión pública la responsabilidad de los dirigentes no admite subterfugios: ellos dirigen la política internacional y deben explicar a sus países las opciones que se les presentan. Pues bien, si dejamos aparte la "relación especial" de Gran Bretaña con los USA, que pese a estar probada muchas veces le está costando terribles quebraderos de cabeza a Tony Blair, es España entre todos los países de la UE la que de forma más consciente, valerosa e inteligente, aunque también más incomprendida, ha tomado a través de su gobierno legítimo y bajo el liderazgo de Aznar la única opción moralmente respetable desde un punto de vista liberal y realmente eficaz desde una perspectiva democrática y, por tanto, antifundamentalista y antiterrorista. Esa línea definida por Aznar, y que tiene en la foto de las Azores su primera definición plástica, adquiere todo su valor cuando se compara con la de Francia bajo Chirac, cuya reciente visita a Madrid ha permitido comprobar hasta qué punto hay dos líneas políticas incompatibles en la UE: la franco-alemana y la de todos los demás, con España como modelo de país mediano que se niega a seguir la política rastrera y la ambición gallinácea y provinciana de Chirac o Schroeder.

Enfangada Alemania en una reunificación ruinosa, con un liderazgo político débil y con una prosperidad atascada para mucho tiempo, son dos ambiciones, la española y la francesa las que marcan los dos caminos de la Unión Europea, o, para ser exactos, el camino de una, la de Aznar, y la cuesta abajo de la otra, la de Chirac, cuya insolvencia económica interior corre pareja con su vileza exterior. De agente de Sadam Hussein, el napoleoncito del Elíseo se ha convertido en cómplice del terrorismo, al que llama "resistencia", contra las tropas de la coalición internacional, entre ellas las españolas. No creemos que pueda mantenerse mucho tiempo la ficción de una alianza con dos países traidores a sus compromisos morales, políticos, económicos y militares. Ni en la UE ni en la OTAN pueden seguir indefinidamente actuando como saboteadores Chirac y Schroeder. Pero mientras se decanta ese enfrentamiento, los españoles podemos congratularnos de ir por el camino de Aznar, duro y difícil pero correcto, en vez de resbalar por la cuesta abajo de Chirac, barbacana hacia "las basuras de la Historia".

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